Antecedentes remotos

Antecedentes remotos

Hacia 1916, el célebre neurólogo francés Pierre Marie propuso el nombre de “Síndrome subjetivo post conmocional” para describir las secuelas tardías de los traumatismos encéfalo craneales (TCEs) cuya sintomatología se definía fundamentalmente por cefaleas, tristeza, estado vertiginoso y carácter irritable. En 1934, esa descripción inicial ingresó a la tierra de sombras del que pasó a llamarse “Síndrome post conmocional” (SP), en alusión a un grupo mucho más amplio y heterogéneo de síntomas que pueden  presentarse o no, pudiendo llegar a persistir o incluso progresar después de un traumatismo craneoencefálico (TCE) al margen de su gravedad inicial o su reincidencia.

Tiempo después, la neurología académica hubo de reconocer la existencia del que pasó a llamar  “Síndrome de segundo impacto”, en alusión el incremento exponencial de los deterioros posteriores a los TECs, cuando un nuevo traumatismo encéfalo craneal se presenta antes de que se hayan resuelto las secuelas neuro cognitivas del primero.

Desde otra especialidad médica, la Asociación de Psiquiatría Americana (APA) incluyó al síndrome post conmocional dentro del apéndice de las propuestas como nuevas categorías diagnósticas del DSM-IV en el año 2000, toda vez que se cumplen cierto número de criterios diagnósticos y, por la misma época, consignando  un espectro de criterios más amplio, la Clasificación Europea Internacional de Enfermedades (CIE 10) hubo de situar al síndrome post conmocional  dentro de los trastornos de la personalidad y del comportamiento debidos a lesiones cerebrales.  Según esta última clasificación, el síndrome post conmocional se presentaría normalmente después de un traumatismo de cráneo suficientemente grave como para haber provocado una pérdida de la conciencia, no siendo esta pérdida de conciencia un criterio excluyente para muchas otras perspectivas  no menos reputadas.

 

El  (CIE 10)  incluye entre los criterios para el diagnóstico de un síndrome posconmocional un número de síntomas que resulta ser tan diverso como inespecífico consignándose: cefaleas, mareos, cansancio, irritabilidad, dificultades de concentración y de la capacidad de llevar a cabo tareas intelectuales, deterioro de la memoria, insomnio, molestias visuales ante la luz intensa (“fotofobia”) así como la tolerancia reducida a situaciones estresantes y al alcohol. Todos estos síntomas pueden acompañarse además de un estado de ánimo depresivo o ansioso y de una pérdida de la estima de sí.

Hasta el momento, esta multiplicidad y diversidad de enfoques y síntomas para una misma entidad no ha contribuido a su mejor reconocimiento sino a lo contrario. Lo que en lugar de tener un único nombre admite tantas denominaciones distintas, añadido al hecho de la falta de jerarquización y frecuencia de los síntomas que lo componen induce a dudar de la existencia real de ese cuadro, llevando en otros casos a pensar en una multiplicidad de entidades disímiles que encubren la existencia de un mismo fenómeno común, cabiendo aclarar que esto mismo podría ocurrir con la “neumonía” o la “apendicitis aguda” si estos cuadros recibieran tantas denominaciones como formas de presentación.

Seguimos hablando así de entidades que han sido descriptas hace más de 100 años por Pierre Marie como si se tratara de entidades recién nacidas, y con ello prosigue nuestro desconocimiento  respecto a los estadios intermedios de estos cuadros, a sus plazos de remisión, a sus eventuales indicadores de progresión y de pronóstico ominoso, con lo cual el sub registro de estas secuelas sigue siendo tan inadecuada como su tipificación médico legal.

La historia de la medicina da cuenta de acontecimientos célebres en los que se han reconocido intereses ajenos a la Ciencia condicionando la dirección de las investigaciones e incidiendo sobre sus resultados. Así, hacia 1928 la tipificación de la Demencia Pugilística (DM) tuvo fuertes detractores “científicos” que negaban la existencia de esa entidad respondiendo a los intereses de la Asociación Mundial de Boxeo. Mucho más recientemente, hacia septiembre del 2015, en EEUU el reconocimiento de la Encefalopatía Traumática Crónica (ETM) tuvo repercusión mundial, porque después de largas contiendas la ETM demostraba la relación inequívoca que se presentaba en las necropsias de aquellos hombres que, habiendo sido jugadores profesionales de Futbol Americano, después de los 40 años de edad sufrían graves trastornos mentales que se correlacionaban con los daños cerebrales microscópicos que se demostraban en las autopsias de estas personas afectadas por un cuadro neuro-psiquiátrico proteiforme que conllevaba, además, una expectativa de vida acotada.

¿Cómo no advertir, entonces, que ante las secuelas de los TECs reincidentes que se presentan  en el marco de la Violencia Doméstica no puede estar ocurriendo algo similar, en orden a la cadena de consecuencias y responsabilidades que dependerían de su identificación y tipificación precisa?

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