La Perversión desde la Psicopatología

La Perversión desde la Psicopatología

      El proceso de identificación que trata de encontrar  en un individuo los caracteres genéricos que permiten asimilarlos a otros, conlleva las amenazas de todo pensamiento “objetivante” en su falta de miramientos para con la singularidad. Cuando el objeto de una ciencia es un sujeto, se impone tener en cuenta la dimensión singular de quien porta los rasgos de una entidad genérica.

Así se “tiene”, se “padece”  o se es “portador” de: una tuberculosis, una cirrosis o un golpe de calor”, y en otro caso alguien presenta “un modo de proceder que se corresponde con”: un cuadro de autismo o una perversión. Ahora bien : la cirrosis, la perversión o la tuberculosis, en tanto realidades  genéricas, constituyen “predicados” del ser que no deben confundirse con el “ser” mismo, ya que nadie es  absolutamente cirrótico, perverso o tuberculoso.

Las realidades genéricas configuran la dimensión del qué (en referencia a eso “que” alguien tiene , “padece” o “expresa a  través de su conducta”), al tiempo que los elementos singulares, desde su condición “única” configuran la dimensión del “quién.

En el orden de la singularidad, esfera del quién”, residen las fuerzas que permiten los cambios, en contraste con el carácter intrínsecamente homogéneo,  arraigado y siempre idéntico a sí mismo que distingue a los elementos que integran la esfera del qué”, instancia que nunca podría cambiar de no existir “quien” se sobreponga a ella.

La dimensión genérica, entonces, – esfera del “que” – está integrada por elementos constantes, al tiempo que la dimensión singular – esfera del “quien”– es dinámica y en esta dimensión nadie es igual a nadie y nada ocurre dos veces. De allí que la pregunta por el qué se conteste a través del nombre de una entidad genérica – una abstracción: tuberculosis  -, mientras la pregunta por el quién sólo puede responderse a través de un nombre propio. Hechas estas salvedades, pasamos entonces a definir la “realidad genérica” que la semiología psicopatológica ha reconocido clásicamente  como “perversión”.

El término “per-versión” alude al hecho de dar “otra versión”; esto es: declamar una serie de “valores” – [1] – y realizar, al mismo tiempo, todo lo contrario a ellos. Esa duplicidad de acciones y versiones se sostiene a partir de una doble faz, propia de quien no sólo quiebra leyes, si no de quien además procura que sean otros quienes las quiebren.

Cuando se trata de conducir a otros a incurrir en ese tipo de quebrantos, no sólo se trata de inducirlos a violar normas del derecho,  sino al infringir “legalidades” de índole  personal; estas son: aquellas que organizan el acceso a lo que cada cual tiene para sí como su horizonte de aspiraciones más caras. Cuando nos referimos a los modos específicos en los que se expresa  la estructuración perversa de la subjetividad, no estamos aludiendo a los menoscabos e imperfecciones – constantes e ineludibles – de nuestra condición común, sino a las  manifestaciones de una estructura subjetiva que se define por  la sofisticación, el empeño y la regularidad con la que perpetra sus operaciones.

El concepto de perversión no se agota entonces en la expresión de una contradicción cualquiera, o en la comisión de un acto clandestino más, porque lo que la perversión procura es la provocación de estados de embotamiento y desorientación a través de golpes reiterados a la dignidad de cada quien,   como antesala de ingreso a las que serán sus operaciones más devastadoras.

El aspecto primordial a considerar en los individuos perversos se relaciona, entonces, con los ataques a la capacidad de discernimiento crítico de los demás, siendo esta una prerrogativa necesaria para llegar a disponer de sus semejantes a su antojo. A su hora, los embotados por los embustes perversos podrán llegar a enunciar como propios los argumentos de sus detractores, o incluso a imitar, con poco talento, sus mismos modos de proceder. La meta última de la perversión será en todos los casos  la misma: provocar la pérdida del respeto más elemental que toda persona se debe a sí misma, después de haber ido transformándola, progresivamente, en un desecho que sólo se termina aprehendiendo a sí misma como tal para quedar, a esa hora, a merced de quien ha logrado su derrumbe. Ahora bien, más allá de lo consignado en cuanto en cuanto a las argucias de la perversión, no puedan dejar de reconocerse los grados de responsabilidad compartida que pueden existir entre quienes están estructurados perversamente y quienes ceden a sus influjos.

Diestros para  captar lo que sus semejantes requieren  ante situaciones críticas, quienes están estructurados perversamente pueden mostrarse serviciales, audaces y resolutivos  ante los apremios más diversos que puedan presentar aquellos a quienes intentan seducir. Esto suele granjearles deudas de gratitud, cuando no un lugar imprescindible en el imaginario de quienes se inquietan ante la eventualidad de verse ante una nueva situación apremiante sin contar, para entonces, con el auxilio de su “salvador”. Este camino puede llevar a personas estructuradas perversamente a ocupar lugares de privilegio entre personas encumbradas, o a la conquista de  sitios jerárquicos que, de  acuerdo a sus méritos reales, puede resultar incomprensible para terceros.

Es cierto que, los quebrantos inherentes a nuestra condición común, también nos exponen a la posibilidad de incurrir en actos que pueden calificarse como perversos, ante  las cuales  también nos ocupamos de dar “otra versión”, de acuerdo con el pudor que despierta la conciencia íntima de nuestras propias flaquezas. No obstante, cuando se trata de una perversión estructural, no estamos ante el otorgamiento de “otra versión” por pudor, sino ante el despliegue de una maniobra más, que procede de una subjetividad  que  reniega de toda forma de límite, diferencia o ley, lo que la hace incapaz de comprometerse, diferenciarse o limitarse a través de una versión, porque desde esta posición cualquier tipo de límite, por su misma naturaleza, está llamado a transgredirse e incluso a desafiarse. En lo que acaso pueda depender de un sub registro estadístico que habría prevalecido hasta hoy, en relación al “desafío perverso” no puede descartarse que a la fecha, cuando hay una mayor concientización, divulgación, censura, denuncia y condena social hacia la violencia de género, se asista a la paradoja de que los homicidios de mujeres se hayan incrementado un 20 % en el curso del último año, habiendo aumentado incluso la cualidad de perpetración de femicidios a través de las formas más crueles: vg: mujeres quemadas. Acaso este fenómeno nos encontraría con ese hombre violento, estructurado subjetivamente en la perversión, en cuya faz desafiante se diría a si mismo más o menos lo que sigue “:_ ¿Ahora me denuncia porque la trompeo?   ¿No puedo descargarme como lo hacía hasta hoy y seguir impune? Entonces “voy por más”. Si me hacen contener … mirá lo que le hago. ¿ Me  denuncia porque la golpeo ? Mirá lo que pasa…

 

En referencia a los límites que la perversión transgrede, seguramente se comprende sin dificultad la vecindad de significado que existe entre los “límites” y las “leyes”; lo que acaso cueste comprender, es el parentesco semántico entre los “límites” y las “diferencias”. Recurriremos a tal fin un ejemplo referido a esta vecindad entre los límites y las diferencias. Ciertamente, no sólo los perversos tienen dificultades como las que consignaremos, pero el recurso al ejemplo nos permitirá acercarnos a los motivos de elección de los blancos de la perversión. Luego : Si el perverso Sr. “A” tiene puesto un saco verde, mientras el Sr. “B” tiene uno amarillo, el súbito propósito del Sr. “A” por destruir el saco amarillo de “B” no estará fundado en que al Sr. “A” le guste ese color. Lo que podrá ocurrirle a “A” frente al saco  de “B”, es que al observarlo constatará que hay “algo” que a él le falta – para el caso, el estar provisto de un saco amarillo -, y así sea que aborrezca ese color, no será por la absurda pretensión de llevar puestos dos sacos que el perverso Sr. “A” procurará la destrucción del saco de “B”, sino por lo intolerable que le resulta que “B” le muestre algo que a él le falta.

Más allá de lo insignificantes que puedan resultar los motivos de este ejemplo, las razones por las que la perversión selecciona a sus blancos bien pueden asimilarse a las consignadas,  más allá de que no sean “sacos” los que se procuraren destruir.  Así, la persona que se distinga o diferencie por sus virtudes estará mucho más expuesta que la media como blanco de la perversión

A la hora de perpetrar andanzas, estableciendo distingos entre cómplices y blancos a atacar, en el perverso se ponen de manifiesto los contrastes más sorprendentes de su personalidad, en la que cohabitan una profunda miopía para la introspección, con una  capacidad telescópica para captar los ideales de sus semejantes. De este modo, quien sostiene la estructura de su subjetividad en la perversión no tardará en reconocer el ideal de valentía que alienta a su semejante fóbico, presentándose ante él como alguien dotado de gran coraje y audacia, todo a efectos de captar la admiración de aquel  a quien sus temores inconscientes le han hecho presumir, erradamente, que debe procurar la conquista de una capacidad de riesgo de la que carece. A partir de la percepción telescópica de ese ideal, el perverso encontrará el momento de confiarle al fóbico lo preocupado que se encuentra por el estado traumatológico en el que ha de haber quedado alguno de los tres sujetos a quienes ha debido enfrentar a golpes de puño en la víspera, por haberlos sorprendido en un sitio descampado justo en el momento en que estaban por perpetrar la violación de una mujer. A través de  la comunicación de confidencias esporádicas de esta índole, el fóbico irá abrigando una admiración creciente por ese individuo perverso que se presenta ante él como la encarnación  viva de lo que sus propios ideales le marcan como meta.

En otro caso, el perverso descubrirá sin dificultad el íntimo anhelo de la joven sujeta a una estructuración histérica, en su afán por llegar a sentirse amada por parte de aquel que respete su sexualidad disociada. A esta mujer, el perverso le comprará un ramo de violetas sólo después de la vigésima salida, con lo cual irá cumpliendo con su primer paso de seducción, ocupando el lugar del enamorado idílico.

En un tercer caso, el perverso se ofrecerá como el  partenaire extremadamente escrupuloso frente al varón obsesivo que, por su parte, se desvive cuidando todo aquello que se relacione con su buen nombre, esmerándose además en la pulcritud y transparencia de cuanto emprende.

Los tres ejemplos consignados, hacen referencia a la primera parte de un acto orientado a la ocupación del lugar del “ideal” de aquellos a quienes el perverso ha elegido  como blancos, por haberles mostrado aquello que a él le falta – la consagración a ideales; un “saco” de muy difícil acceso para él -. Así, quien había semblanteado ser valiente ante el fóbico, a su hora procurará la forma de llevar a este admirador al terror, a efectos de que el sujetado a la estructuración fóbica se quiebre en ese “coraje”  que tiene para sí como extremadamente valioso. Animado por idénticos móviles, el platónico comprador de violetas subyugará a la joven histérica para hacerla sentir, a su hora, como una mujer lúbrica e inescrupulosa, y quien se presentó ataviado en una honestidad inmaculada también consumará su propósito de llevar al obsesivo a una situación bochornosa.

Con cualquier pretexto, el perverso le pedirá al fóbico que lo acompañe a un sitio alejado de la ciudad mientras él maneja un automóvil. En cierto momento, en la mitad de una noche cerrada, atravesarán una desolada autopista y el perverso le comentará al fóbico que la ruta que  transitan linda con asentamientos de viviendas en las que se domicilian individuos conocidos por su propensión al robo y el homicidio de quienes se ven obligados a detener su vehículo en los costados  de ese camino. Minutos más tarde, súbitamente el automóvil del perverso empezará a mostrar un desperfecto que impondrá la detención del vehículo. Se habrán quedado sin combustible. Sin más comentarios, con el auto detenido a un costado de la carretera, el perverso saldrá con premura provisto de un bidón vacío, refiriendo al fóbico que se aleja en procura del combustible que se requiere para retomar la marcha y a paso firme se perderá en la noche. El fóbico quedará a solas, con el automóvil quieto, con las balizas prendidas; “por error”, su perverso acompañante se ha llevado consigo el teléfono celular de ambos. Antes de partir, el perverso le habrá comunicado a su compañero que, por desgracia, las cerraduras del automóvil no funcionan, pero que no obstante confía en su valentía para arrostrar lo que se presente. No importa considerar cuanto se demorará en regresar el portador del bidón, con lo consignado culmina el acto por el cual ha conseguido aterrar a aquel que se avergüenza muy especialmente ante el miedo.

Por un camino equivalente, la joven histérica consumará finalmente un encuentro íntimo con el tímido comprador de violetas. A esa hora la pudorosa mujer presume haber llegado a la cima de su enamoramiento. Ha llegado el momento  de consumar el acto que el perverso ha venido preparando desde un principio. El comprador de violetas habrá de comunicarle entonces que su amor por ella ha entrado en una tierra de sombras, por cuanto la habría encontrado demasiado desenfrenada en la esfera de la intimidad que acaban de consumar. Llegados al tercer caso, alcanzada la confianza ciega del Sr. Obsesivo, el perverso encontrará el modo de pedirle que le firme unos papeles por los que lo nombra presidente de una empresa que le pertenece; pero que ahora decide cederle por cuanto acaban de comunicarle que se encuentra muy enfermo y quiere confiar al Sr. Obsesivo la titularidad de su único bien, a efectos de que este pueda hacérselo llegar a su anciana madre cuando el  deje  este mundo en breve término. Conmovido por la confianza y el altruismo que simula el perverso, el Sr. Obsesivo firmará todo cuanto se le pide, resultando que lo que acaba de rubricar son libros que lo sindican como el responsable de un establecimiento ilícito que habrá de ocupar la primera plana de los principales medios con el Sr. Obsesivo al frente.

La aclaración entre los límites y las diferencias nos ha permitido considerar el despliegue de una de las operaciones típicas de la perversión. Tramando quebrantos como los consignados pasa su vida un perverso. Castigando a quienes sin querer muestran aquello que a él le “falta”,  y contrariándolo en el supuesto de que “a él nada le falta”.

Las “leyes” que la perversión quebranta son las que organizan el ordenamiento subjetivo de los demás. Toda ley es un modo de preceptuar un orden de pautas que regulan la relación con el mundo. El orden de los ideales subjetivos es el que otorga sentido, futuro  y proyecto a la existencia de cada quien. Sin futuro el presente no existe; sin proyecto la vida se atasca, se coagula, se empantana y se estanca, y a partir de allí se muere, porque todo lo que se estanca se corrompe y termina por desaparecer.

La película que se estrenó bajo el nombre de “Relaciones Peligrosas” (1988) resultó la mejor adaptación cinematográfica del libro  “Les Liaisons Dangereus”, obra maestra de la literatura francesa escrita hacia el fin de una era – en 1782  – por Pierre Chordelos de Laclos (1741 – 1803). “Las Relaciones Peligrosas” fue una  novela epistolar que despertó en su momento tanto la admiración literaria como el repudio de una aristocracia cortesana que se sintió desenmascarada por ella. La novela desnuda las precisiones  de un pacto de dos aristócratas perversos, que se mueven con todo sigilo después de haber establecido entre ambos un particular desafío.

La Marquesa de Merteuil (Glen Close) reta al Vizconde de Valmont (John Malcovich), a que logre seducir a la más virtuosa de las mujeres conocida por la sociedad en la que se desenvuelven: la Sra. de Tourvel (Michelle Pfiffer). La Sra. de Tourvel califica como blanco de los dardos perversos tanto por el cultivo de los valores a los que se consagra, como por el desdén que manifiesta hacia la liviandad y los desenfrenos de una aristocracia decadente. Valmont es un hombre que hace alarde de su condición libertina, gozando en su medio de una cierta reputación fundada, justamente,  en su capacidad para seducir y luego hacer que se pierdan, al descubrirse deshonradas, las mujeres a las que logra embaucar. Hacia el desenlace de la obra de Chordelos de Laclos, Madame Tourvel muere finalmente al descubrir el atroz engaño del que ha sido objeto.

En su libro “Estructuras y Perversiones”, el psicoanalista francés Joël Dor consigna una situación testimonial en la que da cuenta de aquello a lo que puede llegar un ser humano estructurado en la perversión: “…… mencionaré el acontecimiento desagradable sobrevenido a un psicoanalista extranjero víctima de una maquiavélica intriga perversa – este testimonio me fue referido en el más estricto anonimato en el cuadro de un grupo de trabajo que yo dirigía en el extranjero sobre perversiones.– : Este analista recibe un día para consulta a un hombre de unos cuarenta años que se presenta, muy rápidamente, como un formidable perverso. La cura comienza de una manera difícil y escabrosa y, varias veces por semana, el analista se vuelve así el testigo privado de las mil y una bajezas de su paciente. Este lleva, en efecto, una existencia totalmente disoluta y sometida a las excentricidades perversas más inquietantes y escandalosas. Al cabo de algún tiempo de tratamiento, el analista, que era un hombre de cierta edad y de una experiencia innegable, termina por retener elementos repetitivos intrigantes. Como los perversos son habitualmente muy sensibles al arte de la manipulación, seguro como estaba de excitar vivamente la curiosidad de su analista, el paciente se enfrasca, en el transcurso de las sesiones, en un relato cada vez más detallado de su existencia. Especialmente, durante muchos meses, toma en cuenta secuencias de su vida pasada y actual que no se agotan en actividades ilegales, mentiras, escándalos, donde los protagonistas se suceden en situaciones, todas, unas más inconfesables que otras. En lo esencial, se trata de una existencia absolutamente frenética de libertinajes delictivos donde el folklore sexual parece no tener ningún límite. El analista se vuelve así el testigo auditivo de las transgresiones más impresionantes cumplidas sobre un fondo de robos, estafas, tráficos, violaciones, que constituyen a veces la primera plana de los diarios. Es evidente que con esta complicidad obligatoriamente secreta se inicia, para este paciente, un espacio prodigioso de goce en el lugar mismo de su cura; estando este goce tanto más asegurado cuanto que se encuentra

garantizado por el silencio del analista. Varios “acting out” llegan aún a convertir al analista jurídicamente en cómplice de situaciones tan ilegales como inextricables. El tratamiento prosiguió a pesar de todo por la firmeza olímpica del analista continuamente puesto a prueba en el modo del desafío. Precisamente porque se quedaba inamovible en su lugar de analista, este paciente jugará sus “últimas cartas” como puede decirse que quemará sus últimos cartuchos. Ahora bien, a menudo se verifica que, en las estrategias perversas, los últimos cartuchos son justamente los cartuchos decisivos en el sentido de que no fracasan nunca en su objetivo. Y esto, en la medida misma en que lo esencial de la maniobra perversa consiste en ajustar el blanco tan largo tiempo como sea necesario para dar en él en el momento oportuno. Inesperadamente, el curso del análisis toma un viraje nuevo. El paciente se vuelve cada vez más prolijo en cuanto al relato de sus amores perversos. Una descripción minuciosa de las escenas sexuales invade el curso de las entrevistas, hasta el límite de lo insoportable. En estas escenas vuelven a menudo  los mismos protagonistas que se entregan a excesos acrobáticos apenas concebibles y por lo menos muy peligrosos. Es como si fuese necesario permanentemente desafiar ese límite irreversible que se llama la muerte. El analista termina por identificar en su paciente un malestar creciente y sobretodo la amenaza de un peligro inminente si nada viene a introducir una pausa en este desborde de goce.

           Este momento de transporte del goce, que interviene un poco como una súplica dirigida por el paciente al analista, es un proceso frecuente en la cura de los perversos, que hay que captar como el signo precursor de un momento de ruptura. En el mejor de los casos, el paciente interrumpe abruptamente el tratamiento. Sucede sin embargo que la ruptura se consuma en razón de un pasaje al acto trágico del paciente. En esta cura, todo parece haber pasado como si el analista se hubiera sentido cada vez más vivamente interpelado por el torrente de los insoportables relatos que le hacía regularmente su paciente. Invadido por una inquietud creciente, el analista se deslizará insensiblemente del lugar que había sabido hasta entonces mantener, volviéndose poco a poco directivo. Deslizamiento fatal si los hay, puesto que estaba allí la señal tan esperada por su paciente para descargar sus últimos propósitos brutales en la empresa perversa. El paciente se muestra progresivamente bajo una luz completamente espantosa a los ojos del analista, a medida que libera sutilmente la identidad auténtica de sus protagonistas. Poco a poco se desenmascara así una cohorte de personajes entre los cuales se cuentan ciertas personalidades eminentes de los medios intelectuales locales. No menos de un año y medio de tratamiento fue necesario para que ese paciente cumpliera estratégicamente su perniciosa misión y desapareciera inmediatamente después. Qué le importa al perverso el precio a pagar, desde que el desafío y la transgresión son sostenidos hasta sus más funestos extremos. Al presumir que su analista está “maduro” para ser arruinado por una última revelación, da a conocer la identidad de una de sus compañeras sexuales más depravadas y más lúbricas: no era otra que una de las hijas del analista”.[2]

Lo que muestra tanto la obra literaria de Chordelos de Laclos como el testimonio indirecto de  Joël Dor, son las metas más caras de la perversión. Quien sea sindicado como blanco de sus dardos será, justamente, quien se consagre al cultivo de ideales más altos, ya que nada rompe tan en trizas el espejo de la perversión como estas aspiraciones.

Movidos por la fría pasión de perpetrar la degradación de quienes muestran “diferencias” , los actos de la perversión se consuman después de un largo período de preparación que procura alcanzar el embotamiento como paso estratégico, porque sólo a  una persona embotada se la puede conducir hasta el punto aquel en el que su caída habrá de resultar más estentórea.  Tal como afirma Lacan: “Una obra que quiere ser malvada no puede permitirse ser una mala obra” [3]

[1] “no se habla de valor más que allí donde se asiste a una previa devaluación; quiero decir que el término “valor” posee, en el fondo, una función compensatoria y que se utiliza donde una realidad sustantiva se ha perdido verdaderamente…… Personalmente, desde mi parecer la mención a los “valores” constituye una tentativa por recuperar en las palabras lo que realmente se ha perdido en los espíritus” – Marcel, G “Los Hombres contra lo humano”, Editorial Caparrós, Madrid, 2001, pag. 14

[2] “Estructuras y Perversiones”, Joël Dor, Gedisa, Bs. As.,1988; pag. 132.

[3] “Kant con Sade” , Escritos II pag. 766

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