La Perversión como categoría psicoanalítica

La Perversión como categoría psicoanalítica

       Al decir de Freud en 1938, habría seres humanos que se fragmentan en una duplicidad de acciones y de versiones: “a expensas  de una desgarradura creciente en el yo, que nunca se cerrará y que crecerá con el tiempo”. Conviene aclarar que el artículo en el que Freud inicia el planteo de estas nociones medulares habría quedado inconcluso, está fechado en el año anterior a su muerte y habría sido de publicación póstuma.[1]. A partir de esta apreciación germinal del padre del psicoanálisis, habría sido más tarde Jacques Lacan quien hubo de aportar los fundamentos para que la perversión alcanzara su carta de ciudadanía junto a las otras dos categorías psicopatológicas consagradas: Las Neurosis y Las Psicosis. Lacan, entonces, otorgó a La Perversión las distinciones y especificidades que permitieron fundamentar su lugar como tercera categoría clínica [2] , lo que comportó el haber ahondado en los modos específicos de complexión, y en las cualidades del Otro  con el que la estructura perversa se  relaciona. (*)

 La “transgresión”, el “desafío” y la “desmentida” –: expresión, esta última, alusiva al otorgamiento sistemático de  “otra versión”, comenzaron a reconocerse, a partir de entonces, como términos estables de una estructura típica: La Perversión. La  llamada “Psicopatía” pasó a ser, en muchos casos, una expresión psicopatológica indiscernible de la Perversión. No obstante, en orden a este antecedente, algunos autores optaron por designar a estas personas como sujetos “perverso – psicopáticos”. 

Valdría recordar que, para la teoría psicoanalítica, la noción de “sujeto” alude a aquello a lo que alguien está: “Sujetado, asido, y puesto por debajo de un orden que lo trasciende,  al que  no creó ni eligió”[3]

La estructura subjetiva de la psicosis posiciona a su titular en la  convicción irreductible de ser el andrajo del mundo, viviéndose como alguien carente de cualquier distinción, dignidad o pertenencia. La persona psicótica se  regirá, entonces, de acuerdo a lo que su delirio o alucinaciones le indiquen qué hacer. Incluso en la “magalomanía”  –  delirio de grandeza – también se asiste al encuentro con alguien  a quien nada le pertenece, por cuanto la convicción de estar llamado a un destino glorioso no es sino una orden que procede de un delirio y que debe cumplir inexorablemente. Así, frente a estos sujetos, las preguntas que plantearan por ejemplo: “¿Qué es lo que Ud. quiere?”; o bien: “¿Qué desea que hagamos por Ud.?” , en el caso de las psicosis resultan íntimamente incomprensibles, por estar planteadas  a quien no tiene autonomía de sí, debiendo ser otros seres humanos quienes cuiden – ejerzan la “curatela” – de aquellos que están “atados” a esta estructura subjetiva. En términos psicoanalíticos, la Psicosis es aquella estructura de la subjetividad que habría quedado identificada – fijada – en el lugar de aquella “cosa” que habría llegado a la vida exclusivamente para completar a Otro.

Neurótico, en cambio, es aquel que se inquieta y vacila por no animarse a tomar el camino de lo que realmente “desea”, pudiendo llegar a forjar, en caso de animarse a ello, una existencia que podrá llegar a vivenciar como cabalmente propia, arrostrando los costos que tal decisión comporta. Advertido respecto a que las decisiones imponen renuncias, el neurótico temerá justamente por aquellas renuncias que balizarían su propio recorrido, dispendiando enormes esfuerzos por alcanzar el aprecio de los demás a expensas de no cumplir consigo mismo.

En contraste con los miembros de los otros géneros psicopatológicos, el sujeto neurótico es quien habría sido destituido suficiente del trono de la completud, por lo tampoco se siente llamado a constituirse en “eso” que sólo serviría para completar a alguien. Más allá de todo lo que el neurótico “debe”  a  quienes se han ocupado de hacerle saber que no está llamado a la alienación, quién está sujeto a esta estructuración  puede experimentar cierta forma de nostalgia por no ser quien viene a sellar alguna forma de completud. En realidad, es gracias a que nunca habría existido tal completud, que algunas personas tendrán la capacidad de construir “una parte” de la realidad a la experimentarán, con toda justicia, como “propia”.

Hasta aquí las distinciones referidas a dos modos muy distintos de estructurar la subjetividad, signado el primero por la falta más absoluta de la noción de sí,  y  el segundo por la inquietud planteada ante la paradoja de no llegar a ser apreciado en el caso de ser quien es. En las dos estructuraciones consignadas, lo social está implicado a través de ese Otro al que ha hecho mención, siendo muy distinta la modalidad en la que participa este Otro en la estructura perversa de la subjetividad.

A diferencia de lo que distingue a las subjetividades bocetadas, la Perversión, masculina o femenina, se organiza a partir de la identificación con una “madre completa” – : en alusión a un “Otro” que todo lo “tiene”, a quien nada “le falta” – resultando siempre insultante, para quienes están sujetos a esta estructuración, cualquier dato que demuestre que hay algo que les falta.

El individuo perverso es, entonces, quien debe saber siempre lo que tiene que hacer y cómo hacerlo, cumpliendo con todo el despliegue de apariencias que cada circunstancia requiera. Esto se llevará a cabo, además, sin costos de inquietud aparentes por lo que tales imposturas puedan comportar, en tanto traiciones a sí mismo, por cuanto tales imposturas son las que permiten el mejor despliegue de las andanzas de alguien que cuenta con una inscripción inconciente muy débil de un “padre simbólico” que podría llamarlo a sosiego poniéndole límites.

A través de la noción de “padre simbólico”, el psicoanálisis alude a la inscripción inconsciente de una función, que después de la infancia opera aún en “ausencia” de quien la sostenga, estableciendo los límites que circunscriben la esfera de lo que podrá vivirse como cabalmente propio, o  balizando los caminos personales desde los “límites” que se requieren para trazarlos. [4].  

      En tanto función, la inscripción del padre simbólico no correrá por cuenta exclusiva del padre empírico – en cuyo caso todos los hijos de madres viudas serían individuos perversos – por cuanto es a partir de la identificación con todos aquellos que hayan contribuido  a  inscribir esa función que: “En el Nombre del Padre” – concepto que se inspira en la figura religiosa de un “Padre” que no es hombre ni mujer [5]– no todo puede hacerse.

Diestra  para despertar la admiración de otros, el individuo perverso no sabe cabalmente quién es,  no sabe qué siente, no se sabe a qué aspira, experimentando una frágil noción de si, por el hecho de vivir impostando los roles más diversos hasta el punto de llegar a confundirse con ellos; “……habiendo “visto todo, hecho todo, gastado todo”, él ha actuado todos los roles. Llega por eso a dudar legítimamente de “ese yo” que no es ya casi nada más que un residuo de esas identificaciones sucesivas, “conjunto informe de partes desconocidas” [6]

En consonancia con los  fenómenos referidos, los modos de expresión – oral o escrita – de los individuos perversamente estructurados suelen estar plagados de guiños, de términos emparentados con algún argot marginal,  o de frases tales como: “Ud., me entiende…no…”, frase por demás ambigua que  se utiliza para hacer referencia a algo turbio que estos sujetos no están dispuesto a aclarar, a la espera de encontrar un interlocutor que le de alguna contraseña de complicidad clandestina. Quien haga gala de otra cosa, sabemos que con eso le estará mostrando al perverso algo de lo que él carece, con lo cual bastará para que, a partir  de allí, el renuente a la complicidad se convertirá  en blanco posible de los dardos perversos.

Más allá de los puntos de semejanza que pueden reconocerse entre lo señalado en alguno de los  párrafos anteriores y lo que ocurre en ciertas formas de neurosis – Vg: la histeria -, la persona estructurada en la perversión será siempre marginal,  íntimamente apática – más allá de las sensiblerías que sabrá interpretar –  cuando no cambiante y frívola, por no saber qué es lo que la mantiene viva más allá de la inmediatez de sus quehaceres reactivos. Al margen de lo audaz y resolutiva que puede llegar a mostrarse, sus “actos” no serán sino holocaustos de ofrenda a un Otro ante quien debe aparecer como un ser completo. De allí que,  en lo que se refiere a la noción de sí, la persona perversamente estructurada está perdida, por  lo que demandará de un control constante por parte de quien haya reconocido sus argucias.

En la neurosis existe la posibilidad de aceptar intervenciones que hagan lugar a una modificación estructural de la subjetividad; pero en la perversión,  desde el estado actual de nuestros conocimientos, tal modificación estructural  no sería posible para el pensamiento de la mayoría de los autores, a excepción de algunos de la talla de Alain Juranville[7],  quien sostiene que la eventualidad de la sublimación sería posible en la estructura perversa.

Del carácter camaleónico de la estructura perversa dependen los trastornos de identidad que mueven a los perversos individuales a la oposición permanente como medio para eludir las ansiedades de disolución de sí que experimentan ante el establecimiento de coincidencias, por cuanto tales coincidencias despiertan inquietudes mayúsculas para quienes presumen que las mismas podrían llevarlos a desaparecer perdiéndose en el otro.

Vayamos a un ejemplo de definición por oposición: Si algún hecho circunstancial lleva a alguno de estos seres estructurados perversamente a encontrarse casualmente con una persona que por el momento no integra el elenco de sus blancos a seducir, es probable que esta perciba tal encuentro con incomodidad, en consonancia con el carácter indefinido de una identidad que sólo se consolida atacando. Por eso es probable que, si en el número 100 (cien) de la calle Rivadavia una persona estructurada subjetivamente en la perversión se encuentra por ventura con alguien que le confiesa estar triste, frente a la posibilidad de perderse en una identificación fusionante, la interpelación ante el entristecido se establecerá a través de interpelaciones tales  como :- Vamos arriba ! Sacá esa cara y ponele el pecho al asunto! No importará, para el caso, si quien acaba de confesar su dolor viene de perder a uno de sus seres más queridos. Allí termina el encuentro, y la persona sujeta a una estructuración  perversa seguirá su camino en el sentido ascendente de la misma calle. Minutos más tarde, al llegar al número 300 de Rivadavia, la persona de nuestro ejemplo se encuentra con otro interlocutor que, por el contrario, en este caso se muestra alegre y exultante. Siempre que no se trate, insistamos, de algún “blanco” preestablecidos, el perverso volverá a resolver su ansiedad fusional por la vía de la oposición, respondiendo para el caso más o menos lo siguiente:- “Yo no sé…..viste como está todo….las cosas que están pasando… a veces me dan ganas mirá…… Pero dejá, dejá que no te quiero amargar, seguí y nos vemos un día de estos, vos sabes que a mí no me gusta jorobar a nadie.”

Incapaces tanto para la amistad como para la solidaridad[8], los perversos singulares sólo cuentan con cómplices con los que se relaciona en espejo (especulares),  por cuanto el contacto íntimo, signado por la compenetración recíproca y el respeto a las diferencias esta fuera de su alcance,  ya que ante las “diferencias” el perverso singular presume no tener nada propio que ofrecer. A posteriori de la categorización de Lacan, otras aportaciones afines habrían señalado que perverso es aquel que desafía e instiga permanentemente a su semejante empujándolo al exceso, procurando sacarlo de las casillas, llevándolo a que  vaya “más allá de sí, perdiendo su medida”[9].  Perverso, entonces, será quien se complazca en la mayor  abyección posible, procurando las formas más diversas de degradación, para luego procurar, a manera de tiro de gracia, la mayor propaganda posible de lo infligido.

La “marginalidad”, por su parte, habrá de imponerse como una situación ineludible para quien presume que nada tiene y nada le falta. Este tema impone el establecimiento de un nuevo contraste de nociones entre aquel que se encuentra al margen y aquel que se encuentra a solas. Para muchos es a veces estrictamente necesario el  “estar a solas”. Esta forma de soledad  es recogimiento deliberado que conduce  al recinto en el que vive “lo nuestro”; sitio este, adonde podemos llegar a tener una intensa relación  con “nos-otros” (con nuestros “otros” más íntimos). Será en soledad, entonces, donde  se hará más vívido el reconocimiento de todo lo que hemos compartido con quienes han colaborado en la construcción de nuestra existencia. Esta forma de soledad conlleva, por lo tanto, un estado de profunda intimidad,  de allí que la necesidad de estar a solas puede ser reparadora para aquel que se encuentra excedido o “pasado de asuntos”; regresando desde la soledad con nuevos bríos para el encuentro con otros. La marginalidad constituye, sin duda, un estado muy distinto al que experimenta aquel que decide estar a solas.

Acaso convenga el establecimiento de los contrastes y entrecruzamientos posibles entre la situación de quien se encuentra al margen y la de aquel que se encuentra a solas. De acuerdo a lo expuesto por el Dr. Jorge Saurí en el grupo  que dirigió durante años en el Centro Cultural “Las Cañitas”, su propuesta fue comprender la esencia  de la marginalidad comparándola con el margen de una página escrita – para el caso esta misma -, en alusión a ese espacio en blanco que queda entre los caracteres del texto y el límite del papel. El margen sería ese sitio adonde no hay nada escrito y en el que, sin embargo, se podría escribir cualquier cosa,  sin ser ello un obstáculo serio para la comprensión del texto en sí. En el margen se podría hacer un garabato, anotar un número de teléfono, una dirección, o incluso escribir por cuenta propia un comentario referido al texto mismo, que aún así sería siempre un añadido aleatorio por no pertenecer al texto. El texto, este mismo texto, está integrado por caracteres, términos y frases que con mayor o menor acierto se solicitan recíprocamente; de allí que lo que está al margen puede borrarse o desaparecer sin consecuencias para la comprensión del escrito, aún cuando algunos textos  – nos referimos a “algunos” textos singulares – puedan llegar a empobrecerse por esta exclusión, como podría ocurrir con aquellos textos en cuyos márgenes se registren notas manuscritas por alguna celebridad. Extrapolando este ejemplo a la situación que nos concierne, cada persona podrá asimilarse metafóricamente a una letra, cada familia a una palabra y cada grupo de trabajo a un párrafo que podrá integrarse a otros desde su condición de miembros plenos – con voz y voto – dentro de un idioma o comunidad dada.

Quienes están sujetos a la perversión pueden ser personas que logren un trato social afable por estar dotadas de un variado arsenal de recursos miméticos y/o seductores. Inicialmente pueden aparecer interactuando participativamente en distintos contextos, pero tal como ocurre con las vías muertas y con las palabras vacías, los sujetos  perversos no nos suelen llevar por sí mismos  a ningún lado.

Pasando a otro aspecto relativo a la estructuración perversa en relación a la ley – las normas jurídicas – el perverso no  ignora en modo alguno lo que estas ordenan; lo que ocurre es que no las reconocen, y secretamente las desaprueban desligándose de los compromisos que cualquier ordenamiento impone. Si la perversión puede conculcar normas y crear leyes a su antojo, también puede suceder que quien está estructurado perversamente se sirva de las vigentes  como experto jurista o como legalista implacable, a efectos de infligir quebrantos a través del sometimiento a lo que no se puede cumplir. El propósito, en estos casos, será siempre el mismo, procurar envilecimientos y  quebrantos incluso a través de la “Ley”. De allí que cuando una ley deja de ser un medio para impartir justicia o para organizar un saber, cuando no está animada por  prescribir lo que concierne al bien común, se asiste entonces a una perversión de la misma ley, implementada en esos casos como un arma que no tiende ni a la justicia ni a la beneficencia.

Se considera pertinente recordar a esta altura el estudio efectuado sobre seres humanos más prolongado del siglo XX, constituido este el más oscuro capítulo de los anales de la investigación médica. Relacionado con la enfermedad sifilítica, este estudio también guarda relación con uno de los agentes terapéuticos paradigmáticos de la era del progreso: la penicilina, primer antibiótico bacteriolítico conocido, descubierto por el inglés Alexander Fleming en 1942. Entre las dolencias que revirtieron su pronóstico a partir del descubrimiento de la penicilina la sífilis ocupa un lugar muy destacado. Esta enfermedad venía siendo tratada, desde mucho antes, con un éxito bastante relativo a través de otras sustancias del grupo de los metales pesados llamados arsenicales. Pero a partir del descubrimiento de la penicilina se logró un vuelco contundente con respecto a las posibilidades terapéuticas de esta enfermedad, en base a la eficacia de la penicilina para destruir a la bacteria que participa en esta  enfermedad – espiroqueta sifilítica – revirtiendo el curso evolutivo de esta dolencia en cualquiera de sus estadios. No obstante, entre 1932 y 1972, el Departamento de Salud Pública de los Estados Unidos  financió un experimento sobre enfermos sifilíticos del estado de Alabama, aludiendo que el propósito era conocer el comportamiento evolutivo “natural” de la sífilis en personas de color. En Alabama el 82,4% de los habitantes de ese estado eran por entonces  personas afroamericanas. Caprichosas estadísticas calculaban además, que entre el 35% y el 38% de todos los enfermos de sífilis del país estaban ubicados en esa región. El estudio se circunscribió a la observación del curso natural de la sífilis hasta la muerte, sin ofrecer a los enfermos tratamiento alguno. Nunca se comunicó el diagnóstico a los investigados, y obviamente tampoco se les pidió el consentimiento para  esa investigación. El propósito manifiesto de los investigadores era conocer el comportamiento de esta patología en personas de ascendencia africana. En verdad, la sífilis venía azotando al hombre – blanco, amarillo rojo o negro – desde hacía centurias, y también era centenaria en Occidente la aprobación  para efectuar autopsias, por lo que para entonces existía un vasto conocimiento medico sobre los estragos anatomopatológicos de la sífilis,  elemento este que, por si hiciera falta algo más, exime de toda duda en cuanto a los verdaderos propósitos del estudio. El Hospital de Tuskegee, ubicado en Macon,  Alabama – estado en el que se presumía que residía el 35 % de los enfermos sifilíticos del país – fue el que le dio nombre a esta pseudo-investigación. Los “Mengele” no se encontraban sólo en Alemania, los encargados norteamericanos de ejecutar ese programa  fueron el Dr. Samuel J. Brodus, el Dr. J. Douglas, y la enfermera Eunice Evers.  El estudio se efectuó sobre  centenares de pacientes durante 40 años de seguimiento. Ante los sufrimientos por el avance de la enfermedad, durante todo ese tiempo se mantuvo a esos enfermos sólo con placebos, incluso después de la introducción de la penicilina. Durante toda esa etapa muchos murieron de sífilis, al tiempo que otros permanecieron locos, con aneurismas y otros trastornos no menores.  Nunca se alertó a estos seres para que evitaran la propagación de su cuadro por contagio.

Finalmente, en 1972, después de que las investigaciones de un periodista fueran publicadas primeramente en  el Washington Star y luego en el New York Times se detuvo el sustento estatal de ese estudio. En 1973 se emitió el “Final Report of the Tuskegee Syphilis Study ad hoc Advisory Panel”, Washington DC, Public Health Series. En 1974, el Senado de los Estados Unidos declaró el estudio como “atroz e intolerable”, lo que determinó la indemnización en dinero para los sobrevivientes y para los herederos de los fallecidos. Por entonces se llegó incluso a la disculpa pública por parte del Presidente de la Nación. No debe llamar la atención que el reporte final no estableciera sanciones para los doctores que  diseñaron y efectivizaron el estudio, muchos de los cuales aún vivían al momento de ese reporte. ¿Cómo habrían de recibir una sanción legal quienes no habrían actuado sino bajo el estricto  amparo de la Ley? En Tuskeegee no sucedió lo que en Nüremerg, o  en el Juicio Argentino dirigido a los responsables del Terrorismo de Estado.

Retomando otros aspectos recientes relacionados con la Perversión Social, la Dra. Marcia Angell M.D. – Directora Ejecutiva de la revista médica más importante del mundo: “The New England Journal of Medicine” – denunció en el periódico Wall Street[10] la realización de investigaciones sobre grupos de mujeres africanas en las que  no sería  necesario comparar los resultados de las que reciben AZT ( uno de de los antiretrovirales más eficaces contra el HIV) , contrastando su evolución con otros grupos que sólo reciben un placebo, a fin de evaluar la eventual diferencia de transmisión del VIH de mujeres portadoras a sus niños. La Dra. Angell   pone de manifiesto que se tiene ya una sobrada comprensión de este fenómeno, sabiendo que se perjudica a aquellas embarazadas con VIH que no reciben el fármaco antiviral.

Queda claro, hasta aquí, que otros Mengeles de  países centrales siguen perpetrando sus investigaciones impunemente en nuestros días.

Más allá del carácter desafiante, transgresor, oposicionista, desalentador y degradante que cualifica el proceder de la perversión, sus quehaceres se relacioan siempre con el “poder”. El poder es  la piedra angular de la perversión. Un poder asimétrico, desigual, falto de toda legitimidad, que se pretende además irrestricto, del que dependen las estrechas relaciones que entablan las asimetrías de violencia y  la perversión.

Cabe consignar, sin embargo, que dentro de las perversiones no todas son destrezas. Quienes se demoren en la consideración de algunos de los aspectos sutiles que irradian estos seres de doble moral podrán advertir sus carencias. Por lo demás, las mayores dificultades de los perversos  estriban en no poder vivir sin esa duplicidad –  cuando no multiplicidad – de versiones, acciones y  “excesos”,  donde los entuertos más desconcertantes de algunos ciudadanos respetables dependen de ser descubiertos en algún momento, a veces ante el asombro de muchos, como los subsidiarios secretos de esa  estructura  subjetiva de “doble fondo”. Al hacer reseña de sus “excesos” (excesos de velocidad, excesos en gastos o en  consumo de estupefacientes) se está haciendo referencia a procedimientos orientados a ratificar la pretensión de corroborarse como seres  a los que nada limita; cabiendo añadir aquí, las dificultades dependientes de la intolerancia perversa para sustraerse a desafíos: quien todo lo puede nunca puede decir que no, porque en tal caso pondría de manifiesto que hay algo que no puede hacer, siendo esta una de las razones por las que algunos perversos pueden llegar incluso a auto incriminarse si se los desafía a ello.

En relación a la temporalidad también existen procederes típicos de la perversión singular que pueden encontrar su correlato social. En cuanto al tiempo venidero, al “porvenir”,  en la perversión no hay espera prudente o  esperanzada de acuerdo con la lógica que rige su estructuración.  ¿Qué espera abierta puede haber para quien se sostiene en la creencia de que nada le falta? De esto depende el “tedio” tantas veces reiterado en la semiología clásica de las que fueron llamadas “personalidades psicopáticas”.

En lo que respecta al tiempo transcurrido y a las marcas inequívocas que dan cuenta de su paso, la estructura perversa también encuentra en esta esfera nuevos desafíos y leyes a transgredir. En este caso ya no se trata de normas del derecho positivo ni del quebranto de  terceros sino del camuflado y la transgresión de leyes naturales. De aquí proceden los partenaires adolescentes en la vida “amorosa” de personas de edad,  las cirugías estéticas a mansalva y los implantes, como prácticas incorporadas al inventario de una estructura subjetiva que se ocupa de desmentir pérdidas de cualquier índole. En relación a la extensión social de estos fenómenos, recientemente se ha popularizado una cita atribuida a un escritor y médico brasileño llamado Drauzio Varella, relacionada con la búsqueda de métodos para que la virilidad del hombre llegue más allá de sus posibilidades, y el cuerpo de una mujer quede esbelto de por vida.“En el mundo actual – diría este autor –se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y siliconas para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven”.

La clausura de una etapa de la vida –  duelo mediante –  es el proceso que permite entregarse a la siguiente con plenitud. Claro que, para que esto ocurra, la clausura en juego no deberá vivirse como  despojo que se impone sino como “renuncia” que se acepta, lo que conlleva el asentimiento de una finalización – en última instancia la aceptación de una  “falta” – que como tal  sigue estando afuera de las posibilidades de la estructura de la perversión. Cuando Lacan se mostraba renuente a llevar adelante un psicoanálisis frente a la Perversión, no sólo pensaba en eludir el desatamiento de la ira que deviene de hacer señalamientos sobre sí, a alguien que no habría descubierto por si mismo lo que esos señalamientos muestran– siendo que tal cosa, finalmente, sobreviene en el curso análisis – . Hay una lógica en la imposibilidad de aportar “algo” a quien sostiene tener “todo”; presentándose otro inconveniente ético ante  la posibilidad de estar llevando a estos sujetos a un aprendizaje de  “autocríticas” aparentes de cierta sofisticación que habrán de utilizar para sus propios fines.

[1] “La escisión del yo en el proceso defensivo” Sigmund Freud, Obras Completas,  Amorrortu Editores, Argentina, Tomo XXIII, pag. 275.

[2] Cfr. “Kant con Sade”, Lacan, J. Escritos II Siglo XXI, Bs. As. 1975.

(*) –  Ser persona es ser con otro. Se sabe que sin un otro significativo en los primeros momentos de la  vida no hay siquiera posibilidad de supervivencia biológica. Más tarde, la impronta de ese otro significativo perdurará como parte clave de la matriz sujetiva.  La noción de “Otro” – escrito con mayúscula – alude tanto a “lo inconciente” como al lenguaje. En ese “Otro” – como recinto simbólico – habitan las trazas de ese otro primordial – la madre –, la cultura que esta infunde, y también la impronta de otros seres significativos que participan en el proceso de constitución subjetiva. En ese “Otro” reside también aquello que la madre – o quien haya ocupado su lugar – ha infundido a ese sujeto de acuerdo a sus avatares; esto es: asistida o no por la presencia simbólica de un padre en su propia constelación inconciente; amada o no por otro ser presente y significativo para ella durante y después de la gestación : el padre del niño, quien habrá de contribuir – sin proponérselo –  a que el infans no quede entronizado en el lugar de quien ejerce un absolutismo solitario, ni se vivencia tampoco como  “una cosa”  que habría llegado a la vida sólo para completar a Otro.

[3] Harari, Roberto, “El fetichismo de la torpeza”, Homosapiens, Bs As, 2003,pag. 89-

 

 

 

[4] Cfr. Rubio, Juan Manuel. “Psicología Jurídica – Forense y Psicoanálisis” Editorial Letra Viva, Bs.As. 2010. En el capítulo 10 de esta obra el Dr. Rubio pormenoriza otros detalles distintivos de cada una de las tres estructuraciones mencionadas.

[5] Cfr. Is 49,14-15; 66,13; Sal 131,2-3; Os 11,1-4; Jr 3,4-19. “Bíblia de Jerusalém”,  Desclée de Brower, Madrid,1999

[6] Assoun, Paul-Laurent. “El Perverso y La Mujer”, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1995. pag 111

[7]Lacán y la Filosofía”,  Nueva Visión, Bs As, 1992

[8]Solidaridad no es el sentimiento de quien tiene hacia quien carece, sino el que reconoce en la carencia del otro la manifestación de propia debilidad: la que nos reúne”. “Fragmentos para una ética de la alteridad”, Hugo Mujica, Anuario 1997-1998. Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Lomas de Zamora, página 28

[9]Lacán y la Filosofía”, Juranville A., Nueva Visión, Bs As, 1992, pág. 214.

[10]  28 de octubre de 19977

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