Introducción: “Algo huele mal en Dinamarca”

Introducción: “Algo huele mal en Dinamarca”

Shakespeare, el célebre escritor inglés, escribió una de las piezas de teatro más renombradas de Occidente: “Hamlet”, obra cuyo guión se relaciona con la violencia arrasadora desatada a partir de un crimen intrafamiliar. El título de esta introducción reproduce las cavilaciones del protagonista, el príncipe Hamlet, cuando intuye que hay algo oculto en la súbita muerte que ha sufrido su padre – el rey de Dinamarca -. Al avanzar la obra, Hamlet descubre la razón de aquello que “olía mal”. Su padre no ha muerto por causas naturales : ha sido asesinado por el perverso Claudio – hermano del Soberano y tío de Hamlet – quien consuma el homicidio movido por la ambición de usurparle el trono, para lo cual también habrá de proponer también un prematuro matrimonio a quien ha sido su cuñada durante años – la Reina Gertrudis; madre de Hamlet -.

El asesinato del Rey se consuma de un modo más que inusual: se le instila un veneno en el “oído” mientras este duerme. Reservamos para el final de estas líneas las consideraciones relativas a esta particular idea shakesperiana de perpetrar asesinatos por vía auditiva. Inicialmente vamos a extrapolar la metáfora olfatoria del príncipe Hamlet a nuestra situación social, porque en nuestros días también hay algo que “huele muy mal”. Ante esto,  mayoritariamente tampoco alcanzamos a comprender la naturaleza de muchos de los crímenes que se perpetran a nuestro alrededor. Lo que proponemos al respecto, es que el carácter maloliente de algunas de nuestras tragedias comunes depende de la dispersión de un ingrediente pútrido y vaporoso dotado de propiedades “estupefacientes”  – : etimológicamente: “hacer a uno estúpido” – cuya molécula elemental se encuentra en forma pura en la perversión individual.

Al respecto se impone aclarar que esta fetidez no se reconoce de manera excluyente en la atmósfera de las altas o las bajas esferas sociales; tampoco en la de la política, la farándula o en la de las sociedades secretas. En realidad, la polución perversa se encuentra  en todos y en cada uno de nuestros ambientes, como pandemia flotante que cuenta con una alta capacidad de propagación, en coincidencia con que la “propaganda” es una de las plazas fuertes de la perversión individual. [1][2]

Traducida en un modo de ser con otros que se materializa en la cualidad de ciertos  actos,  entre las brumas de la perversión se opacan fenómenos sobre los cuales es preciso demorar nuestra atención. Tal el caso de la exhibición descarada de quienes juegan con negras y blancas en alarde de impunidad, y en exhibición de la estafa que logran infligir al resto; o el de los “slogans” denigratorios que circulan y se repiten alegremente como si no ofendieran a nadie; o el de los sujetos de conducta sinuosa entronizados en el primer plano de la escena social, manipulando y degradando a sus semejantes sin sucitar respuestas por parte del consenso.

Nuestro estado de letargo común deviene de un avance de la perversión favorecido por la escasez de esfuerzos invertidos en reconocer la naturaleza, los efectos y las consecuencias  de ese elemento fétido, que lo suponemos inocuo por estar respirándolo a diario. De acuerdo con esta merma crepuscular del discernimiento colectivo se reduce la competencia social para cohibir gravísimas situaciones delictivas – Vg.: trata de personas,  pornografía infantil, o la diversidad de las formas que asume la violencia doméstica -. Así mismo, también decrece la aptitud para presentar oposición ante prácticas que claman por una reflexión ética – Vg.: experimentos genéticos humanos – “partenogénesis” [3] – o el ofrecimiento de “bebés a la carta” [4] : fertilizados a partir de óvulos y espermatozoides de donantes anónimos que son clasificados de acuerdo al color de piel, de ojos o de cabello, a efectos de facturar fertilizaciones estéticas. El dispendio de recursos que insumen todas estas prácticas, descuida temas tan apremiantes como los que se relacionan con la mortalidad infantil por hambre.

Estas son las coordenadas sociales en las que nos encontramos. Acuciados por las rapiñas perversas, y embotados por las exhalaciones que ella misma propala.

La sostenida desatención a considerar acontecimientos de una complejidad  que preferiríamos ignorar nos ha llevado a este estado de simplismo fundado en estándares de comodidad. Desde este estado de situación, apremia la consideración actual de acontecimientos complejos, frente a los cuales se hace imperioso conocer lo que distingue a la perversión individual,  atentos a que cualquier forma de ignorancia o inacción frente a la misma nos ponen a su merced.

No se necesitan demasiados perversos individuales para que se llegue a un estado de perversión social. El estar estructurado en una perversión individual es cosa de pocos. Lo que  hace falta para que se constituya una perversión social, es una mayoría embotada, perezosa y frívola, compuesta por seres que, sin ser perversos individualmente, avalan el desperdicio y la futilidad de las guerras, toleran la inequidad, desconocen el peso de la injusticia que recae sobre los más débiles, rebajan el valor de la palabra y atropellan los derechos de las minorías.

El discernimiento crítico de la responsabilidad que nos asiste frente a este estado de cosas es el que puede propiciar el recorrido de un camino nuevo,  al amparo de  una atmósfera social mucho menos enrarecida. En efecto, si algo de lo que nos aqueja puede llegar a cambiar, si logramos no eternizar la prosecución pertinaz de las desgracias que nos aquejan, eso dependerá de nuestra capacidad para reconocer en qué medida colaboramos con aquello que padecemos. En este sentido, el aire enrarecido de nuestra Dinamarca común seguirá oliendo muy mal, mientras persistan quienes se encuentran en una situación desesperante ante un consenso que los desconoce.         

[1]  Se considera “propaganda” al conjunto de técnicas utilizadas para cambiar ideas, costumbres o formas de considerar la realidad a efectos  de alcanzar o potenciar el ejercicio de alguna forma de superioridad o poder.  Cfr: Habermas, J. “Historia y crítica de la opinión pública”, Gustavo Gili, 1982. En este sentido, el consumidor de estupefacientes de rasgos perversos llamará “careta” a quien no consuma; en la misma línea, quien se posiciona perversamente ante la sexualidad refrendará la propia orientación como la única genuina teniendo a los demás por cobardes que no se atreven a arrostrar lo que en realidad desean.

[2]  El concepto anterior a veces se funde y se confunde con el de “publicidad”. Esta última se orienta a fines comerciales  para lo cual se sirve de estereotipos – valores y costumbres ampliamente establecidas – a los que a su modo consolida. Cfr: Riesman, D.  “La muchedumbre solitaria”  Paidós Ibérica, Barcelona, 1981.

[3]  “En noviembre de 1985 en Australia, una célula germinal femenina – un óvulo -, a doce horas de estar en observación – después de ser sometida a medios térmicos, físicos y químicos – se dividió en dos como si hubiese sido fertilizado, alcanzando después la apariencia de un embrión de dos células, aunque ningún espermatozoide había participado en el proceso”.  Videla, Mirta “Los Derechos Humanos y la Bioética”, Editorial Ad-Hoc, Bs. As. 1999, pag. 161.

[4] Más que pertinentes resultan las aportaciones de la psicoanalista Marie-Madeleine Chatel en relación a estas manipulaciones. A partir de su experiencia de varias décadas en las que estuvo avocada al soporte emocional de parejas gestantes en un servicio de obstetricia francés, la autora desarrolla un libro en el que se sirve de datos concretos para hacer un llamado de atención en cuanto a los efectos de las técnicas masivas sobre la subjetividad. “El malestar en la procreación”. Nueva Visión, Bs As. 1996.

 

 

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