La Perversión Social

La Perversión Social

La degradación  del sentido “la confianza” trocado en la búsqueda infructuosa de la sólida “seguridad”, el descuido por el valor de la palabra, el frío desinterés por aquel semejante que no se nos asemeja y la judicialización creciente  de la sociedad, constituyen todos indicadores de que en conjunto no comprendemos el modo en que hemos sido seducidos por la perversión,  y recurrentemente volvemos a caer en sus redes a falta de los elementos que permitirían  identificarla.

Socialmente sólo se puede hablar de una comunidad cabalmente humana cuando la misma respeta la dignidad y el carácter propio, diferencial  y singular de todos y cada uno de sus miembros, incluidos los que  pueden estar sujetados a una estructuración perversa. Pero el respeto no supone ingenuidad ni falta de discernimiento de los manejos y los mensajes de la propaganda perversa.

     Para la perversión, una amplia ingenuidad del entorno – entorno comprendido por todos los individuos habitualmente ingenuos y todos individuos ocasionalmente ingenuamente – se constituye en una suerte de sustancia adictiva. Esta ingenuidad abre las puertas al ejercicio de  una de las actividades dilectas de la perversión, consistente en la burla y el quebranto de otros en gran escala.

Así,  la reiteración de frases tales como “las mujeres y los niños primero” constituye, para quienes la reiteran, la asunción de una descomunal desmentida. “Desde 1990, se estima que el 90% de las muertes relacionadas a conflictos en todo el mundo han sido civiles y un  80 %  de las víctimas han sido mujeres y niños. En el lenguaje militar esto se denomina “colateral damage” [1].

Bajo un mismo estado de embotamiento seguimos repitiendo que “Colón descubrió América” para encubrir un sinnúmero de aspectos más que controvertidos [2]; no haciendo falta aclarar que en este continente había gente, por lo que “América” ya estaba descubierta. En la misma línea se ubica la así llamada “Conquista del desierto”; adonde el término “desierto” alude – por definición – a un sitio en el que no habría habitantes, con lo que la frase invita a suponer que los Remington de las tropas estarían acaso al servicio de alguna práctica de tiro por la que se le dispararía a los cactus.

En tiempos más recientes hemos asistido a la así llamada “Libración de Irak”,  en lo que habría sido sino una muestra más del carácter colosal de las palabras en lo que respecta a la negación y el cambio de “versiones”. Dentro de algunos años no debiéramos extrañarnos si los países centrales se ocupan de condenar la extraña modalidad en la que Iraquíes celebran su “liberación”, haciendo explotar ritualmente alguno de sus hospitales o volando sus propias viviendas en las jornadas conmemorativas.

Por lo demás, abundan entre nosotros los ejemplos de colonización lingüística y cultural; adonde la importancia atribuida  a los salones “VIP” constituye una de las tantas muestras de la incorporación de anglicismos innecesarios, en contraste con el empobrecimiento masivo y creciente del propio idioma.

Pasando al plano de la publicidad comercial, se asiste a ejemplos desopilantes en correspondencia con las poluciones perversas de la atmósfera social y sus efectos imbecilizantes.  La aspirina, por ejemplo, merced a sus propiedades antiinflamatorias propicia un alivio de las sensaciones dolorosas de músculos inflamados por la fatiga  y la contractura. Así, hasta hace poco, se difundió un ciclo publicitario en el que aparecía un hombre agobiado por condiciones de trabajo alienantes, ante las cuales se responía tomando un par de aspirinas para seguir trabajando, bajo el lema de que “todo va mejor” con su consumo, sin que se hiciera mención alguna respecto a las condiciones de la alienación laboral que presentaba la publicidad. Lo más urgente y preocupante de esta campaña se relaciona con la omisión de las decenas de miles de muertes que se contabilizan al año en USA por hemorragias digestivas que dependen del consumo de aspirinas.

Algo similar ocurre frente a la propaganda de unas gotitas digestivas que proponen comer a reventar y “a pesar de todo sentirse bien”. Los enclavamientos de cálculos biliares, o el empeoramiento de los cuadros metabólicos por aumento de grasas se omiten en favor de incrementos en ventas. En otra línea publicitaria, una de las tarjetas de crédito más utilizadas recurre a un slogan que resulta: “Si usted no tiene límites, porqué se los vamos a poner nosotros”. De plena actualidad es la publicidad correspondiente a un ciclo televisivo que se replica en varios países desde hace algunos años, adonde un grupo de personas ociosas se encierra por meses dentro de una casa televisada desde todos los ángulos en forma permanente, bajo la mirada intrusiva de un “Gran Hermano” que todo lo ve. La propaganda del ciclo expresa lo que sigue: “La casa adonde va ocurrir de todo y nada va a quedar sin ser visto” [3]

Si bien se impone aceptar que las flaquezas de nuestra condición son constantes e ineludibles, ante los descuidos irreparables que se infligen a la infancia  asistimos a una flaqueza de alcances perversos. La mayoría de los pobres del mundo son niños, y la mayoría de los niños del mundo son pobres – y por lo tanto malnutridos.

 

Durante la infancia tiene lugar el período de mayor crecimiento y desarrollo. El tipo de  perversión social que nos concierne se reconoce en los cinco millones de niños que mueren al año de hambre, a los que se añaden los otros millones que sobreviven a la desnutrición pero contraen secuelas deficitarias que comportan deficiencias permanentes de distinto tenor. Aquel era el horizonte de posibilidades, y de este orden serán las deficiencias actuales de la nena de Sudán de haber sobrevivido al buitre.

 

No sabemos cuánto se hablará de la condena de estos millones niños en los documentos divulgados por wikileaks, o qué espacio ocuparán estos temas dentro de las agendas secretas que ordenan los contenidos de las reuniones de los G20. Lo que sabemos es que mientras el mundo se rompe en pedazos,  palpitan los latidos de la perversión social cuando se hace una excesiva referencia a plasmas,   “I Phones”, lipoaspiraciones, excesos de grasas, o excesos de velocidad (… referencias todas estas que, en su carácter excesivo, desmienten una carencia esencial en orden a la solidaridad).

 

 

  1. Conclusiones : A propósito de algunas de las citas consignadas.

 

La tiranía perversa del subjetivismo absoluto, posición para  la cual sólo es verdadero aquello que cada quien determina como tal, se empeña en desconocer algunos dolores imprescindibles de nuestra condición. Es el caso del dolor que surge del reconocimiento de lo que falta, al igual que el que depende de reconocer nuestras propias faltas,  fermento paradójico de nuestra creatividad y nuestra superación, porque sólo procura mejorar quien logra reconocerse “fallido”.

 

     La nota del epígrafe en la que Gabriel Marcel afirma que el corazón del mundo habría dejado de latir, pertenece a una obra teatral escrita y publicada en 1933 [4]. El autor, filósofo y dramaturgo, sostuvo en todo momento  el valor y el respeto ineludible debido a toda persona, y vivió preocupado por el tránsito de un mundo que reconocía en crisis. Marcel, firme cuestionador de las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles, escribe la obra teatral en la que aparece la frase del epígrafe precisamente en el año en que cae la República de Weimar y el huevo de la serpiente se rompe: El 30 de enero de 1933 Hitler llega a canciller de Alemania con un ejército privado de 400.000 hombres.

 

Volviendo a la obra de Shakespeare, sin duda el padre de Hamlet tendría que haber destapado sus oídos a tiempo para no morir. De haber procedido así, de haber sabido escuchar las dolorosas premeditaciones de su hermano, acaso el Rey no habría encontrado esa forma de muerte, por cuanto habría redoblado la atención alguien que en tal caso  no habría consumado sus propósitos.

Por lo demás: ¿Es el príncipe Hamlet una víctima inocente de la tragedia en la participa? ¿Nada tiene que ver con la génesis  y consumación de la catástrofe en la que su madre, su novia, su futuro suegro y cuñado perecen con él?. Detrás de las murallas del castillo de Elsinore, Hamlet aparece como un joven consentido y apegado a su madre, que da cuenta de un compromiso vacilante para con una vida a la que plantea como abstracción (“To be or not to be: that is the question” Acto Tercero, escena I, verso 62). Tibio, tendiente a aplazar sus resoluciones  (“The native hue of resolution is sicklied o’er with the pale cast of thought” // “El color natural de la resolución se enferma con el pálido tinte del pensamiento”, Acto Tercero, escena I, verso  85)  cuando no vacila es a la hora de prodigar un trato cruel a su novia llevándola a la desesperación.

De acuerdo con Arnold Hauser[5], crítico experto en historia del arte, las obras de Shakespeare producidas entre 1600 y 1609 –  Otelo; Macbeth y Hamlet – , se agrupan en el período pesimista correspondiente a las grandes tragedias y a las comedias ‘amargas’. Para Hauser, en la historia todo es obra de los individuos, pero los individuos se encuentran temporal y espacialmente en una determinada situación, y sus producciones son el resultado tanto de sus facultades como de sus circunstancias históricas. Desde su pensamiento Shakespeare  traduce durante su período pesimista: “la desesperación con que la edad vio defraudadas las esperanzas cifradas en el hombre y el mundo por él gobernado” [6] . Ese desengaño lo expresa en sus personajes a través de los roles que les asigna en los textos correspondientes a esa etapa.

Si Shakespeare y Gabriel Marcel escribieron las citas y referencias elegidas en momentos de  zozobra, algo similar le ocurre con Chordelos de Laclos, como testigo de la decadencia que hubo de preceder a la sanguinaria Revolución Francesa. Distintos acontecimientos y distintas fechas invitan a pensar en las formas actuales que asume la perversión social, a efectos de inferir, a escala local, regional o mundial,  cuáles han de ser las tragedias que la perversión puede generar si no es descubierta a tiempo.

 

La penosa determinación del fotógrafo Kevin Carter indica que no existen premios para la desigualdad y la inacción. El fotógrafo acaso habría visto demasiado, o tal vez haya pensado que ante aquello él había hecho muy poco…nunca podrá saberse. Nada nos hace presumir que Carter fuera un hombre perverso, sólo podemos suponer que fue una persona que sucumbió a la desesperación en una particular encrucijada del tiempo y la geografía.

La foto de la portada nos lleva a pensar que no es cierta la monserga liberal que afirma que nuestra libertad termina allí donde comienza la libertad del otro; en realidad, nuestra libertad termina allí donde surge la necesidad del otro. De un otro que está indefenso, que no tiene voz ni fuerzas,  y que agoniza por la perversa marginación de la que es objeto. A 21 años de sancionada la “Convención sobre los Derechos del Niño/a” – firmada por 191 países- la foto de la nena y el buitre sigue siendo, todavía, el infarto del mundo.

 

 

 

 

[1]La Infancia amenazada”, E. Bustelo Graffigna, E.; trabajo presentado por su autor en el panel de presentación del “ESTADO MUNDIAL DE LA INFANCIA 2005”, evento realizado en la ciudad de México y auspiciado por UNICEF.

[2] En pocos años, una población precolombina que alcanzaba entre 40 y 75 millones de personas se redujo a 10 millones – Konetzke, R., citado por Di Tella y cols. “Diccionario de Ciencias Políticas y Sociales”, Emecé, 2001, pág. 97.

 

[3] “1984” es el título de una novela política de ficción, escrita por George Orwell y publicada en 1949. La novela introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante “Gran Hermano”, aunado a la policía del pensamiento y de la neolengua – adaptación restrictiva del léxico usual con fines represivos-. Muchos observadores detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de “1984”, sugiriendo que estamos viviendo en lo que se conocería como la  sociedad orwelliana. El término orwelliano se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las representadas en la novela, como considerada una de las obras literarias más influyentes del siglo XX.

[4] “Le Monde Cassé”, Desclée de Brower, París, 1933.

[5] Hauser, A. The Social History of Art. Vol. 2. London: Routledge, 1999

[6]  Ibidem, p.53

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