Antecedentes recientes

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Hasta el mes de diciembre del año 2016, una búsqueda en la base de datos bibliográfica PUBMED del gobierno de los Estados Unidos revela la existencia de sólo 18 artículos publicados en la prensa médica internacional que se ocupan específicamente de este tema. La mayor parte de estos trabajos están vinculados con la medicina legal y lo cierto es que, por el momento, todo está por decirse en relación a la inquietud que planteo respecto a los “estadios intermedios de los eventuales deterioros irreversibles o progresivos consecutivos a TECs”, por cuanto estos trabajos no arriban a conclusiones terminantes a falta, las más de las veces, de una casuística suficientemente amplia como para lograr un conocimiento generalizable.

 

La misma falta de contundencia en relación a estas secuelas se reconoce en el artículo publicado  el 1° de febrero del 2017 en la revista “Neurology”, donde un grupo de investigadores se dedicó a evaluar a unos 200 jugadores de futbol amateur en las EEUU, señalando los daños neurológicos que podrían depender de cabecear la pelota con frecuencia. “Muchos jugadores que cabecean la pelota con frecuencia experimentan síntomas clásicos de conmoción, como dolor de cabeza, confusión y mareo, durante los partidos y los entrenamientos, aunque no se les diagnostique una conmoción”…….”Los que sufren conmociones deberían evitar más colisiones o impactos en la cabeza durante días o semanas, cuando su riesgo de sufrir una segunda conmoción es extremadamente alto dado que estas lesiones pasan inadvertidas y no se gestionan, podría haber consecuencias clínicas importantes a corto y a largo plazo”.[1]

Esta falta de contundencia en las recomendaciones de este trabajo, publicado en una revista prestigiosa y especializada,  guarda directa relación con el escaso número de casos evaluados. Al respecto no temo equivocarme al afirmar que no ha de haber ningún servicio de neurología de ningún hospital del país que cuente con un número personas afectadas por un número de TECs reincidentes tan alto como el que se reconoce en la OVD, lo que le otorgaría un porte casuístico único a la investigación prospectiva que se realizara sobre muchas de nuestras  asistidas.

No existe, hasta el momento, un acuerdo unánime respecto a “los estadíos intermedios de deterioro” consecutivo a los TECs, ni contamos con una investigación que nos permita reconocer los “indicios de progresión y de mal pronóstico” de los “síndromes post conmocionales”. Al respecto sólo se coincide en que la cefalea y el vértigo son los síntomas más frecuentes a posteriori de los TECs reincidentes.

En relación al pronóstico de remisión de las secuelas de TCEs  un número considerable de autores afirma que a los tres meses de  traumatismo encéfalo craneal moderado, el 50% presenta un síndrome post-conmocional cuyos síntomas decrecen hasta un tercio de los iniciales siempre que este golpe lo haya padecido una persona joven y saludables y eso haya ocurrido en una única ocasión.

 

Falta consignar además que la organicidad del síndrome neurológico posconmocional ha sido extensamente documentada a través de estudios neurorradiológicos, de perfusión cerebral, electrofisiológicos y neuropsicológicos, pero hasta aquí llegan nuestros conocimientos sobre el tema, sin haber alcanzado todavía el umbral que requieren las afirmaciones científicas taxativas.

 

[1] FUENTE: Jamie Ullman, M.D., director, neurotrauma, North Shore University Hospital, Manhasset, N.Y.; Salman Azhar, M.D., director of stroke services, Lenox Hill Hospital, New York City; Albert Einstein College of Medicine, news release, Feb. 1, 2017

 

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