HACIA una DECONSTRUCCIÓN de la VIOLENCIA

HACIA una DECONSTRUCCIÓN de la VIOLENCIA

LA NEGACIÓN REINCIDENTE :  Hacia una deconstrucción de la  violencia

 

Se deja de odiar en cuanto se deja de ignorar

Quinto Septimio Tertuliano

 

  INTRODUCCIÓN: El sentido común siempre dio por sentado que las palabras servirían para “describir” cosas. Tanto en lo que se refiere a su aspecto exterior, como en lo relativo a la traducción de los sentidos que las habitan, cuando se alcanza una descripción adecuada a la realidad exterior o interior de las cosas se afirma, con toda razón, que se habría logrado una descripción “verdadera” sobre las mismas. El pensamiento de J. L. Austin puso especial hincapié en señalar que las palabras no sólo “describirían” cosas, por cuanto a veces  las “cosas” estarían “creadas” por las palabras. De acuerdo a quien las pronuncia y las recibe, cuando median además circunstancias que deben aceptarse por consenso, en un caso alguien dice:- “La nombro a Ud. Directora”, ante lo cual surge a la existencia una nueva titular para ese cargo”(1) . De igual modo, cuando un sacerdote pronuncia: “yo te bautizo con el nombre de…”, a partir de ese momento se “crea” un nuevo nombre de pila para una persona. En el caso de los insultos ocurre algo similar, aún cuando lo “creado” en ese caso no es un cargo ni un nombre sino un agravio. Ante esto conviene reparar en que, las más de las veces, los insultos no se describen ni se preanuncian; en efecto resulta inusual la proposición que dijera:- “yo te insulto”. Así como con el “ábrete sésamo”, lo que se “crea” con palabras suele coincidir en el acto de su enunciación, lo que llama a esmerar los cuidados que debiéramos guardar para con ellas, y a pensar en los estragos que dependen de su degradación actual.

Consideradas las capacidades descriptivas y creativas de la palabra, resta considerar una tercera destreza que ya no depende de “describir” ni  “crear” sino de “construir”. Líneas arriba afirmábamos que las palabras enuncian la verdad cuando describen adecuadamente aquello que conviene a la realidad de “las cosas”; no obstante, también son palabras las que sirven para encubrir esa realidad. Frecuentemente pensamos que estos encubrimientos se relacionan con operaciones tales como la mentira o bien con el error. Sin embargo, el encubrimiento deliberado de la realidad no suele depender de yerros o mentiras, sino de operaciones bastante más complejas, emparentadas todas estas con la capacidad “constructiva” de las palabras. Así, desde el  dragado de zanjas de imprecisión,  las soldaduras semánticas, los muros de encubrimiento o las sofisticadas galerías de la ambigüedad, todas estas serían “construcciones”, en las que algunas palabras prestarían sus servicios para impedir que otras alcancen a cifrarse. Unas contra las otras, las palabras que enuncian la verdad se han de haber enfrentado desde siempre con aquellas otras que la ocultan, en una contienda que ha de ser tan remota como la palabra misma. Hacia 1921, Freud expresaba sus inquietudes frente a las imprecisiones lingüísticas  en estos términos: “Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino; primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma” (2)

Las páginas que siguen se proponen servir a la “deconstrucción” de algunas de las edificaciones que sirven para encubrir los ultrajes que recaen sobre la mujer, al amparo de la insensibilización, la imprecisión y la atonía crítica frente a los menoscabos que se perpetran permanentemente contra ella.  En una situación que concierne a todos los estratos sociales – : piénsese, por ejemplo, en la frecuencia con se practican cirugías plásticas orientadas a la implantación de  prótesis mamarias en menores de edad – las  “lolitas” – , o en la tiranía de las dietas en procura de llevar al cuerpo femenino hasta los límites extremos de su fragilidad.

 

Todo lo anterior nos invita a estar atentos y a redoblar esfuerzos, a efectos de reconocer porqué la

consagración actual de derechos a favor de la mujer ha sido insuficiente para garantizar su ejercicio. Según estudios de la Organización Mundial de la Salud publicados en el año 2005, “la mujer es objeto de violencia por parte de integrantes de su círculo familiar de manera desproporcionada respecto de los varones” (3). En fecha aún más reciente, el Parlamento Europeo publicó un manual en 22 lenguas, proponiendo el reemplazo de un buen número de vocablos de uso corriente de carácter sexista y degradante. Con intereses cercanos a estos, animado por incrementar la fortuna de los emprendimientos de este tipo, lo que sigue parte del testimonio de quien se ve llevado a corroborar a diario la virulencia de estos ultrajes de acuerdo con su actividad profesional. En este itinerario, la “negación reincidente” aludirá al acto recurrente de negar, ocultar o silenciar la reiteración de ciertos atropellos que cuentan con la capacidad de llevar a un ser humano a un estado de embotamiento, en el que puede perder el respeto que debe tener toda persona por sí. Vivir una vida exenta de violencia es, entonces, la razón de este trabajo, porque permanecer callados o tibios en este estado de cosas, nos convierte en cómplices de prácticas aberrantes que deben erradicarse educando, conteniendo y legislando, a partir de un marco de intervenciones que deberán ser de cuño transdisciplinario si quieren ser efectivas (4).

 

I- LA DECONSTRUCCIÓN:  El término “deconstrucción” hace referencia al proceso de mostrar cómo se ha establecido una apreciación, un concepto o un criterio, procurando reconocer los procesos históricos y el cúmulo de los compromisos y supuestos no explícitos a los que esa apreciación y criterios responden. Si apreciar criteriosamente es establecer un juicio de valor y otorgar una consideración acorde a este, alguien puede establecer una apreciación deficitaria frente a un óleo de gran valor cuando no entiende de pintura sin que tal cosa comporte un grave quebranto; ahora bien, cuando es toda una sociedad la que establece una apreciación deficitaria  frente a una situación ultrajante, la estrategia deconstructiva es un recurso de gran valor, a efectos de establecer lo que está incidiendo en ese déficit de apreciación. La obra filosófica de Jacques Derridá, hacia fines de 1960, sistematizó el uso y teorizó la práctica del término “deconstrucción”(5). Con este vocablo alude al conjunto de operaciones orientadas a reconocer aquellas cuestiones que procurarían presentarse como claras y evidentes, aún cuando distarían muchas veces de serlo. A lo que aspira la deconstrucción, es a llegar a poner en evidencia la no-razón en la que muchas de nuestras supuestas racionalidades se apoyan, destacando el uso deliberado de ciertos instrumentos lingüísticos inadecuados que son implementados, justamente, por su misma inadecuación, por ser esta cualidad la que mejor se presta para sostener la construcción de aquello  que es preciso empezar a deconstruir.  Deconstruir no significa por lo tanto destruir sino deshacer, desacoplar o desmontar las piezas de una construcción dada, ya no con miras a lograr su mera destrucción, sino a efectos de registrar “cómo” está hecha esa construcción y “cómo” se ensamblan y articulan sus piezas, procurando acceder hasta los estratos más profundos, adonde residen las fuerzas no controladas que obran en su orientación. La deconstrucción tampoco intenta promover el aniquilamiento, por cuanto este tipo de procesos, por su misma simplicidad e inversión de valores, no suelen constituir más que meras regresiones o falsas salidas frente a aquello que procuran modificar. De allí que la deconstrucción no sea una crítica negativa o escéptica, sino una operación afirmativa, que se propone evitar que se termine construyendo lo mismo a partir de las ruinas de lo que se habría destruido a ciegas. Como la negación reincidente” hace referencia a una reiteración de ultrajes que, en algunos casos, en su misma re-petición están solicitando un cambio, lo que la estrategia deconstructiva intenta frente a este tipo particular de pedidos, se asemeja a la captura de quien regresa al lugar del crimen para borrar mejor sus huellas, sin advertir que su mismo retorno facilita su detención. Hay un momento en la reincidencia, en el que la verdad y aquello que la encubre se cruzan y se miran a los ojos, sopesando la posibilidad de darse una tregua. Ante esto, la deconstrucción viene a ofrecer sus servicios a efectos de facilitar que esa operación de desenmascaramiento acontezca.

II – NEGACIÓN Y REINCIDENCIA EN ACTO    Reincidir en la comisión de un acto objetable suele ser una forma de desconocer su verdadera significación. Cuando se dice o se hace repetidamente algo que es  tan vergonzoso para quien lo comete como vejatorio para quien lo sufre, su misma reiteración puede servir para que el agente del ultraje, la persona afectada y los terceros que lo presencian, terminen desestimando la gravedad  de lo que está ocurriendo. Como ejemplo trivial, valdría recordar que cuando el suscripto cursaba sus primeros años de escolaridad primaria, durante los recreos de clase solía recibir y propinar rodillazos que procuraban impactar en la cara externa del muslo de quienes se encontrasen desprevenidos. Aquella agresión cotidiana, conocida como “la paralítica”, intentaba provocar un dolor pasajero pero bastante intenso en su receptor. Por entonces, frente a quienes se mostraban ofuscados o tendientes a reaccionar, los practicantes de la paralítica justificábamos nuestra agresión con argumentos tales como :- “Dale, si no  duele”……. “si todos se la aguantan”…… “si pasa todos los días”…… Aquellas eran las formas de evitar que la víctima reaccionara, y  el “no te ha pasado nada”, además de cohibir enojos, dejaba abierta la puerta para reincidir en una práctica que por lo demás debía repetirse, porque reincidiendo en ella se intentaba sostener que una operación cotidiana que era practicada por “todos” tenía que ser, por fuerza, algo carente de una significación relevante. La repetición en sí, resultaba ser por lo tanto una operación necesaria, a efectos de desconocer el carácter cobarde, sorpresivo y paralizante de la agresión infligida. Hoy la “mítica” paralítica parece haberse extinguido (*) – por lo menos mis hijos nunca la habrían mencionado – no obstante,  en violencia doméstica se observan permanentemente fenómenos de este mismo tipo, sólo que en este caso suelen ser adultos los que reinciden en acciones mucho más que inquietantes, cuya significación también se oculta reincidiendo. Ahora bien, aquello que se encubre repitiéndolo habrá de adquirir por fuerza un carácter creciente, donde la barbaridad de hoy facultará la comisión futura de algo aún peor, en una escalada de dramas que cuentan con altas posibilidades de convertirse en tragedia. Por lo demás, los participantes en estas negaciones, se verán afectados por un estado de embotamiento creciente, entremezclado con un íntimo desmerecimiento de sí, que lleva a que cada uno de los negadores reincidentes se termine vivenciando como alguien a quien no le asisten los mismos derechos que les caben a los demás. Las complicidades y sometimientos que devienen de participar en negaciones reincidentes, puede llegar a convertir lo privado en secreto, con lo cual cada uno de los integrantes de una familia atravesada por estas situaciones termina vivenciándose a si mismo como el integrante de una banda de marginales sin derechos, que sólo se mantienen unido a los suyos por los pactos, las componendas y las lealtades espurias que soportan los partícipes de las asociaciones ilícitas.

III – VIOLENCIA ÍNTIMA Y MEDICINA    Perversión es dar otra versión;  es  declamar una serie de valores y principios y realizar, en forma paralela y sistemática, todo lo contrario a ellos. Animado por una fantasía de completud lleva suponerse como alguien a quien nada le falta, quien estructura su subjetividad en términos perversos se asemeja a aquel que se propusiera jugar con blancas y negras, sólo para evitar las inquietudes que toda toma de posición comporta. Al decir de Freud en 1938,  esta duplicidad de acciones y versiones típicas de  la “perversión”, deviene de una desgarradura en el yo que nunca se reparará, sino que se hará más grande con el tiempo (8). Vale señalar que el artículo citado, en el que su autor inicia el planteo de estas nociones habría quedado inconcluso, habría sido escrito en el año previo a la muerte de Freud y su publicación además, habría sido póstuma. Ulteriores aportaciones habrían contribuido con otras apreciaciones

 

 

(*) – Mircea Elíade (6) y Levy Strauss (7), coinciden en afirmar que “los mitos no tienen autor”. A los mitos no los diría nadie, siendo esta la razón por la que se les suele atribuiría un origen sobrenatural, que impide reconocer que se trata de construcciones susceptibles de modificación por cuanto seríamos sus autores.

que conviene consignar. En este sentido, perverso no sería tanto quien conculca normas o infringe  leyes, sino  quien se complace sobretodo en llevar a su semejante a perderse, procurando que quiebre “su propia ley”; esto es: aquella que organiza el acceso a lo que cada quien tiene para sí como su horizonte de  principios y sentimientos más caros. Perverso, por lo demás, sería aquel que comete un conjunto de acciones por las cuales  “desafía e instiga a su semejante, empujándolo a que permanentemente vaya más allá de sí  perdiendo su medida” (9)Sacar por lo tanto a alguien de las casillas con fría premeditación, o bien llevarlo a que pierda aquella medida que se condice con su dignidad – tomándose, para ello, todo el tiempo que la consumación de ese ultraje demande – constituyen operaciones perversas que nos ayudan a establecer los contrastes, las coincidencias y las distinciones, entre los actos perversos y los actos violentos. Así, mientras unos denunciarán la existencia subyacente de una estructuración perversa de la subjetividad, los actos violentos aludirán a un espectro mucho más amplio de acciones, que no siempre  remedan los pasos de la perversión. No hay, por lo tanto, una relación constante o biunívoca entre los actos violentos y los actos perversos, y por lo tanto los actos de violencia nos incumben a todos, por cuanto cualquier persona puede flexionarse hacia la comisión de los mismos de acuerdo con las flaquezas que inherentes a nuestra condición común. O sea: se pueden cometer actos violentos, graves,  o incluso atroces, sin que para ello se requieran los talentos específicos que se reconocen en la perversión .

Pasando a la consideración de otro aspecto, las indagaciones etimológicas establecidas en nuestro medio por el Dr. Jorge Saurí sobre el vocablo “violencia” (10), nos hacen saber que uisum era originalmente la sustancia pegajosa que se ponía en las ramas de los árboles para que los pájaros que se posaran en ellas no pudieran retomar luego su vuelo, quedando a merced de quien se propusiera atraparlos. Uisera o viscera, por su parte, es aquel órgano interno que está “pegado” a otro, y quien “eviscera” es aquel que procura ciertos instrumentos para ejercer una fuerza orientada a  despegar las vísceras que se encuentran pegadas en el interior de un cadáver. De aquí proceden las estrechas relaciones etimológicas y también semánticas entre la “violencia”, la “viscosidad” y el “apego extremo”, en referencia a ese modo de vinculación que envuelve y atrapa, oponiéndose tanto al vuelo de las aves como a su correlato equivalente en relación a los vuelos que se corresponden con la condición humana. Los estudios psicopatológicos – vuelve a  afirmar Saurí – encuentran también esta coincidencia entre lo viscoso y lo violento en los “vínculos simbióticos” (11).

Por su parte, otro prolífico psicoanalista cuya obra habría alcanzado últimamente extensa difusión  – Paul-Laurent Assoun –  también reconoce el carácter violento de los “apegos” excesivos que se presentan en las que se dan en llamar “pasiones amorosas” : “Una significativa paradoja – afirma este autor– determina que la pasión amorosa sea tanto el colmo del amor como el instrumento de su subversión. Tal como lo confirman ampliamente los relatos explorados y estudiados en esta obra, la muerte es el pasajero clandestino del tren de la pasión, lo que se revela en el tumultuoso trayecto que suele preceder a su trágica estación final” (12).

De acuerdo a lo consignado, se entiende que aquel acto  enérgico que se pone al servicio de que el otro “sea”, instándolo a que recupere su medida, su lugar, su dignidad, o a que respete la dignidad que le debe a terceros, no es en modo alguno una operación violenta, en contraste con aquellas maniobras sinuosas que procuran atrapar a un semejante degradándolo  al rango de mero instrumento – instrumento de consumo; de clientelismo; o de mera curiosidad – las que no serían operaciones violentas y graves, que no suelen expresarse con golpes ni tampoco con palabras subidas de tono. Nos acercamos, en este punto, a la “violencia” de guante blanco, aquella que nunca pierde su compostura, de acuerdo con el esmerado desarrollo de un tipo de impostura que con frecuencia reviste un carácter que se podría considerar “hipermoral”.

Por lo dicho hasta aquí, sin desconocer la importancia  de  distinguir las violencias de orden médico – las demenciales, vasculares, tumorales, epilépticas, o las emparentadas con el consumo de distintos estupefacientes -, no vamos a ocuparnos aquí de establecer estos distingos, por cuanto este desarrollo se orientada a  señalar  los innumerables apegos y fanatismos a los que nos vemos invitados cotidianamente con impune insistencia, donde los medios masivos de propaganda equivalen a los palos y garrotes que se utilizan para multiplicar la fuerza de los golpes que se infligen en el cuerpo.

Por lo demás, la “medicalización” excesiva de los actos de violencia también puede contribuir a encubrirlos por cuanto: a) Quienes incurren en la comisión de estos bien pueden reclamar ante los mismos una responsabilidad similar a la que le cabe a un enfermo de sarampión frente a sus sarpullidos. b) De acuerdo con el modelo médico hegemónico vigente – descrito inmejorablemente por Eduardo Menéndez (13) – se tiende a olvidar que nadie es “una” sola persona, “una” letra aislada o “una” estrofa suelta, recusando el hecho de que toda persona es una con el tiempo, el mundo y los semejantes con los que amasa su existencia. En este sentido, atentos a que nuestro modelo médico desatiende la dimensión subjetivo – social de  aquel al que asiste, no es posible considerar desde su perspectiva a  la violencia como un producto de procesos socioculturales que nos atraviesan a todos. c) En el ámbito social en general, y en el ámbito médico en particular, con marcada frecuencia se asiste a la fijeza y la cristalización que deviene de su afición a los etiquetamientos, las tipificaciones y las realidades genéricas. A la hora de asistir a la violencia, se requiere de extrema prudencia para evitar las fusiones entre el sujeto y el predicado, entre el adjetivo y  el sustantivo, o entre los atributos del ser y el mismo ser, por cuanto este tipo de procedimientos son intrínsecamente violentos. El “hombre violento”; “la mujer golpeada”; “el niño abusado”, constituyen peligrosas soldaduras lingüísticas que confunden a una persona con aquello que habría sufrido o provocado en algún momento.

Si a la mujer que ha sido golpeada, al hombre que ha incurrido en actos violentos, o al menor que ha sido objeto de abusos, se le imponen los estigmas que soportan los que habrían alcanzado el ranking de enfermos, en tales casos el estañado entre el sujeto y el predicado invita a suponer que la primera sólo puede ser abusada, el segundo sólo puede actuar violentamente, y el tercero sólo habría nacido para no ser más que un individuo a abusar en forma vitalicia. Involuntariamente, podemos revictimizar a quienes asistimos, a través de los mismos instrumentos lingüísticos que implementamos en su misma asistencia. En relación a lo consignado se impone destacar que ha de haber pocas operaciones tan violentas como la que dependen de juzgar, etiquetar, fijar y estigmatizar al “ser”, desde los que son solamente algunos de sus predicados posibles. El Misterio del Ser – diría Gabriel Marcel (14)–  no se agota en su conducta, lo que no significa –en modo alguno – que la apreciación de la misma no demande la descripción más precisa y ajustada posible, tanto para impartir justicia, como para propiciar el cambio hacia otra vida posible.

 

IV- LAS INVESTIGACIONES VETERINARIAS EN LA COMPRENSIÓN DE LA VIOLENCIA  Los animales no pueden ser violentos, a lo sumo agresivos, por cuanto la violencia es un producto específicamente humano, no obstante lo cual, los experimentos veterinarios del psicólogo experimental M. Seligman habrían alcanzado amplia difusión en la temática dedicada al tratamiento de la violencia. Seligman habría encerrado a dos perros en diferentes jaulas, exponiendo a cada uno de ellos a un período de descargas eléctricas recurrentes. Al primer perro lo ubicó dentro de una jaula en la que existía una palanca que podía detener instantáneamente la descarga eléctrica si el animal lograba descubrir como accionarla a través del hocico. Al tiempo que al segundo perro lo ubicó en una jaula en la que no existía el recurso de la palanca. La extensión e intensidad de las descargas eléctricas era idéntica para ambos perros, y cuando el primero lograba cortar la descarga el otro dejaba de percibir la injuria eléctrica. Lo que este investigador corroboró es que el primero de los perros exhibía más tarde una conducta exenta de secuelas, mientras aquel que había sido privado del recurso de la palanca adquiría rasgos asustadizos mostrándose inerme ante ataques ulteriores. Así, al someter al segundo

perro a un nuevo período de descargas, a pesar de proveerlo en esta nueva oportunidad de aquella palanca con la que había contado el primero, para entonces el animal ya no intentaba salida ni movimiento alguno. Para Seligman, ese sería el mecanismo de producción de lo que dio en llamar “indefensión aprehendida”, extrapolando los resultados de sus experimentos con animales para comprender las secuelas de la violencia humana (15);(16). Ahora bien, el hecho de haber asistido psicoterapéuticamente a quienes han sufrido ultrajes que a veces han sido lejanos y a veces han sido recientes, en orden a la precisión de términos me obliga a comunicar que la recurrencia ulterior en situaciones penosas que efectivamente puede constatarse en ciertos casos no responde a la “indefensión” sino a la “defensa”. Al respecto recuerdo haber coordinado una entrevista inicial, en la que estaba presente la familia de una persona que procuraba ser ayudada en relación a la caprichosa reiteración de acontecimientos desdichados en los que incurría. En aquella primera entrevista establecida en conjunto, uno de los familiares comentó que cuándo el consultante a tratar contaba con sólo tres años de edad, su padre – por entonces ya fallecido – solía someterlo a una forma de reprensión que resultaba tan descabellada como repugnante. El castigo paterno consistía en sentar al niño en el piso, extraer  un arma de fuego que ocultaba en la cintura, gatillarla sin balas sobre la cabeza del menor, para pasar a descargar finalmente una abundante micción sobre el cuerpo del niño. El damnificado, quien contaba en su mayoría de edad con un notable talento artístico que se traducía en la producción obras de gran valor, experimentaba sin embargo severas dificultades para defender derechos, contratos, e incluso bienes materiales concretos que se incluían en la esfera de cuanto le pertenecía. En aquella primera reunión con su familia, el consultante se limitó a asentir con la cabeza en reconocimiento a la veracidad de los hechos que comentaban los suyos, sin mostrarse en modo alguno conmovido por lo que se evocaba. Al día siguiente, ya en el marco de una entrevista individual, al hacer referencia a aquellos hechos descabellados, mi asistido se limitó a decir :- “Lo que pasaba era que el viejo tenía que marcarme  su autoridad”. En relación a otra persona cuya conflictiva guardaba algún punto en común con la que acabamos de consignar,  puedo evocar otra situación, sin duda mucho menos desagradable, relacionada con una persona de conducta global ejemplar, dotada de virtudes que se correspondían con una serie de logros sociales y personales  significativos, quien en una de sus sesiones psicoanalíticas comentó que su padre,  a quien ella tenía entronizado en un sitial de excelencia, acababa de hacerle saber, por su parte, que él había cometido una serie de ilícitos de gravedad. Días después, en lo que en términos iniciales parecía inexplicable, esta joven mujer fue detenida a la salida de un local ubicado en un centro de compras, por cuanto habría intentado llevarse un par de ojotas sin abonarlas ¿Qué tienen en común estas dos situaciones? ¿En qué contradicen a la “indefensión aprehendida”?

 

V- EL TRABAJO TRANSDISCIPLINARIO:  Uno sostiene la propia existencia por obra de lo que significa para otros.  Sabemos por situaciones tales como el “hospitalismo” (17), que al principiar la vida extrauterina no hay forma de sostenerse vivo, siquiera en términos fisiológicos, de no reconocernos significativos para alguien. Es por lo tanto incidiendo en la vida del prójimo que cobramos realidad, y de la forma singular en que nos vinculemos con ellos dependerán nuestras fortalezas y nuestros talones de Aquiles. Para aproximar una respuesta a los interrogantes planteados al final del capítulo anterior, lo que se impone en forma preliminar, es tener en  cuenta este carácter significativo específico de nuestra condición. Es así que lo que llega a afectarnos reclama la consideración de nuestra singularidad, donde lo que golpea será también el recuerdo; o sea: la significación singular otorgada a lo ocurrido amén de lo ocurrido en sí. Lejos de responder a los automatismos de una indefensión aprendida que nos afectaría a todos por igual, la consideración de algunas de nuestras penas recurrente demuestra que muchas veces lo que vuelve a ocurrirnos suele estar al servicio de defendernos. Presumir que un padre refrenda su autoridad orinando a su hijo es un modo – precario sin duda – de eludir el espanto y la desolación que la verdadera significación de esa situación despierta. Robar, en el otro caso, llevó a la novel ladrona a no alejarse tanto de aquel a quien tanto idealizaba. Y así podrían consignarse otra infinidad de casos singulares, donde la negación vuelve a servirse de la reincidencia para “defender” al negador de un dolor que presume más intenso. Así como al soldado a quien le duelen las heridas al terminar la batalla, no faltan quienes procuran retornar a la trinchera con fines anestésicos, por cuanto el maltrato de hoy encubre y “defiende” de experimentar otros dolores pretéritos provocados por seres queridos. De allí que las penurias reincidentes no sirven a la indefensión sino a todo lo contrario. Repetir y negar desgracias suele ser una defensa que porfía el reconocimiento de un hecho doloroso.

       Ahora bien, frente el incremento alarmante de situaciones ligadas a la violencia íntima, el Derecho habría tenido el valor de franquear los muros, hasta no hace mucho inexpugnables, que mantenían a la esfera privada tajantemente separada de la injerencia pública. A los hombros de un gigante se habría logrado avizorar la necesidad de aventurar esta incursión hacia esferas íntimas, procurando que los partícipes de estas travesías cuenten con la capacidad de trabajar en equipo, contando con la prudencia que se exige para no aplastar al mismo gigante que habría prestado sus hombros. Uno de los riesgos estriba en la pretensión habitual de comprender los hechos sólo desde lo que se ve; esto es, sólo desde la “e-videncia”, piedra angular tanto del campo epistemológico de la “Mirada Jurídica” como de la “Mirada Médica”. Atentos a que los enunciados racionales, las expresiones discursivas, las proposiciones y las representaciones en general son de una naturaleza diferente a la de las cosas mismas –valdría recordar que “la verdad, según afirma  Heidegger,  no habita originariamente en la proposición” (18) -. lo anterior obliga a establecer una prolija discriminación para establecer cuál es la procedencia epistemológica de los enunciados más adecuados, a efectos de lograr que esas proposiciones puedan ser operativas ante aquello que se proponen dilucidar.

      Ante esto es preciso señalar el peligro de que las apariencias tomen el poder en el ámbito de los conocimientos humanos. Efectivamente, frente a la miopía de los enunciados que proceden del campo epistemológico de la Mirada, esos que no pueden más que detenerse ante la primera opacidad de las cosas exigiendo distancias ineludibles entre el observador y lo observado, hace imprescindible que “La Mirada ” deba contar con la asistencia de otro campo epistemológico que, sin contradecirla procure auxiliarla, dejándose atravesar por aquello mismo que intenta conocer . Este campo epistemológico es de la Escucha, por ser el que entiende que lo adecuado al conocimiento de ciertas situaciones no procede exclusivamente de las perspectivas de observadores distantes, sino de lo que recaban quienes habrían logrado silenciarse y vaciarse de sí, dejándose impresionar, siquiera en forma transitoria, por la presencia y las voces que proceden del otro. “Meterse en el desocultamiento de lo ente – vuelve a afirmar Heidegger (19)- no es perderse en él, sino que es un retroceder ante lo ente, a fin de que este se manifieste en lo que es y tal como es, a fin de que la adecuación representadora extraiga de él su norma

Líneas arriba hicimos referencia a los riesgos que dependen de  la “medicalización” de la violencia doméstica, ante lo cual también es preciso advertir  sobre los riesgos que comporta su “abogadismo” (20) extremo, por cuanto una y otra posición, desde su desenvolvimiento exclusivo, carecen de los instrumentos lógicos necesarios para el discernimiento de este tipo situaciones. En tal sentido, sólo la encrucijada de conocimientos jurídicos, sociales, médicos y psicológicos, añadidos al testimonio de las repercusiones subjetivas que recogen los encargados de la asistencia de estas situaciones, son los que pueden contribuir a la confección del legajo transdisciplinario más ajustado a la realidad de los hechos a los que se asiste. Esta suele ser la posición que hace lugar a esa “chispa” que veía saltar Nietzsche ante el choque entre espadas

(21), dando como resultado intervenciones en las que  lo justo suele ser también lo saludable, por cuanto el llamado de estas cosas por su verdadero nombre suele ser una operación que contribuye por sí misma a que su reincidencia ceda.

Desenmascarar es señalar un disfraz, revelar la ruptura que existe entre el disfraz y la realidad que hay

debajo de él. Se puede disfrazar así la realidad con proposiciones inadecuadas, y  también se la puede disfrazar a través de la reincidencia en ciertos actos que cuentan con la  capacidad de embotar.  Volviendo a Heidegger, “enunciar la verdad significa un cubrir que aclara” (22). La verdad y la realidad tienen procedencias diferentes, no están hechas de la misma sustancia. Mientras la verdad está hecha de palabras adecuadas a una realidad; la realidad, por su parte, está hecha  de “carne”, de “dolor”, de “gratitud” y de “misterio”.

Frente a la realidad humana el vestido de verdades podrá cubrir algunas sus partes  y exaltar a otras, pero debiendo dejar siempre algunas partes al descubierto, porque de lo contrario, de llegar a cubrirla totalmente, el vestido se convierte en mortaja. Al respecto cabe añadir que en esta abertura o escote reside, nada menos, que el respeto a nuestra condición común. Cuando procuramos colonizar todo con palabras, olvidamos con ello que muchos aspectos  de nuestra realidad no solicitan de nosotros la comprensión sino la entrega.

 

VI – VIOLENCIA Y  CIENCIAS JURÍDICAS      Sabemos que la “ley” que se inscribe en  el proceso  de personalización contrasta con las normas jurídicas, en cuanto estas últimas se ejercen en forma coactiva y extrínseca, al tiempo que la ley que se inscribe durante el proceso de personalización es la que vertebra el desarrollo de un sujeto en el proceso de su constitución. No obstante, el contraste entre las normas jurídicas y la ley que opera en la personalización demuestra que, sin cubrirse totalmente, estas dos nociones tienen áreas de superposición. No se puede desconocer al respecto que hay situaciones en las que “sólo el derecho positivo puede salvar un mínimo de humanidad” (23), ni tampoco desestimar el grado de responsabilidad educativa que recae sobre el derecho, en tanto esta disciplina constituye uno de los marcos que, a su modo, favorece u obstaculiza la responsabilidad educativa  principal que recae sobre la familia.

 

 

VII- CONCLUSIONES Si algo de lo que nos aqueja puede llegar a cambiar, si logramos no eternizar la prosecución tenaz de las desgracias que se nos reiteran, tal cosa dependerá de nuestra capacidad para reconocer que solemos ser  los negadores cómplices y reincidentes de aquello mismo que se nos repite. La dudosa diferencia existente entre quienes militan en posiciones hegemónicas, tan incapaces los unos como otros para la distinción de los matices inherentes a todo pensamiento honesto, dificulta severamente el examen de lo que necesitamos reconocer para efectivizar el cambio que ponga fin a la reincidencia. La indigencia actual de orientadores formados y comprometidos, la tergiversación del sentido de la libertad, el debilitamiento del sentido crítico colectivo, la ausencia de reacción frente a la variedad de degradaciones impunes que constantemente presentan los medios masivos,  signan, a la nuestra, como una etapa afectada por un estado de severo embotamiento. Ante esta situación, el tema de la violencia íntima nos confronta con la responsabilidad de considerar situaciones de fronteras difusas, en las que el trigo y la cizaña se desarrollan en espesuras cerradas que no suelen permitir su distinción. La complejidad de lo que nos toca considerar impide que nos instalemos en apreciaciones simplistas, por cuanto esta situación demanda de nosotros la aceptación de los riesgos y de las incertidumbres inherentes a la complejidad, añadida a la espera de significaciones que a veces sólo develará el tiempo. Mientras esto no suceda, mientras no nos mostremos capaces de movernos según lo planteado, seguirán cabalgando entre nosotros decapitados jinetes invisibles, furiosos y empedernidos, reclamando  su cabeza. Serán las napas torrenciales e hirvientes de nuestra subjetividad común, apareciendo como géiseres que despiden a chorros lo que se les habría negado. De allí que se imponga abrir espacio a los aspectos fallidos de nuestra subjetividad común, a fin de que esa  lava incandescente termine por concretar las verdades que reclama.  Sólo la verdad, aún parcial y necesariamente inconclusa de acuerdo con su carácter específicamente humano, puede lograr que la “reincidencia” ceda.

 

CITAS BIBLIOGRÁFICAS

1) Austin, J.L. Cómo hacer cosas con palabras.  Argentina :  Paidos,  2003 pág 76

2) Freud, Sigmund. Psicología de las masas y análisis del yo.  Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1985.  Obras Completas, Tomo XVIII, 1985; página 76.

3) Birgin, Haydée;  Gherardi, Natalia;  Pastorino, Gabriela.  ELA (Equipo Latinoamericano de Justicia de Género) Violencia Familiar : Aportes para la discusión de Políticas Públicas y Acceso a la Justicia  Buenos Aires: Iglesias Comunicación. 2009; página 7.

4) Rilova Salazar, Felipe. Cuando el cuerpo solicita la palabra. Buenos Aires: Lohlé – Lúmen, 2001

5) Derrida, Jacques. Los fines del Hombre.  Madrid: Cátedra, 1998

6) Eiade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Guadarrama. 1981

7) Levi-strauss, Claude. Mitológicas IV: El hombre desnudo. México, Siglo Veintiuno Edit. P. 27

8) Freud, Sigmund. La escisión del yo en el proceso defensivo. Buenos Aires: Amorrortu Editores. Obras Completas, Tomo XXIII, 1985; página 275.

9) Juranville, Alain. Lacán y la Filosofía. Bs. As: Nueva Visión, 1992, página 214.

10) Saurí, Jorge. “Suicidio y Violencia”. Del libro de Yampey, Nasim y colabordores: Desesperación y

Suicidio. Buenos Aires: Ediciones Kargieman, 1992; página 147.

11) Saurí, Jorge. “Suicidio y Violencia” (op.cit) Ibídem.

12) Assoun, Paul Laurent.  La Pareja Inconsciente. Buenos Aires : Ed. Nueva Visión, 2006;  p. 8 y 9.

13) Menéndez, Eduardo. Morir de alcohol: Saber y Hegemonía Médica. México:  Alianza, 1990

14)   Marcel, Gabriel. El Misterio del Ser. Barcelona: Edhasa, 1971.

15) Seligman, Martin. El optimismo es una ventaja y un placer que se adquiere. Buenos Aires: Atlántida, 1991.

 

16)Optimism, pessimism, and mortality” . Seligman ME. Mayo Clin Proc. 2000.                                 .       Feb; 75 (2) :133-4.

17) Spitz, René. “El primer año de vida del niño”. Fondo de cultura. México.

18) Heidegger, Martin. De la Esencia de la Verdad. Madrid : Alianza, 2000; p. 155.

19) Heidegger (ibidem); página 158.

20) Cabanellas, Guillermo. Diccionario Jurídico Elemental. Bs As: Heliasta SRL, 2003.

21)  Nietzsche, Friedrich. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid:

Tecnos, 1998.

22) Heidegger. (op. cit) página165

23) Luypen, W, Fenomenología del Derecho Natural, Lohlé, Bs. As. 1968. pag. 235

 

 

 

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