EL PERVERSO SE CURA

EL PERVERSO SE CURA

Si deja de comer carne de boludo

Felipe Rilova Salazar

I – Algo huele mal en Dinamarca

Hay algo que huele mal, algo que no se ve pero que impregna y enrarece el aire que compartimos. No está en las altas ni en las bajas esferas; tampoco en la farándula, en la política o en las sociedades secretas. En realidad, la polución perversa se encuentra  en todos y en cada uno de nuestros ambientes, como pandemia flotante que cuenta con una alta capacidad de propagación – en coincidencia con que la “propaganda” es una de las plazas fuertes de la perversión individual – no obstante lo cual nos cuesta aceptar este aspecto, probablemente porque preferimos circunscribir a la Perversión en un ámbito lejano y extraño a nosotros. Pero es errado buscar perversos en las alcantarillas de la marginalidad porque no es allí donde se los encuentra. Antes son  “Presidentes de Ligas de Padres”, “Profesores”, “Doctores”, “Directores”, “Personas de consulta”, ocupando los lugares que les otorgan aquellos a quienes logran “seducir” aunque sólo sea para que ocupen el séquito de los aplaudidores. Llegados al nuevo grupo de pertenencia, estos nuevos miembros perversos se ocuparán de reconocer a alguno de los miembros vulnerables a efecto de empezar a golpearlo en el sitio justo sin dejar marcas, podrán inscribir secuelas cuya procedencia será luego de muy difícil identificación.

Por eso, cuando hablamos de Perversos no se tratará  necesariamente de sujetos sin instrucción, aunque tenderán, en este sentido,  más a la erudición que a la sabiduría, por cuanto su impaciencia por hacer saber a otros lo que han leído, aunada a su “miopía para la introspección”, los hace generalmente incapaces de reformular creativamente lo que a partir de sus lecturas habrían logrado “pensar” por sí mismos a partir de allí. Perversos los hay entonces, en muchas de las “mejores familias”, no faltando en las filas de las profesiones u oficios que se consideran altruistas porque se dedican al trato con personas en situación de vulnerabilidad. Muchos profesionales de la salud  gozan perversamente “sobre informando” a sus pacientes aterrados en relación a aquello que ellos mismos no soportan escuchar respecto a su salud, invocando siempre llevar a cabo esa operación  “por el propio bien del paciente” o porque así lo prescribe un reglamento o alguna prístina norma “bioética”  que los exime de toda responsabilidad y de llegar a asumir alguna vez como propios a esos actos, tantas veces ineludibles, en los que la conciencia personal está llamada a ir mucho más allá de lo que prescribe La Ley.

Sin tanta capacitación académica también asistimos al reconocimiento de  una posición perversa cuando reconocemos al que traiciona reincidentemente a la mujer que lo ama dejándose descubrir pero sin tampoco dejarla: “porque a la pobrecita no la quieren hacer sufrir”. La lista de los sujetos de poca monta que no son sino verdaderos perversos es extensa y larga. El incremento actual de los “ataques de pánico” o bien de las “nosofobias[1] se relaciona con marcada frecuencia con las secuelas de haber sido objeto de estas manipulaciones que la bruma estupefaciente de la perversión no permite identificar.

La  penetración en gran escala de los vapores perversos promueve un letargo del discernimiento común que hace que el nuestro sea un momento social signado por una disminuida capacidad para reconocer la procedencia, los efectos y las secuelas de ese elemento volátil, tóxico y pestilente que lo suponemos inocuo sólo porque lo estamos respirando a diario. Al abrigo de esa niebla inasible se multiplican los “slogans” ofensivos que circulan y se repiten jovialmente como si no lastimaran a nadie y, favorecida por estas mismas mermas del discernimiento común, la Perversión ha llegado hoy a señorearse en los primeros planos de  nuestra escena social a través de sujetos sinuosos que degradan a sus semejantes en público – sobre todo a mujeres – sin que medie reacción alguna por parte del consenso.

Estas son, entonces, las coordenadas de tiempo y lugar en las que nos encontramos y este el clima en el que nos toca trabajar: Acuciados por las rapiñas perversas y embotadas por las exhalaciones que la misma Perversión propala. No obstante, hay un aspecto específico a cuidar en términos muy especiales para todo aquel que trabaja en estos temas, porque nada resulta tan afín a la Perversión como el desaliento  ( “la desmoralización”),  frente a lo cual conviene recordar que, aunque cacareen y desafíen los sujetos Perversos nunca vencen” (¿En orden a “qué causa” o en qué línea de ideales” podrían llegar a alcanzar algo que se parezca a un triunfo? ¿En qué constelación de valores se podrían llegar  a integrar esos logros eventuales si “valores” no hay? ¿Qué líneas de prudencia, fortaleza, templanza o justicia podrían llegar a circunscribir en tal caso esos méritos?).

El objeto principal de estas líneas se relaciona con una propuesta: abstenernos de entrar en las relaciones embrolladas que la Perversión propone, aceptando que es probable que esas relaciones embrolladas no tengan cura, lo que no significa que la condición humana de una persona estructurada en la Perversión sea incurable. En relación a este aspecto, y en un sentido distinto del que vamos a abordar en estas páginas, no faltan autores de peso que hacen referencia a las posibilidades “sublimatorias” de la Perversión estructural.[2]

En nuestra condición común hay siempre un espacio que se sitúa más allá de nuestras sujeciones. En ese sitio no hay sujeción sino posibilidades de libertad, siendo este un lugar que cada quien sólo  puede llegar a descubrir por sí mismo, siempre que se arriesgue a perder el apego por aquellos sitios conocidos que habría ido recibiendo en el curso de su desarrollo por las expectativas que sobre él han impuesto los demás. “No nos convertimos en lo que somos – afirma J.P. Sartre – si no es mediante la negación íntima y radical de los qué han hecho de nosotros”[3]

No obstante lo anterior, vale insistir en que no es esta línea de “cura” que vamos a proponer frente a la Perversión. Nuestros fines, sin duda son mucho más modestos aunque acaso más efectivos.

En la “cura” que propondremos el reconocimiento de la Perversión misma resulta esencial, porque de ese reconocimiento depende la posibilidad de establecer una prevención efectiva frente a sus artimañas, delineando los modos de desenvolvimientos posibles a seguir, tratando de mantener despejada la sensibilidad y evitando el embotamiento que la Perversión promueve permanentemente. Lo anterior permitirá también  el auxilio y el rescate de muchos de los que a la fecha permanecen  encerrados en bolsa de gatos de las  “depresiones graves” cuando no se trata sino de personas en las que la toxicidad perversa habría llegado etapas avanzadas en las que se habría logrado el envilecimiento de alguien por parte de un Perverso tóxico y violento.

La toxicidad flotante de la Perversión cuenta con una alta capacidad de propagación y no podría no haberse infiltrado justamente en la Psiquiatría. El tema que describe impecablemente Nestor Yellati[4] en un artículo muy logrado es el que se refleja en las sucesivas revisiones  que se fueron imponiendo al célebre Manual Diagnóstico y Estadístico de la American Psichyatric Association – DSM – que en el año 2015 habría alcanzado ya su quinta versión.  En términos sucintos el tema es el que sigue: A partir de las conocidas e importantes presiones políticas que se fueron ejerciendo sobre los redactores del manual en el curso de casi cinco décadas el término “Perversiones” terminó desapareciendo de las últimas versiones del Manual siendo reemplazado por el de “Parafilias”, categoría cuyo número de componentes también se ha ido reduciendo quedando actualmente limitadas al exhibicionismo, fetichismo, fetichismo travestista, frotearismo, voyeurismo, sadismo, masoquismo y pedofilia, todas las cuales podrán alcanzar la condición de “parafilias” siempre que se ajusten a los criterios diagnósticos usuales que impate el Manual.  Así: “…..como es común en sus diagnósticos – consigna Yellati – la clasificación del DSM exige que durante seis meses haya fantasías recurrentes y altamente exitantes, impulsos sexuales o comportamientos”……Además, y esto es también común a otros diagnósticos, en todos los casos la llamada parafilia debe provocar malestar clínicamente significativo o deterioro socio-laboral”. Por lo tanto, el DSM considera que : ….. “si no se provoca ni malestar clínico, ni deterioro social, etc., entonces tampoco se puede hacer el diagnóstico de parafilia estamos ante otra perspectiva que contradice la clínica. Porque la posición perversa, llamemos a las cosas por su nombre, ……tiene como consecuencia posible que el goce del pedófilo, del exhibicionista o del sádico sea sin angustia y sin culpa”   

Decididamente Dinamarca delira, y el grado de polución en relación a este tema es tal, que se imponen esclarecimientos apremiantes cuando cualquiera de estas cuestiones procuran el acceso a Justicia y se exponen entonces a pericias que habrán que saber sopesarse o incluso refutarse a sabiendas de que el DSM no constituye la pretendida expresión de un modelo psiquiátrico hegemónico por cuanto en casos como el que nos ocupa llega incluso a contradecir a la clínica.

Esto significa que, cuando se desbarata una banda de pederastas se debe saber que, a su hora, los peritos de parte de esos sujetos llegarán a sostener, a través de fundamentos a los que se les supone mucho peso, que cada uno de los imputados no puede haber estado involucrado en algo como lo que se juzga, por cuanto está exento de cualquier tipo de trastorno psiquiátrico desde los criterios que sostiene, nada menos, que el célebre Manual de la Asociación Psiquiátrica Americana.

Si se tratara de personas que, con idénticos  pornográficos, perpetrará  abusos sobre niños discapacitados, en tal caso se debe tener en cuenta que, en términos de lo que puede aportar el perito la situación no sólo no cambia sino que acaso empeore, porque la figura del abuso sobre niñas o niños discapacitados ni siquiera figura como parafilia específica dentro de las consideradas por el DSM.

Podrá decirse que, como sabemos, las pericias no son finalmente “vinculantes”, quedando en el magistrado el tener o no en cuenta sus dictámenes a la hora de pronunciar sus fallos. Claro que, si los agentes judiciales e incluso los mismos Magistrados llegan a ser personas afectas a dejarse llevar por los criterios que proceden del campo epistemológico de la Mirada, en tal caso hay que recordar que, a la hora de interrogar a los imputados se van a encontrar a veces con individuos “indudablemente indignados”, otras con personas serenas, que se expresan con todo respeto y no incurren en contradicciones, otras veces con “abuelos enternecedores”, otras con individuos cuyos rostros no rezuman más que bondad, e acaso con individuos simples, esos que desde años gozan del prestigio sus pares y de sus superiores por el modo oficioso y responsable con el que se consagran a cumplir todo aquello que se les pide [5].

El tema de la Perversión reviste especial interés entonces para quienes nos aplicamos a estimar el grado de riesgo concreto en el se encuentran aquellas o aquellos que tienen el coraje de enfrentar manipulaciones violentas a través de una denuncia por la que procuran que un magistrado se pronuncie a su favor otorgándoles medidas cautelares que favorezcan la desintoxicación que resulta del alejamiento de quienes promueven una forma particular de intoxicación “estupefaciente” ( etimológicamente : hacer a uno estúpido ) que de no tratarse, de quedar librada a su curso natural, su curso puede ser progresivo y su pronóstico ominoso.

Antes de dar fin a esta introducción importa señalar, por último, que quienes nos dedicamos a cuestiones que lindan con esta temática debemos cuidarnos muy especialmente de dos calamidades posibles; estas son:

  1. a) “La desmoralización”, dependiente de la complejidad que el tema comporta y de la constatación frecuente de las reincidencias en las que incurren las mismas personas asistidas cuando son estas las que le vuelven a abrir la puerta a una perversión que las toma nuevamente como objeto de sus actos de violencia.

 

  1. b) La simplificación” Importa no confundir a la Perversión como estructura estable de la subjetividad con muchas de nuestras flaquezas comunes, lo que nos puede llevar, en tal caso, a ver Perversos en todas partes lo que por cierto no es cierto. Se debe evitar a tener como indicador de Perversión estructural a una conducta aislada – habrá excepciones, por cierto, como cuando se trata de abuso de menores -. Pero, en términos generales, sólo de llegar a integrarse a otros en un conjunto funcional afín estamos autorizados a pensar en la Perversión como estructura psicopatológica estable de la subjetividad. La prudencia y la audacia no están llamadas a llevarse siempre mal – todo lo contrario – pero se debe extremar la prudencia y el conocimiento fundado del tema cuando se establecen  apreciaciones sobre alguien a quien no evaluamos en forma directa de acuerdo con las condiciones especiales en las que se desenvuelve la vía extraordinaria del Derecho que respalda nuestro modo de operar.

          No todos los que se dejan llevar por un impulso agresivo ni todos  los que consuman una traición pueden ser calificados como perversos estructurales. Tampoco es cierto que todo acto violento sea la expresión necesaria de una estructuración perversa de la subjetividad. Hay situaciones violentas – abundan – que procuran acceso a Justicia y llegan a ser incluso de fundado alto riesgo que no están protagonizadas por aquellos cuya subjetividad está estructurada en la perversión. Así mismo, tampoco es cierto que la Perversión se consume a través de actos que puedan tipificarse como violentos por lo menos en términos ostensibles. Aún cuando se trate muchas veces incluso de actos deplorables, nunca debe confundirse a una conducta – a un predicado del ser – con el mismo ser o, para ser más precisos, con la estructura en la se que apoya habitualmente la subjetividad de ese ser. Pasamos, en lo que sigue, a considerar lo específico de la Perversión como estructura subyacente a fin de contar con los medios que permitan identificarla y, en tal caso, “curarla”.

  1. La Perversión como Estructura Psicopatológica

Así como “per-dón” significa “permutar los dones” y se refiere a no “dar” (: donar)  aquello mismo que se nos habría dado, en una línea semántica similar el término “per-versión” también alude al acto de “dar otra versión”; esto es: declamar una serie de principios y valores y realizar, al mismo tiempo, y de manera sistemática, todo lo contrario a ellos.

Al decir de Freud, en 1938, habría seres humanos que se fragmentan en una duplicidad de acciones y de versiones: “a expensas  de una desgarradura creciente en el yo, que nunca se cerrará y que crecerá con el tiempo”. Ahora bien, el artículo del cual procede esta afirmación, en el que Freud parece decidido a iniciar el planteo de estas nociones medulares habría quedado inconcluso, está fechado en el año anterior a su muerte y habría sido de publicación póstuma[6]

Si nos interesa hacer referencia a la “desgarradura creciente en el yo” y a la  “cohabitación simultánea de versiones”,  es sólo para referirnos a otro concepto afín, procedente de aportaciones psicoanalíticas ulteriores, en el que se afirma que perverso no es tanto quien quiebra leyes o conculca normas sino quien se complace en que sea otra persona quien las quiebre y, en relación a este “quiebre”, lo más importante a  señalar es  que aquello en lo que Perversión es experta es en llevar a otros a quebrar “su propia ley”. Se trata de esa “ley”,  siempre singular, que organiza y permite el acceso a lo que cada quien tiene para sí como su horizonte de ideales y principios mas valiosos.

Toda ley preceptúa un orden de pautas que regulan las relaciones con el mundo, consigo mismo y con los demás. La  ley que la Perversión procura quebrantar es aquella que otorga sentido, proyecto y futuro a la existencia de otro ser. A partir de ese momento su mundo puede empezar a perder consistencia; sin futuro el presente desaparece y sin proyecto la vida se estanca y como todo lo que se estanca se corrompe, no faltan quienes a partir de ciertas manipulaciones perversas se mueren.      

 El equivalente de ese quiebre mortífero puede lograrse intoxicando también en su contra a la niña o al niño al que otro tanto ama, y en otros puede ser degradando o promoviendo la degradación de un ser amado por aquella o aquel a quien dirige sus dardos aun cuando este no sea ya un niño.

Merced a sus destrezas manipulatorias la perversión puede llegar a conseguir que los embotados lleguen a enunciar como propios sus argumentos o incluso a imitar, con muy poco talento, sus mismos modos de proceder. Por uno u otro camino, estos no serán sino los pasos preliminares de una meta será siempre similar: lograr una forma de quebranto que lo lleve al otro a desesperar, existiendo siempre una “meta última” que sólo tiene lugar cuando un perverso logra el quebranto de alguna persona que se distingue por la la excelencia de sus cualidades y la estatura de sus ideales.

 En efecto, la diana de los ejercicios de tiro de los dados perversos no son las personas comunes sino las de valor. De mediar las circunstancias favorables y a su debida hora, los virtuosos recibirán su merecido y a ellos les tocará lo peor por haberlo “ofendido”. Estos han estado exhibiendo, ante ella o el, que de acuerdo con mi condición de Perverso es alguien a quien “nada le falta”, menos que aquello que más les falta: ideales, valores, entusiasmo, apreció desinteresado: “Ya van caer – se dirá a sí  mismo un Perverso en su soliloquio interior – yo voy a llevar a estos a quebrarse justamente ahí donde están esos valores que presumen poseer; yo me voy a encargar de mostrar a esta gente las cosas tal cual son, y ahí van a ver lo  falso que era ese mundo y esas palabritas de colores que repetían. Vamos a ver que dicen después, cuando se bajen de ese lugar que no existe. Con el tiempo me lo van a agradecer, o las no minas son todas iguales… Pero claro que sí, por eso yo les voy a explicar a esas ñatas cuántos pares son tres botas y ahí, manitas, ya van a venir al pié”

Dejando esta batería imaginaria de perversas cavilaciones de lado, y retomando las apreciaciones germinales sobre la “desgarradura creciente en el yo” y a la “cohabitación simultánea de versiones”, se impone señalar que hubo de pasar algún tiempo para que estos datos se integraran funcionalmente a otros, habiendo sido Jacques Lacan[7] quien hubo de aportar los fundamentos para que la Perversión lograra su carta de ciudadanía plena junto a las otras dos categorías psicopatológicas consagradas hasta entonces: Las Neurosis y las Psicosis.

Esto implicó el haber considerado sus modos específicos de complexión, la singularidad del Otro[8] con el que la Perversión se relaciona,  la identificación con el lugar de una madre a quien nada le falta, la consecuente omnipotencia, la falta de un padre que funcione propiciando la salida al mundo promoviendo la separación del Otro primordial, así como la “renegación o desmentida” como mecanismo de defensa distintivo de la Perversión estructural.

Hubo un tiempo en que prevaleció la idea de que la Perversión estaba  relacionada con lo sexual mientras la Psicopatía era su  equivalente social. Esta última expresión encontraba su figura prototípica principal encarnada en el delincuente calificado como “sociópata”; no obstante en la orientación lacaniana del psicoanálisis, las psicopatías no tienen un lugar claramente determinado. En algunos casos, bajo esa denominación se descubre a un subtipo de estructura neurótica ( nos referimos, sobretodo, a ciertas modalidades que pueden llegar a ser asumidas a veces por la histeria) cuando no, en los otros casos, más allá de su falta eventual de ropaje de carácter sexual, las que se abordan bajo el término de psicopatías no son en esencia sino auténticas perversiones desde el punto de vista estructural.

Fue entonces a partir de Lacan y de muchos otros aportes ulteriores, que se pudo establecer que muchos de los rasgos constitutivos de la presunta estructura subjetiva del “psicópata” no eran sino los de la “perversión”, más allá de que en la actualidad existan autores que por una u otra razón prefieren seguir usando ambos términos.

En relación a las normas del Derecho Positivo, quien está estructurado subjetivamente en la perversión se caracteriza más por “la transgresión” que por “la infracción” de leyes. En este sentido, no es tanto quien quiebra o conculca normas establecidas, las que por otra parte conoce e interpreta muy bien – ya dijimos, en este sentido, que su rasgo distintivo es procurar el quebranto de la ley que vertebra al otro – , sino de alguien que además se siente “más allá de cualquier ley“,  y por lo tanto trans-grede; esto es: atraviesa todas las leyes autorizándose a legislar códigos propios que lo autoricen a todo.

En la constelación de rasgos que se integran a esta estructura subjetiva, se suele reconocer también a los “desafíos” en el elenco estable  de las conductas típicas de aquellos seres que íntimamente cacarean omnipotencia y procuran llevar permanente al otro más allá de su medida.

Como consecuencia de la imposibilidad para conectarse consigo mismos, a falta de esa columna vertebral de ideales propios que permitirían esa conexión, sobreviene por un lado el “tedio” – tantas veces mentado, sobre todo en los textos que en su momento se referían a esta estructura llamándola “Psicopatía” – encontrando su contracara defensiva a través de una modalidad conductual hiperactiva, cambiante y frívola – “hipomaníaca” – marcada por la búsqueda permanente de estímulos y actividades merced a las cuales logran a veces algún impacto que  contribuye a la seducción que permanentemente procuran.

Se añaden a las anteriores la “capacidad camaleónica” para cambiar súbitamente de bando en el momento menos pensado,  emparentada con la permanente búsqueda de enemigos acérrimos con quienes establecer luchas a vida o muerte les permite paliar – por antagonismo y oposición – la profunda incertidumbre que lo aqueja respecto a su propia identidad. Muchas “bandas” de perversos asociados coyunturalmente, en orden a ciertos fines, se limitan por este camino por cuanto terminan muchas veces exterminándose entre sí. Los casos abundan. Pero vale consignar uno acaso por algunas de sus características puede resultar acaso ejemplar. Se trata del ex guerrillero nicaragüense Edén Pastora, el mítico “Comandante Cero”, emblemático luchador contra la dictadura de Anastasio Somoza quien se convirtió en enemigo de sus camaradas revolucionarios del Frente Sandinista de Liberación poco después de alcanzado el poder.

      Pastora saltó a la fama el 22 de agosto de 1978 con el asalto al Palacio Nacional donde tomó como rehenes a diputados del régimen de Somoza. Con esta operación se puso en la agenda internacional la lucha armada interna que se libraba en Nicaragua y once meses después el Frente Sandinista para la Liberación llegó al gobierno de Nicaragüa. Con el triunfo de la Revolución Sandinista de 1979 Pastora fue nombrado viceministro del Interior,  pero, en poco tiempo, empezaron las tensiones entre él y Daniel Ortega que culminaron la renuncia y  el desplazamiento de Pastora hacia el norte de Costa Rica desde donde logró reclutar a unos 3000 milicianos en aras de llevar adelante acciones armadas contra el grupo que acaba de dejar. En Nicaragua, como respuesta, se decretó la condena de muerte contra Pastora “Es cierto, Daniel (Ortega) me mandó a matar, pero fueron cosas de la guerra porque yo también lo mandé a matar”, dijo el “Comandante cero” en una declaración hecha a mediados de los años 80 a The Associated Press. Ahora bien, hasta la fecha ambos viven y para más, en 2008 Ortega y Pastora se reconciliaron públicamente. El comandante Cero dijo que había sobrevivido vendiendo leones, relojes y anillos desde el norte de  Costa Rica, país que le había dado asilo además de ciudadania. No obstante, entre el año 2010 y el 2013 Nicaragua y Costa Rica sostuvieron un conflicto limítrofe y quien hubo de agitar las aguas en los peores términos contra la posición de Costa Rica no fue sino un costarricense, el mítico comandante cero, que había vivido esos en la zona que había entrado ahora en conflicto.

Hecha esta breve reseña en orden a la definición de sí a partir aquel que tengo que tener como enemigo se añaden cuestiones relativas a las relaciones que establecen la Perversión y el Poder sobre las cuales volveremos, pasando luego al tema de su dieta habitual (“los carne de boludo”), a la ausencia  de culpa, a sus bajísimos niveles de angustia, su “fría capacidad para calcular sus operaciones”, “la degradación permanente de otros seres humanos al rango de meros instrumentos”, sus modos habituales de trato inter personal cargados a veces de guiños y contraseñas ambiguas de acuerdo a los fines en juego, la “miopía” para la introspección, en contraste con la capacidad “telescópica” para reconocer los ideales y valores de los demás, todo lo cual le permite al Perverso organizar a veces con precisión los pasos preliminares a seguir para perpetrar sus fines.

A lo anterior habremos de añadir las que vamos a llamar, aquí, sus “metas últimas”, que son las que consiguen cuando logran promover el quebranto de  personas que se distinguen por la excelencia de sus cualidades y la estatura de sus ideales (“los carne de faisán”) a partir de operaciones en las que su accionar puede alcanzar sus consecuencias más desbastadoras. Claro que, por su misma condición, los faisanes han aprendido con el tiempo muchas veces a cuidarse, “los carne de faisán” suelen saber que son faisanes y se pasan la vida eludiendo a los predadores de distinta calaña que vienen cargados de intenciones segundas, por lo que los faisanes suelen estudiar bien a quienes se les acercan y, aun cuando sufran momentos  de soledad saben sobrellevarlos por lo que suelen ser presas siempre muy difíciles para los perversos veros. De allí que el Perverso se alimente casi exclusivamente de los que somos la inmensa mayoría, y es sobre nosotros que quienes sin embargo recae la responsabilidad de debilitar a la Perversión hasta dejarla sin fuerzas instándola a abandonar el canibalismo con lo cual lo que conocemos como Perversión desaparece, y es partir de allí que sostenemos lo que va en el título.

III – Los principios elementales de la constitución subjetiva:

         “Prohibición  del incesto” y “Castración”

La esfera de lo propio sólo se constituye después del desapego del Otro inicial con el que se relaciona la subjetividad humana en su advenimiento al mundo. Después de ese desprendimiento – que sólo puede ocurrir bastante tiempo después de haber nacido; recién para entonces la “cosa de mama“, la que ha logrado vivir por haber sido alguna vez “esa cosita hermosa de papá y mamá”, podrá iniciar el camino que le permita dejar de ser un objeto, para lo cual tendrá que intervenir alguien que  ocupe el lugar de un padre que procura la separación amorosa entre el niño y su madre promoviendo, acompañando y sosteniendo al niño  en su salida al mundo. Quien está llamado a promover esta operación de la cual puede llegar a sobrevenir un cambio ejerce una función – Función Paterna – a partir de la cual la vida se puede llegar a experimentar como un bien cabalmente propio.

Desde la infancia, y a través de una diversa gama de gestos y actitudes se puede promover el desarrollo paulatino de esa operación indelegable que no deja de ser paradojal; esto es: aquello en lo que inicialmente alguien se apoyó y sin lo cual ni siquiera hubiese podido conservar la vida, luego es algo que, sólo si se abandona permite experimentar la vida personal como un bien propio. Así: cuando una hija o un hijo de diez años constata, a veces hasta con asombro, que ante ciertos hechos o labores que otros le imponen– no nos referimos a la tareas escolares o a la de hacer alguna vez su cama – su padre le recuerda que  “una niña o un niño sólo tiene derechos, no obligaciones” y que por lo tanto no está obligada a cargar con sobrinos u otros bebés que otro le impone, con ello se contribuye a que a hacerles saber que todo tiene su tiempo, y que acaso se trata de saltos cortos que la animen a dar alguna ese “salto” de aquel Otro primordial que, de ser protagonizado, a partir de allí podrá experimentar la propia vida como un bien. Por el contrario, si las mentadas leyes de prohibición del incesto y de separación no se cumplen ( ley, esta última, que el psicoanálisis considera a través del concepto de “castración” sin referencia a ningún tipo de  emasculación genital) en tales casos no se logra el acceso al deseo propio al que apuesta el psicoanálisis, y de los modos a través de los cuales se elude el desapego de ese Otro inicial devienen las estructuraciones psicopatológicas (neurótica, perversa o psicótica) en las que se puede estructurar la subjetividad.

Los padres estamos obligados ( palabra que etimológicamente procede de: “observar aquello a lo que se está ligado y que alguna deformación sociológica ha tendido a homologar, lamentablemente, con el concepto de “sometimiento”) a cubrir las necesidades de amparo y alimentación de sus hijos menores, sin que tal cobertura de  “necesidades” conlleve derecho alguno a reducir a los hijos al rango de objetos que habrían llegado al mundo para satisfacerlos. Es un  hecho elemental  que nadie tiene derecho a “apoderarse” de un hijo – ni de ningún otro ser humano – ya sea para que “me llene de orgullo”; para que “sea como yo”que por lo demás me tengo por un prodigio-; para que “cumpla mis deseos no realizados”; o para que “se me case bien así yo puedo dejar de trabajar”. Abundan las frases desopilantes que se pueden llegar a oirse sin demasiado escándalo, sin reparar en que con ello se asiste a  la cría de boludos que más tarde no podrán establecer  la diferencias éticas entre sus padres y ese candidato Perverso que la empieza a cortejar.

IV – “Negación” y  “Renegación”

Resulta preocupante  la imprecisión que prevalece cuando aludimos a los distintos modos que implementamos para negar la realidad. El psicoanálisis  fue estableciendo las precisiones  inherentes a los distintos modos de eludir los hechos que nos resultan incómodos o acaso  imposibles. Dos de todos esos modos posibles, vamos a referirnos a la “negación”, por un lado, y la “renegación o desmentida”, por el otro, en orden a nuestros intereses. Empecemos, para el caso, por decir que la primera – “la negación” –  opera sobre  “representaciones”  (mentales o subjetivas) al tiempo que la segunda – “la renegación o desmentida”- opera sobre las “percepciones” de acontecimientos (objetivos) que se presentan en la realidad que compartimos con los demás.

Pero cuando escuchamos decir hoy, en distintos medios de comunicación, que alguien “niega” la realidad, con frecuencia se esta aludiendo  a una “renegación o desmentida” de la misma, olvidando que el conocimiento de la diferencia entre estas dos modalidades resulta de máximo interés porque con marcada frecuencia – no siempre – nos acercan al reconocimiento de estructuras de la subjetividad de base totalmente distintas : la negación está del lado de la neurosis, mientras la renegación o desmentida está del lado de la perversión y hay que estar advertidos.

En un principio, la “negacion” fue propuesta por Freud como aquel mecanismo de defensa mediante el cual un sujeto expresa, de manera negativa, la existencia de un deseo, una idea o un pensamiento que lo incomoda. Así, la frase que dijera por ejemplo: -“No es mi madre”, pronunciada por alguien a propósito del personaje que aparece en alguno de sus sueños, constituye una forma de reconocer una realidad de manera negativa pero sin llegar a aceptarla. De este modo, la “negación” es un medio psicológico defensivo para tomar distancia de una idea o “representación” que se relaciona con una situación subjetiva que  incomoda o avergüenza, mientras la “renegación o desmentida” opera sobre la “percepción” de un hecho; esto es: se “desmiente o reniega” del significado y de la existencia misma de una situación objetiva que perciben los demás.

Pongamos algunos ejemplos de renegación o desmentida para saber de qué hablamos. Vg: un sujeto acaba de ser despedido “con causa” de su empleo habitual mientras su mujer, angustiada, lo espera junto a sus hijos en la casa. Frente al estupor de todos, y despertando la euforia ingenua de los menos advertidos, al llegar a la casa el señor tiene dificultades para atravesar la puerta de entrada porque lo hace portando consigo un enorme televisor nuevo – pongamos, para el caso, que en términos actuales, se trata de un “smartv” de primera marca de 42 pulgadas. En este caso, el Sr. no es que “niega” dentro de sí la idea o “representación” mental del  despido y la restricción económica que esto habrá de comportar para los suyos de ahora en adelante, sino que “reniega” del hecho y con la compra logra seducir a algunos de los suyos a través de un objeto nuevo y deslumbrante-  algo que constituye también una “percepción” que es accesible todos  – pero que viene a “desmentir” la realidad del despido. Pongamos un poco de más de imaginación y pensemos que con esa “desmentida” el señor despedido logra angustiar a su mujer, quien se verá contrariada en sus reclamos por la compra al ser acallada por la euforia de los hijos menores entusiasmados con la smartv. A su hora, cuando con el tiempo embarguen o rematen una parte del terreno hogareño para saldar deudas impagas, no es improbable que la mujer se encuentre buscando asistencia psiquiátrica por un cuadro depresivo de consideración -: “La pobre no anda bien…no se sí se estará volviendo un poco loca”, comentara en voz baja su marido a un vecino al que ha invitado a ver un partido de la Liga Europea desde su magnífico televisor. El señor pasará horas disfrutando su condición de desocupado sin sentir angustia ni por el embargo ni por la situación de su esposa; el tipo permanecerá inmutable y pasará la mayor parte del día frente aparato televisivo que ha logrado comprar con el “sudor de su frente”.

En orden a lo anterior importa señalar que otro de los aspectos correlativos de la “renegación” es muchas veces la reincidencia. Perversos o no, casi todos sabemos que reiterar un acto es muchas veces una forma de desconocer su verdadera significación. Así por ejemplo, cuando se vuelve sistemáticamente a hacer o a decir lo mismo, o cuando nos limitamos a decir frente a algo incorrecto que “todos lo hacen” lo que reconocemos es la “reincidencia” de un hecho que podrá ser desmentido porque, por fuerza, lo que ocurre todos los días o lo que practican todos no puede ser realmente algo grave.

En Violencia Familiar se observan constantemente renegaciones o desmentidas en las que la reiteración de los actos de violencia le sirven al violentado, al que ejerce la violencia y también a los testigos  para desconocer y naturalizar – y por lo tanto “renegar o desmentir” – que se trata de una situación grave que generalmente tenderá además a  incrementarse, tanto en frecuencia como en intensidad, en orden a los requerimientos crecientes  que  la lógica de la “renegación” reclama.

En efecto, para que la “renegación” sea efectiva no sólo debe ser frecuente sino también de “cualidad siempre creciente”, porque de lo contrario los embotados podrían empezar a despertar de esa “pesadilla en vigilia[9] que padecen aquellos que experimentan la proximidad y los manejos que dependen de la Perversión estructural.

Son diversas las formas en las que la que está estructura psicopatológica perpetra sus fines. Así por ejemplo, vale la pena demorarnos en una frase típica que se escucha en presentaciones que llegan a  la Oficina de Violencia Doméstica por parte de varones :- “No vés que está loca”, suelen referir que le habrían dicho a la mujer le estaba provocando al sujeto un largo rasguño sobre su torso desnudo. Resulta llamativo que el denunciante no se haya defendido o huido mientras se le practicaba ese largo rasguño que exhiben. Lo anterior debiera llevarnos a pensar que acaso el rasguño sea un precio muy bajo a pagar cuando la prioridad es llevar a otra persona  a dudar de su propia cordura después de haberla sacado de las casillas.

Más allá de la diversidad de los métodos para generar desconcierto, cuando se trata de una verdadera perversión, el objeto de sus todas estas maniobras habrá de ser siempre el mismo,  llevar a otra persona a que se angustie, se desoriente y pierda su medida, a fin de ir llevarla al mayor estado de abyección posible. En el camino quedará un tendal de testigos impotentes de esa forma de degradación – las más de las veces se tratará  de los hijos – quienes habrán de quedar con secuelas que habrán de pervivir con ellos en el tiempo marcando sus elecciones ulteriores de pareja indefectiblemente.

La búsqueda de la internación psiquiátrica inicial de aquellos que han llegado a quebrar a otros es una operación típica a proponer en muchos de estos casos. Después vendrá, si el éxito de la degradación prosigue, la declaración judicial de insania y quien se habrá de ofrecer como “curador” habrá de ser, justamente, quien habrá llegado enloquecer a esa persona que acaba de ser declarada civilmente insana.  Quien otro podría “curarla” mejor, imaginemos el embrollo con el que nos podríamos encontrar si un buen día la embotada se despierta – nunca falta el cura o la enfermera que tratan como si fuese una persona – poniendo en riesgo un trabajo en el cual un Perverso ha invertido su vida.

Volviendo al punto central, no se puede desconocer que la “renegación o desmentida” no es operación privativa de aquellos cuya subjetividad está estructurada en la perversión porque, en uno u otro momento, algo de la “renegación” y la repetición siempre nos concierne; es lo que sucede, por ejemplo, con la frase que dice: – “Ah, mire, yo no creo en las brujas, pero que las hay las hay”.

Como ejemplo de renegación y reincidencia trivial recuerdo que, cuando algunos de nosotros éramos chicos, en los recreos escolares los más distraídos solíamos recibir esos rodillazos típicos sobre los muslos a los que los todos llamábamos “la paralítica”. En esos casos, se tendía a justificar aquella agresión diciendo:- “Dale, maricón, si no  duele”. “Si todos se la bancan”. “Si pasa todos los días”. Esa era la forma de evitar que  reaccionáramos y  el “no te ha pasado nada”  dejaba la vía libre para la reiteración de “la paralítica” que resultaba ser necesaria por cuanto servía para  “confirmar” que se trataba de una pavada cotidiana que “desmentía” la significación cobarde, sorpresiva y paralizante del atropello infligido.

Hoy la paralítica parece haber desaparecido de los recreos escolares – por lo menos mis hijos varones nunca la habrían mencionado – lo que no significa que a la fecha no hayan ido apareciendo otras formas de “renegación” y de “reincidencia” de agresiones dentro del marco escolar que siguen, muchas veces, derroteros muy similares, sin que nada nos autorice a sostener que todos son púberes perversos cuyos atropellos inexorablemente se incrementarán con el tiempo.

Quien suscribe tiene para sí que,  incluso, que gracias a algo de todo aquello crecimos, que algunos nos hicimos amigos a empujones.

A la fecha pasaron unos cuantos años y ya no sólo hemos dejado de darnos paralíticas, sino que ahora se nos da por reunirnos con frecuencia. De modo tal que no hemos sido una banda de perversos, porque la Perversión también “reniega” del paso del tiempo, y como es alguien a quien nada le falta tampoco pueden perder ni clausurar una etapa – para el caso nos referimos a una etapa de la vida – que le permitiría a pleno la etapa ulterior. Por eso desmienten el paso del tiempo y también su edad a través de partenaires adolescentes – del mismo o de distinto sexo – con quienes consiguen sostener la fantasía de que ellos integran la misma franja etaria de aquellas o aquel que los acompaña. En esta línea se incluyen los casos en los que la Perversión abomina a los niños que ellos han dejado de ser, y en eso el abuso sexual de menores se constituye, acaso,  en la expresión más execrable de esta estructuración patológica de la subjetividad. En esto sí alcanza una única figura conductual para reconocer la estructura psicopatológica que la sostiene. La Perversión es el único género psicopatológico que puede llegar a producir, como especie, una conducta como la que depende del abuso sexual de una niña o un niño.

Lo que importa, por lo tanto, es no incurrir en el escándalo frente quebrantos banales y que llegados a la constatación de hecho violento real no seguir de largo para lo cual hay que conocer los lugares a los cuales recurrir y solicitar ayuda en esos casos.

Si se trata de un individuo que degrada a los suyos y los golpea se suele constatar, más de una vez,  que estos se encuentran amedrentados, embotados y hasta dispuestos a negar ante otros la situación que padecen ya sea porque dependen económica o emocionalmente del golpeador, o por temor a que la denuncia lo enardezca y sobrevenga algo peor. Por eso, cuando si se llega a tener conocimiento de actos violentos reincidentes que ocurren en un marco de convivencia en el que por lo general suele haber niños, en la Ciudad de Buenos Aires se debe tener en cuenta a la Oficina de Violencia Doméstica, dependiente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, sita en la calle Lavalle 1250 de la Ciudad de Buenos Aires, la que permanece abierta todos los días del año durante las 24 hs a efectos de facilitar el acceso a Justicia de quienes padecen esta forma de violencia. Existe allí la posibilidad de efectivizar la denuncia judicial en calidad de tercero, pudiendo hacerla incluso en forma anónima, sabiendo que estamos llamados a extremar la prudencia y a consultar a otros que conozcan el tema con solvencia para no afrontar a solas circunstancias complejas en las que la “negación”, la “desmentida” y la “reincidencia” son algunos de los tantos factores que confunden.

A saber, entonces:

  1. La “negación” recae sobre una “representación mental o subjetiva”; esto es: sobre una idea o un pensamiento que incómoda al mismo sujeto acaso porque no se condice con sus ideales.
  2. La “renegación o desmentida” recae sobre la “percepción de un hecho objetivo”; esto es: de un hecho que está al alcance de la percepción de los demás, sabiendo que hay sujetos que, a través de la “desmentida” son verdaderos expertos en hacer pensar a otros que en realidad no perciben lo que en realidad perciben.
  3. En la “negación el sujeto intenta engañarse a sí mismo” y atenuar así la angustia de algo que le cuesta reconocer por temor, culpa o vergüenza, al tiempo que, en “la renegación lo prioritario es engañar a otros”, a quienes se intenta inicialmente desconcertar, para llevarlos con el tiempo a algo mucho peor.

V – El perverso y los demás

a) El Perverso y el Poder

Diestros para  captar lo que sus semejantes requieren  ante situaciones críticas, quienes están estructurados perversamente pueden mostrarse serviciales, audaces y resolutivos  ante los apremios más diversos que puedan presentar algunas personas social o económicamente encumbradas a las que intentan seducir. Esto suele granjearles deudas de gratitud, cuando no un lugar imprescindible en el imaginario de quienes se inquietan ante la eventualidad de verse nuevamente ante una nueva situación sin contar, para entonces, con el auxilio de su “salvador”, lo que puede llevar a estas personas a ocupar lugares de privilegio entre personas con poder, o a la conquista de  sitios jerárquicos que, de  acuerdo a sus méritos reales, resultan incomprensibles para el resto.

  1. b) La carne de boludo

En el orden de las que podríamos llamar sus destrezas, la perversión estructural cuenta con una “capacidad telescópica para descubrir los ideales de los demás que contrasta, como sabemos, contrasta con su miopía para la introspección y la reflexión”. De esa destreza telescópica depende la acertada elección de sus cómplices – generalmente sujetos fronterizos y de moral laxa – que a su hora podrán llegar a colaborar con él, diferenciándolos bien de aquellos otros seres a los que se ocupa de degradar como si en el quebranto de ellos encontrara su alimento usual.

Un perverso no tarda en reconocer así el ideal de valentía que alimenta un semejante fóbico, y se presentará ante él como alguien dotado de coraje, de audacia y de un respeto especial por los demás,  todo a efectos de captar la admiración de aquel a quien sus temores inconscientes le han hecho presumir, erradamente, que debe procurar la conquista de un coraje y una capacidad de riesgo de los cuales carece. A partir de esta percepción telescópica del ideal ajeno, el perverso encontrará el momento de confiarle al fóbico lo preocupado que se encuentra por el estado traumatológico en el que ha de haber quedado alguno de los tres sujetos a quienes ha debido enfrentar a golpes de puño en la víspera por haberlos sorprendido cuando estaban por perpetrar la violación de una mujer. A través de  la comunicación de esta y otras mentiras de esta índole, el fóbico irá abrigando una admiración creciente por este individuo que se presenta ante él como la encarnación viva de los no son sino sus propios ideales a alcanzar.  Pero a su hora quien ha semblanteado ser valiente ante el fóbico, procurará la forma de llevar a este admirador al terror, a efectos de que se quiebre en ese “coraje”  que tiene para sí mismo como tan valioso. Así, con cualquier pretexto, el perverso le pedirá al fóbico que lo acompañe a un sitio alejado de la ciudad mientras  es él quien maneja el automóvil. En cierto momento, en la mitad de una noche cerrada, atravesarán una  autopista, el perverso al volante, quien comentará  que la ruta que recorren linda con asentamientos de viviendas en las que se domicilian individuos conocidos por su propensión al robo y el homicidio de quienes se ven obligados a detener su vehículo al costados  del camino. Minutos más tarde, súbitamente el automóvil  empezará a mostrar un desperfecto que les impondrá  detenerse. Con el vehículo parado, el conductor saldrá con premura provisto de un bidón vacío refiriendo ir en procura de combustible y a paso firme se perderá en la noche. “Por error” se habrá llevado consigo el teléfono celular de ambos y antes de partir le habrá comunicado a su compañero que las cerraduras del automóvil no funcionan. No importa considerar cuanto se demorare en regresar con el bidón, con lo consignado habrá culminado el acto por el cual ha conseguido aterrar a aquel que se avergüenza muy especialmente ante el miedo.

En un segundo caso, el perverso no tarda en descubrir los ideales de castidad y el pudor de una joven acuciada por una sexualidad inhibida y así le comprará un ramo de violetas sólo después de la tercera o cuarta salida. Por este camino, la pudorosa mujer presume en un momento el haber llegado a la cima de su enamoramiento por él, y así consumará finalmente un encuentro íntimo con el tímido comprador de violetas que le ganó el corazón. Ha llegado el momento  de consumar el acto que el perverso venía preparando con la chica desde un principio. El comprador de violetas habrá de comunicarle, en ese mismo momento, que su amor por ella ha entrado en una tierra de sombras, por cuanto la habría encontrado demasiado desenfrenada en la esfera de la intimidad que acaban de consumar, haciendo  sentir a la joven como una mujer lúbrica sólo para quebrarla allí en lo que ella cultivaba y valoraba tanto.

En una tercera ocasión se ofrecerá como el  interlocutor escrupuloso frente a aquel que descubre que se desvive por su buen nombre y honor y se esmera por en la transparencia de todo lo que emprende. Ante él se presentará ataviado de una honestidad inmaculada hasta llegar el momento de alcanzar su confianza y es cuando el perverso llegará  a pedirle que firme unos papeles por los que lo nombra presidente de una empresa que le pertenece, pero que ahora decide cederle por cuanto acaban de comunicarle que se encuentra muy enfermo y quiere confiarle a este nuevo amigo la titularidad de su único bien, a efectos de que pueda hacerle llegar un poco dinero a su anciana madre cuando él deje este mundo en breve término. Conmovido por la confianza y el altruismo que simula el perverso, el escrupuloso señor firmará todo cuanto se le pide, resultando que lo que acaba de rubricar son libros que lo sindican como el responsable de un establecimiento ilícito que lo llevará a ocupar la primera plana de los principales medios y deberá transitar también los pasillos de los Tribunales en calidad de imputado como estafador.

  1.  c) La carne de faisán

Ya sabemos que perverso no es tanto el que quiebra  la Ley –  la norma del Derecho Positivo –  sino el que quiebra la ley que vertebra la estructura de valores e ideales que sostienen a otro. Contando, entonces, con todo el tiempo que haga falta y ajustándose fríamente al cumplimiento de cada uno de los pasos preliminares que resulten necesarios; “la meta última” de un perverso en estos casos es provocar la pérdida del respeto que toda persona se debe a sí misma para transformarla paulatinamente en un desecho que sólo se aprehenderá a sí misma como tal,  quedando a esa hora  a merced de la misma persona que habría logrado su degradación.

Lacan recomendaba no asistir psicoanalíticamente a los individuos estructurados en la perversión sosteniendo que con ello se los hacía más perversos. No obstante, en el libro “Estructuras y Perversiones”, el psicoanalista francés Joël Dor consigna una situación testimonial en la que da cuenta de aquello a lo que puede llegar un ser humano estructurado en la perversión sobre la persona de un analista responsable y dedicado que decidió arriesgarse más allá de las recomendaciones del Dr. Lacan: “…… mencionaré el acontecimiento desagradable sobrevenido a un psicoanalista extranjero víctima de una maquiavélica intriga perversa – este testimonio me fue referido en el más estricto anonimato en el cuadro de un grupo de trabajo que yo dirigía en el extranjero sobre perversiones.– : Este analista recibe un día para consulta a un hombre de unos cuarenta años que se presenta, muy rápidamente, como un formidable perverso. La cura comienza de una manera difícil y escabrosa y, varias veces por semana, el analista se vuelve así el testigo privado de las mil y una bajezas de su paciente. Este lleva, en efecto, una existencia totalmente disoluta y sometida a las excentricidades perversas más inquietantes y escandalosas. Al cabo de algún tiempo de tratamiento, el analista, que era un hombre de cierta edad y de una experiencia innegable, termina por retener elementos repetitivos intrigantes. Como los perversos son habitualmente muy sensibles al arte de la manipulación, seguro como estaba de excitar vivamente la curiosidad de su analista, el paciente se enfrasca, en el transcurso de las sesiones, en un relato cada vez más detallado de su existencia. Especialmente, durante muchos meses, toma en cuenta secuencias de su vida pasada y actual que no se agotan en actividades ilegales, mentiras, escándalos, donde los protagonistas se suceden en situaciones, todas, unas más inconfesables que otras. En lo esencial, se trata de una existencia absolutamente frenética de libertinajes delictivos donde el folklore sexual parece no tener ningún límite. El analista se vuelve así el testigo auditivo de las transgresiones más impresionantes cumplidas sobre un fondo de robos, estafas, tráficos, violaciones, que constituyen a veces la primera plana de los diarios. Es evidente que con esta complicidad obligatoriamente secreta se inicia, para este paciente, un espacio prodigioso de goce en el lugar mismo de su cura; estando este goce tanto más asegurado cuanto que se encuentra garantizado por el silencio del analista. Varios “acting out” llegan aún a convertir al analista jurídicamente en cómplice de situaciones tan ilegales como inextricables. El tratamiento prosiguió a pesar de todo por la firmeza olímpica del analista continuamente puesto a prueba en el modo del desafío. Precisamente porque se quedaba inamovible en su lugar de analista, este paciente jugará sus “últimas cartas” como también puede decirse que quemará sus últimos cartuchos. Ahora bien, a menudo se verifica que, en las estrategias perversas, los últimos cartuchos son justamente los cartuchos decisivos en el sentido de que no fracasan nunca en su objetivo. Y esto, en la medida misma en que lo esencial de la maniobra perversa consiste en ajustar el blanco tan largo tiempo como sea necesario para dar en él en el momento oportuno. Inesperadamente, el curso del análisis toma así un viraje nuevo. El paciente se vuelve cada vez más prolijo en cuanto al relato de sus amores perversos. Una descripción minuciosa de las escenas sexuales invade el curso de las entrevistas, hasta el límite de lo insoportable. En estas escenas vuelve a menudo sobre los mismos protagonistas que se entregan a excesos acrobáticos apenas concebibles y por lo menos muy peligrosos. Es como si fuese necesario permanentemente desafiar ese límite irreversible que se llama la muerte. El analista termina por identificar en su paciente un malestar creciente y sobretodo la amenaza de un peligro inminente si nada viene a introducir una pausa en este desborde de goce.

           Este momento de transporte del goce, que interviene un poco como una súplica dirigida por el paciente al analista, es un proceso frecuente en la cura de los perversos, que hay que captar como el signo precursor de un momento de ruptura. En el mejor de los casos, el paciente interrumpe abruptamente el tratamiento. Sucede, sin embargo, que la ruptura se consuma en razón de un pasaje al acto trágico del paciente. En esta cura, todo parece haber pasado como si el analista se hubiera sentido cada vez más vivamente interpelado por el torrente de los insoportables relatos que le hacía regularmente su paciente. Invadido por una inquietud creciente, el analista se deslizará insensiblemente del lugar que había sabido hasta entonces mantener, volviéndose poco a poco directivo. Deslizamiento fatal si los hay, puesto que estaba allí la señal tan esperada por su paciente para descargar sus últimos propósitos brutales en la empresa perversa. El paciente se muestra progresivamente bajo una luz completamente espantosa a los ojos del analista, a medida que libera sutilmente la identidad auténtica de sus protagonistas. Poco a poco se desenmascara así una cohorte de personajes entre los cuales se cuentan ciertas personalidades eminentes de los medios intelectuales locales. No menos de un año y medio de tratamiento fue necesario para que ese paciente cumpliera estratégicamente su perniciosa misión y desapareciera inmediatamente después. Qué le importa al perverso el precio a pagar, desde que el desafío y la transgresión son sostenidos hasta sus más funestos extremos. Al presumir que su analista está “maduro” para ser arruinado por una última revelación, da a conocer la identidad de una de sus compañeras sexuales más depravadas y más lúbricas: no era otra que una de las hijas del analista”.

En referencia a los límites que la perversión transgrede, seguramente se comprende sin dificultad la vecindad de significado que existe entre los “límites” y las “leyes”; pero lo que acaso cueste comprender es el vínculo entre los “límites” y las “diferencias” porque, por insignificante que parezca esta cuestión, quien muestra ciertas  diferencias le demuestra a un sujeto perverso algo que el él le falta, algo que no tiene, y tratándose de un individuo ( masculino o femenino ) que se presume completo y exento cualquier falta quien muestre lo que le falta recibirá su merecido por ofender al Perverso quien procurará que el virtuoso se quiebre. Esto permite comprender el sentido de sus operaciones y aquello en lo que pasa sus horas: Tramando quebrantos y castigando a quienes, generalmente sin quererlo, a través de sus ideales le muestran aquello que a él más le “falta”, contrariando ese supuesto suyo por el cual sostiene que “a él – en tanto Perverso – nada le falta”.

La película que en nuestro medio se estrenó bajo el nombre de “Relaciones Peligrosas” (1988), resultó ser la mejor adaptación cinematográfica del libro  “Les Liaisons Dangereus”, obra maestra de la literatura francesa escrita hacia el fin de una era – en 1782  – por Pierre Chordelos de Laclos (1741 – 1803). “Las Relaciones Peligrosas”,  fue una  novela epistolar que despertó en su momento tanto la admiración literaria como el repudio de una aristocracia cortesana que se sintió desenmascarada por la obra. La novela desnuda las precisiones  de un pacto de dos aristócratas perversos que se mueven con todo sigilo después de haber establecido entre ambos un particular desafío. La Marquesa de Merteuil (Glen Close) reta al Vizconde de Valmont (John Malcovich) a que logre seducir a la más virtuosa de las mujeres conocida por la sociedad en la que se desenvuelven: la Sra. de Tourvel (Michelle Pfiffer). La Sra. de Tourvel califica como blanco de los dardos perversos tanto por el cultivo de los valores a los que se consagra, como por el desdén que manifiesta por la liviandad y los desenfrenos de una aristocracia en decadencia. Valmont es un hombre que hace alarde de su condición libertina, gozando en su medio de una cierta reputación fundada, justamente,  en su capacidad para seducir y luego hacer que se pierdan, al descubrirse deshonradas, las mujeres a las que logra embaucar. Hacia el desenlace de la obra de Chordelos de Laclos, Madame Tourvel finalmente es seducida por un montaje premeditado del Vizconde de Valmont y finalmente muere al descubrir el atroz engaño del que ha sido objeto.

Tanto la obra literaria de Chordelos de Laclos, como el testimonio indirecto del psicoanalista  Joël Dor, nos muestran  las desbastadoras consecuencias de la perversión que cuando logra su meta última. No importa cuanto tiempo haya debido invertir, porque nada rompe tan en trizas el espejo de la perversión como los afanes de quienes consagran sus esfuerzos a servicio al prójimo, muchas veces en forma desintresada, porque son estos los le muestran al Perverso aquello que más le falta.

Movidos por la fría pasión por perpetrar la degradación de quienes exhiben lo que a ellos “les falta”, la Perversión consuma sus actos después de un período de preparación en el que procura el embotamiento como paso estratégico previo, porque sólo a  una persona embotada se la puede conducir hasta el punto aquel en el que su caída habrá de resultar más estentórea.  Tal como lo afirma Lacan: “Una obra que quiere ser malvada no puede permitirse ser una mala obra”[10]

VI  – El Perverso se cura 

Según una mayoría de autores  – y en este punto el suscripto se desmarcará de ellos, cuando menos parcialmente – se suele afirmar que, desde el estado actual de nuestros conocimientos, la “Perversión estructural” – o también la “Psicopatía” para los que prefieren seguir haciendo uso de esa noción – como tales “no tienen cura”.  No obstante, aquí vamos a sostener que esa es una apreciación errada, dependiente de una perspectiva individualista, porque lo que sí puede y debe curarse es la ingenuidad, la complacencia, cuando no la anuencia, el aliciente e incluso la admiración y fascinación que reciben los sujetos estructurados en la perversión o la psicopatía por parte de ese amplio número de ingenuos y fascinados que de llegar a “curarse” los actos de la Perversión quedarían reducidos a una mínima expresión.

Son demasiados los que  admiran frívolamente los actos de la Perversión aun cuando, llegado el momento, estos admiradores fascinados nunca consumarían esos quebrantos que secretamente celebran, seguramente porque sus diques éticos son mucho más profundos que esa admiración que sienten por una osadía perversa que es sólo aparente. No obstante, esta forma de “fascinación”, aunada al hecho de cierto grado de conciencia social embotada es hoy la causa de que los actos de la perversión hayan proliferado como lo hacen ciertos hongos en algunos terrenos después de la lluvia. De no existir ese séquito de admiradores curables pero embotados,  los excesos actuales de la perversión podrían llegar “curarse”, porque si algo distingue a la  Perversión es su falta de valor para imponerse cuando calculan fríamente que el ambiente para actuar no es el propicio. Así, a falta de cómplices frívolos, y sin el séquito de admiradores y fascinados, la capacidad de operativa de la perversión se reduce drásticamente. A esa hora, no faltarán los perversos veros que cambiarán súbitamente y no dudarán en convertirse, “camaleónicamente”, en individuos hiper – morales que se convertirán en intérpretes de algún texto sagrado y ahora, a través de ese nuevo medio, intentarán el quebranto moral de un número menor de semejantes exigiéndoles lo incumplible. En la actualidad  no faltan estos perversos hiper morales  que quebrantan a los otros exigiéndoles lo incumplible, pero no son estos los que más nos ocupan a quienes nos desenvolvemos en el ámbito de la Violencia Doméstica, donde nos vemos llamados a reconocer y a informar con celeridad a un Juez sobre el “riesgo” que corren los que se encuentran cautivos de sujetos que están marcados por otras formas de la perversión.

Volviendo entonces al séquito actual de admiradores o  “tolerantes” y  al grado de responsabilidad que nos cabe ante estas situaciones: ¿Cuántos somos hoy los que hoy verdaderamente admiramos a un primer mandatario argentino, derrocado a mediados de los años 60´, cuando se dijo de él que en su inventario personal tenía algo así como dos trajes y cuatro camisas al ser desalojado de la casa de gobierno por un Golpe de Estado?  No podemos dar fe de la fuente de la que procede esa información sobre los trajes y las camisas, pero eso no es  tan relevante cuando lo que nos interesa es reconocer que nos pasa frente a ese tipo de virtudes austeras más allá de que hayan existido o no como tales.

En aras de establecer  contrastes, cuando en los años 90 el titular del Poder Ejecutivo era un sujeto célebre por sus excentricidades y caprichos mundanos, eran muchos los que por entonces celebraban alegremente aquellas “picardías”,  a sabiendas de que los recursos para costear peluqueros a bordo procedían de fondos públicos. Se citan estos ejemplos contrarios por ser algo lejanos en el tiempo, en atención a que el objeto de estas líneas es la reflexión y no la controversia ideológica caldeada por acontecimientos recientes.

Lo que nos importa señalar, entonces, es que en la actualidad abundan los admiradores del personaje cinematográfico central de  “Scarface” que nunca matarían a su propio hermano, ni tendrían la capacidad de llevar adelante los actos criminales que protagoniza Al Pacino en la película. Ya no en el ámbito de la ficción cinematográfica, no son pocos los que experimentan también una secreta fascinación por los actos reales y execrables que protagonizan los que se alzan en la con buena parte de los fondos públicos burlándose de los que los habrían elegido por la vía del sufragio.

El “turco es vivo” , se decía a media voz en los años 90 cuando se tomaba conocimiento, fundado o imaginario, de alguna nueva  tropelía de aquel que nunca se privaba de exhibir sus excentricidades constituido, a la vez, en un ejemplo consumado de aquel que está atravesado por esa doble versión entre las declamaciones y los hechos. No obstante, no debiéramos olvidar  que se trató de alguien que hubo de ser re-electo a pesar de declamar permanentemente lo contrario de lo que  hacía.

Por eso sostenemos que no es cierto que la perversión, como tal, no tenga cura, porque sin la complacencia, la ingenuidad, la fascinación enfermiza y la secreta admiración de quienes sí tenemos cura los actos de la perversión también “curarían” o se verían reducidos a su mínima expresión.

Mermarían los pescadores si mermaran los peces; existen momentos en los que las sociedades parece que enloquecen y se dejan seducir por los alardes y las propagandas de seres insignificantes que cautivan, justamente, por los mismos quebrantos y denigraciones de las que son capaces. Son estos los momentos en los que proliferan los sujetos estructurados perversamente que llegan a lugares encumbrados desde donde logran consumar sus metas a gran escala.

Se entiende, entonces, que no todo depende de la estructura subjetiva de perversión individual, sino de “nuestros otros” (“nos-otros”), cuando nos dejamos fascinar alegremente por la falta de escrúpulos, o cuando llevamos a “la nena” a un concurso para que la exhiban con poca ropa “porque si tenemos suerte se nos hace famosa”.

De allí que  cuando se afirma que la perversión no tiene cura, en esa afirmación hay alguien que se está lavando las manos, y hay mucho de irresponsabilidad en una aseveración como esa, razón por la cual nos estamos dedicando a señalar la parte que nos toca , para describir entonces los modos en que suelen presentar y desenvolver los perversos estructurales, y pensar en las consecuencias de no llevar adelante “una cura” psicológica de esa fascinación  enfermiza que pueden llegar a despertar en nosotros.

¿Cuáles son entonces los indicios que nos permitan saber que estamos ante un individuo cuya subjetividad está estructurada en la perversión? ¿Cómo movernos en tales casos? ¿Cómo evitar las tratativas eventuales con ellos? ¿Adónde y a quien recurrir cuando somos testigos de sus atropellos?

Más allá de lo que estamos consignando, si constatamos que realmente nos fascina la Perversión de manera muy especial, lo primero que debemos hacer, incluso antes de seguir con la lectura de este escrito, es una consulta profesional especializada, porque lo que ha de habernos ocurrido  – de acuerdo a lo que se constata con marcada frecuencia – es que precozmente habríamos sido objeto de manejos y abusos – no siempre “sexuales” – ya sea como testigos, como cómplices o incluso como protagonistas inducidos, que se obstinan en castigarse a cuenta propia por haber llegado a experimentar alguna forma de placer en alguno de aquellos vejámenes, lo que los mueve más tarde a reincidir en ese tipo de  vínculos también por culpa y búsqueda de expiación de algo que no habrían buscado pero que los hace presumir que ni merecen ni les cabe esperar nada mejor a causa de aquello que habrían llegado a experimentar.

Mientras transcurren las expiaciones a las que se someten los culposos, los individuos realmente perversos se siguen ocupando, a esas mismas horas, de seguir embotando el discernimiento crítico del entorno siendo esta una prerrogativa imprescindible para su accionar, porque nada puede hacer un perverso sin la coparticipación activa de esos “culposos” y “fascinados” – “los carne de boludo” – de llegar  a “curarnos” podríamos  arrastrar al perverso a reducir sus andanzas al mínimo.

Cuando se recupera el “discernimiento crítico”, cuando prevalece la “prudencia”, y desaparece la “fascinación”, el número de los actos signados por la perversión disminuye,  aunque la terapia que logró reducir la perversión haya recaído, solidariamente, sobre aquellos que se han resuelto a dejar de seguir ocupando el lugar de boludos.

Importa recordar a esta hora que “curar” significa “cuidar”; por eso en cierto  credo  al sacerdote se llama “cura” por ser el que está llamado  “cuidar” a su feligresía; del mismo modo un médico dice que “cura”, cuando todo lo que ha hecho, en el mejor de las casos, es “cuidar” a otros a recuperar una salud que no procede del ellos. Extrapolando estas nociones el perverso también se cura cuando empezamos a cuidarlo  – y a cuidarnos – para que no reincida en la comisión de aquellos actos a cuya repetición estaría “sujeto” desde la estructura subjetiva que lo sostiene.

 

VII – La Perversión compromete

Año 1993 .“El Triángulo de la Hambruna”, sur de Sudán. Llega hasta el lugar un avión de las Naciones Unidas cargado de víveres. Los pobladores rodean el aterrizaje del avión que trae las provisiones. Los demasiado débiles no encuentran energías para llegar. El fotógrafo Kevin Carter, de 32 años de edad, es uno de los pasajeros de ese vuelo de las Naciones Unidas. Poco después de descender, el fotógrafo comienza a disparar su cámara sobre una nena arrodillada y vencida por el hambre que apoya su cabeza contra el suelo, mientras un enorme buitre se posa detrás de ella. A su regreso el fotógrafo  entrega su trabajo a un diario neoyorkino y, al publicarse la imagen de la nena y el buitre, llegan a la redacción miles de cartas preguntando qué había sucedido con la niña, y qué había hecho el fotógrafo en esos momentos. Carter confesó que no había hecho nada al respecto, suponiendo que la pequeña se había levantado por las suyas para llegar hasta el comedor. Meses más tarde, el 12 de abril de 1994, Carter ganó el Premio Pulitzer por esa fotografía, convertida para entonces en el símbolo del hambre en el mundo. No obstante, el 27 de julio de ese mismo año el fotógrafo Carter entró a su camioneta, conectó el caño de escape a una manguera cuyo extremo echaba los vapores dentro de la cabina y se quitó la vida.

A más de 25 años de sancionada la “Convención sobre los Derechos del Niño/a” – firmada por 191 países- la foto de la nena y el buitre sigue siendo, todavía hoy, un infarto en el corazón del mundo.

Salvando enormes distancias, muchos de los que trabajamos en Violencia hemos tenido el dudoso privilegio de percibir  – lo que sigue es testimonial – los indicios de un padre que golpeaba y llegaba a fracturar reiteradamente a su hija de  5 años de edad en un contexto ajeno al del propio desenvolvimiento profesional. Resulta casi imposible permanecer de brazos cruzados ante una sospecha semejante. Pero lo cierto es que, una vez que se reconoce a fondo a un auténtico perverso, se suele desarrollar la extraña capacidad para reconocer a otros ante indicadores mínimos en situaciones que a veces preferiríamos ignorar por el monto de impotencia y dolor que comportan. Se trata, para colmo, de situaciones difíciles de sustanciar judicialmente, sobretodo porque la madre y la misma niña, la reiteradamente golpeada y fracturada –  en ese momento se encontraba afectada ya por una serie de indicadores de daño psíquico seguramente irreparables – y ambas se constituyeron, inicialmente, en las encubridoras de aquel que las atormenta. En casos como estos, cuando se tienen fundadas sospechas de lo que se acaba de describir, ya dijimos también que existe actualmente la posibilidad de elevar ante un Juez una denuncia anónima a través de la Oficina de Violencia Doméstica para que sea él quien libre una evaluación socioambiental de Oficio, por cuanto hay en eso una responsabilidad ineludible y un deber a cumplir.

Acaso el fotógrafo Carter haya ido demasiado lejos, pudiendo pensarse, incluso, que no es improbable que haya sido  testigo de una situación de violencia atroz que inicialmente lo paralizó y luego lo llevó a la muerte.  Su caso nos puede servir como advertencia para intentar actuar en aquello que, de pasar llegar a pasar de largo, puede resultar a veces catastrófico para nosotros mismos, aun cuando frente a estos hechos seguramente lleguemos a pensar – como lo plantea Gabriel Marcel en un de sus obras teatrales– que: “El mundo, eso que llamamos el mundo, el mundo de los hombres…, en otros tiempos debía de tener un corazón. Pero se diría que ese corazón ha dejado de latir.”

VIII – Cuando se infarta el corazón del mundo

Es mucho lo que de nosotros depende para que el accionar perverso se reduzca;  no se trata sólo de quejarnos por la falta de penas más duras desplazando la responsabilidad  sólo sobre los legisladores, los jueces, los miembros  del Servicio Penitenciario o las Fuerzas de Seguridad. Las instituciones, por sí solas, nunca van a venir a resolver descuidos que son nuestros. Por eso hemos hablado de límites, de prudencia, de la posibilidad de denunciar como terceros, de no pactar nunca, de ser más astutos y también más enérgicos con lo que no puede ni debe suceder jamás –  en nombre de la tolerancia no se puede propiciar el absurdo de tener que tolerar lo intolerable – Hemos intentado dar a reconocer los elementos distintivos que permiten reconocer a tiempo ante quienes estamos llamados a redoblar nuestra prudencia, porque la  disminución de los actos que de la  Perversión depende de un conjunto de acciones concretas que nos conciernen a todos. Por ese camino  se produce la “cura” de la Perversión.

            Cuando un chico de 5 años muere por las trompadas de un hombre de 33  nuestra respiración se detiene, el pecho se nos angosta y no sabemos qué hacer. Una vaga presunción nos lleva a pensar que acaso a esa hora la misma sensación está ocurriendo en todos y el que paro global del corazón del mundo es un hecho inminentemente: se ha producido un infarto masivo y ya no podemos esperar nada más. Pero se trata sólo de una impresión.

Hace muy poco se conoció la foto de Ayrán, el nene sirio que fue encontrado ahogado en las costas de Turquía después del naufragio del bote en el que intentaba huir con su familia. “El mundo naufraga”  fue la frase que más circuló.

Ya sé que la realidad nos ha vuelto suspicaces – dijo hace muy poco el Profesor Alfredo Maxit en una página personal- y uno, desde un simple aquí, puede pecar de ingenuo. Sin embargo, creo que es de saludar con alegría y esperanza la noticia de que Alemania y Austria reciben con calidez a los refugiados. Berlín anuncia que acogerá a 800 mil este año y no parece un gesto pequeño. Como decía Antonio Machado, en una circunstancia personal: “late corazón, no todo/ se lo ha tragado la tierra”. O como escribió Miguel Hernández en situación dramática: “Dejadme la esperanza”.

 

Corolario

Shakespeare, el célebre escritor inglés, escribió la pieza de teatro más renombrada de Occidente: “Hamlet”, obra cuyo guión se relaciona con la violencia arrasadora desatada a partir de un crimen intrafamiliar. El título de nuestro primer capítulo – “Algo huele mal en Dinamarca” –  reproduce las cavilaciones del príncipe Hamlet en el momento en el que presume que hay algo encubierto en la muerte de su padre – el Soberano de Dinamarca -.

Al avanzar la obra el protagonista descubre, a través del fantasma de su padre – un padre que aparece cargado de deficiencias, algunas de las cuales conciernen a su misma función en tanto Padre –  que aquello que “huele mal en Dinamarca” tiene fundamento; su padre no ha muerto por causas naturales, por cuanto habría sido asesinado por su Perverso hermano – Claudio,  tío de Hamlet -, quien  lleva a cabo el homicidio movido por la ambición de usurpar el trono, para lo cual propone además un prematuro matrimonio a quien ha sido su cuñada y amante, la Reina Gertrudis, la madre de Hamlet.

El asesinato del Rey se consuma de un modo más que inusual: se le ha instilado un veneno en el “oído” mientras este se encontraba duermiendo a pleno día a la intemperie y sin custodia alguna. Nos permitiremos algunas consideraciones partiendo de esta particular idea shakesperiana de perpetrar homicidios auditivos, volviendo a pensar en lo apropiada que resulta la metáfora olfatoria de Hamlet para extrapolarla con nuestra situación actual,  porque en nuestros días también hay algo que “huele mal” y, ante esto, muchos de nosotros nos sentimos también como Hamlet al comienzo, porque tampoco alcanzamos a establecer una explicación satisfactoria sobre lo que nos pasa, ni logramos reconocer las causas y los modos de paliar la mayoría de los crímenes y atropellos que se perpetran entre nosotros permanentemente .

De acuerdo con la notable capacidad de la perversión para impostar aparencias provocando al mismo tiempo embotamiento y estupefacción – “adormecimientos diurnos” – la obra parece señalarnos que es preciso estar despiertos, asesorados, custodiados y con la Escucha aguzada para no correr la misma suerte que el Rey de Dinamarca.

El Rey debió haberse mantenido despierto, asesorado y con   sus oídos despejados para no morir de ese  modo. De haber procedido así, acaso hubiera sabido “escuchar” reconociendo los indicadores referidos a las intenciones de su hermano, advirtiendo también la infidelidad de su mujer. En tal caso el Rey de Dinamarca no hubiera muerto de ese modo. Pero lo cierto es que Shakespeare sabe lo que escribe, porque si el Soberano hubiese logrado impedir el crímen de su hermano, en tal caso también hubiese sido también tal vez otro tipo de padre; Hamlet hubiese sido en tal caso alguien más desapegado de la madre y la historia decididamente  hubiese sido otra.

A nosotros nos toca hacer también algo distinto para cambiar nuestra historia y alejarnos de la suerte que le correspondió al príncipe  Hamlet y a los suyos.  Para lograr otra historia acaso alcance con mantenernos despejados, reconociendo a quien nos rodea y anhela nuestro derrumbe, procurando en tales casos no quedarnos solos y aguzando al mismo tiempo la “Escucha” para lograr discernir.

Vamos a recordar, de manera más que suscinta, algunas de las diferencias básicas que distinguen al campo epistemológico de la Mirada del campo epistemológico de la Escucha para que se entienda major lo que queremos decir.

En el campo epistemológico de la Mirada el espectador tiene todos los elementos del cuadro que se propone considerar “en presencia”. Esto es: la Mirada parte de la premisa de que todo lo que tiene para reconocer se encuentra ya allí, al alcance de sus ojos. Por contraste, la Escucha epistemológica es la que logra reconocer “discursos”; esto es: tiene en claro que el sentido de lo que se propone reconocer supone la espera del despliegue de una serie de signos que irán apareciendo en el tiempo, debiendo establecer el ligamen entre signos actuales y “visibles” con otros que no están en presencia y que son por lo tanto también invisibles en la actualidad.

De la relación entre signos visibles e invisibles (o entre signos actuales y signos ya pasados) podrá aparecer en tal caso el sentido de esos signos.

En efecto, solo si se considera la relación entre indicios presentes con indícios pretéritos se puede elevar en tal caso a esos indicios al rango de indicadores o incluso de pruebas que resultan de un discernimiento que podrá lamarse exento de ingenuidad.

Frente a la ingenuidad del entorno, y cuando ciertas circunstancias concurrentes también lo permiten, en tales casos pueden abrirse las puertas que hacen lugar a los peores quebrantos que  perpetra la Perversión.

Para la Perversión estructural la ingenuidad constituye a veces una suerte de sustancia adictiva a la no logran sustraerse, lo que da comienzo entonces al desarrollo de la serie sucesiva de maniobras degradantes, de signo siempre creciente, que solo tendrán lugar cuando la ingenuidad del entorno así lo permita. Luego vendrá el enlodamiento de aquellos que se destacan por la estatura de sus ideales,  o bien el ultraje de aquellos que por su misma condición constituyan un bien supremo para los demás ( tal el caso de lo que sucede con los vejámenes que se perpetran sobre niñas y niños ). Estas no son sino algunas de las desgracias posibles que podrán sobrevenir a la falta de atención y de discernimiento que “cure” y ponga coto a la Perversión estructural.

¿Es el príncipe Hamlet “sólo” una víctima de la cadena de tragedias que él desata? ¿Cuánto tienen que ver él y su padre con la catástrofe en la que su madre, su novia, su futuro suegro y su cuñado perecen también con él?

No todo habría sido efecto de la Perversión homicida del tío Claudio.

Detrás de las murallas del castillo de Elsinore, Hamlet aparece como un joven consentido y apegado a la madre que da cuenta de un compromiso vacilante con la vida misma (“To be or not to be: that is the question” Acto Tercero, escena I, verso 62).

        Tibio, tendiente a aplazar sus resoluciones  (“The native hue of resolution is sicklied o’er with the pale cast of thought” // “El color natural de la resolución se enferma con el pálido tinte del pensamiento”, Acto Tercero, escena I, verso  85)  cuando no vacila es justamente a la hora de prodigar un trato cruel a su novia, sin que podamos sostener que por ello el principe pueda ser tenido como un Perverso estructural.

El fantasma de su padre, por su parte, lejos está de ser el de aquel que insta al hijo a salir al mundo para que este sea el que juega y realiza su propia vida;  muy por el contrario, el fantasma del padre de Hamlet es aquel que lo insta a consumar la ejecución de las que no serían sino sus propias venganzas. Y el principe obedece.

De acuerdo con Arnold Hauser[11], crítico experto en historia del arte, las obras de Shakespeare producidas entre 1600 y 1609 –  Otelo; Macbeth y Hamlet – , se agrupan en el período pesimista correspondiente a las grandes tragedias y a las comedias ‘amargas’. Para Hauser, en la historia todo es obra de los individuos, pero los individuos se encuentran temporal y espacialmente en una determinada situación, y sus producciones son el resultado tanto de sus facultades como de sus circunstancias. Desde su pensamiento Shakespeare traduce, durante su período pesimista: “la desesperación con que la edad vio defraudadas las esperanzas cifradas en el hombre y el mundo por él gobernado” [12]. Ese desengaño lo expresa en sus personajes a través de los roles que les asigna en los textos correspondientes a esa etapa.

Si Shakespeare escribió las obras elegidas en momentos de  zozobra social, algo similar le ocurre con Chordelos de Laclos, como testigo de la decadencia que hubo de preceder a la sanguinaria Revolución Francesa. Distintos acontecimientos y distintas fechas invitan a pensar en los efectos de la Perversión individual a escala social.

Por su parte, las notas de Gabriel Marcel en las  que afirma que el corazón del mundo habría dejado de latir pertenecen a una obra teatral escrita y publicada en 1933 [13]. Este autor, filósofo y dramaturgo francés, sostuvo en todo momento  el valor y el respeto ineludible debido a toda persona y a cada persona, y vivió preocupado por el curso de los acontecimientos del mundo en el que le tocó vivir.

Gabriel Marcel fué un firme cuestionador de las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles, pero cuando escribe la obra teatral en la que aparece la frase en la que se refiere al “corazón del mundo que parece haber dejado de latir” es precisamente en el año en que la República de Weimar cae y el huevo de la serpiente se acaba de romper: El día 30 de enero de 1933 Hitler llega a Canciller de Alemania con un ejército privado de 400.000 hombres. Ahí comienza el infarto al corazón de un mundo que, pocos años más tarde, efectivamente habrá dejado de latir.

[1] Pavor frente a la posibilidad de padecer una enfermedad seria, que se hace extensivo a su vez a las comunicaciones procedentes de médicos, auxiliares de la medicina o bien legos proclives al morbo y a las preguntas y comentarios impunes e imprudentes que le plantean al nosofóbico con relación al tema que lo aterra encontrando en eso una forma de goce muy particular.

[2] Juranville, Alain Lacan y la Filosofía”, Nueva Visión, Buenos Aires 1992.

[3] Citado por Feinman, José Pablo. La Filosofía y el barro de la Historia”

[4] RevistaActualidad Psicológica”, número de la revista correspondiente al mes de agosto de 2010. En el artículo de su autoría titulado ¿Existen hoy las Perversiones?

[5] Cfr. Caso Eichmann (1962)  sobretodo en la descripción y apreciaciones de la filósofa Arendt, Ana “La banalidad del mal”

[6] La escisión del yo en el proceso defensivo” Sigmund Freud, Obras Completas,  Amorrortu Editores, Argentina, Tomo XXIII, pag. 275.

[7] Lacan, J. “Kant con Sade”, Escritos II Siglo XXI, Bs. As. 1975.

 

[8] Padre y madre son portadores de una sociedad y de una cultura; y cuando el niño está sorbiendo leche está absorbiendo también un complejo tráfico simbólico”- sostiene Luis Horstein (  ). Cuando Lacan trabaja estos aspectos apela a la noción de “Otro”, escrito con mayúsculas, para referirse a la inscripción inconsciente de ese tráfico simbólico.

[9] Maldavsky, David. “Pesadillas en Vigilia” Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1994.

[10] Lacan, “Kant con Sade” op.cit.

[11] Hauser, A. The Social History of Art. Vol. 2. London: Routledge, 1999

[12]  Ibidem, p.53

[13] “Le Monde Cassé”, Desclée de Brower, París, 1933.

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