Conclusiones : A propósito de algunas de las citas consignadas.

Conclusiones : A propósito de algunas de las citas consignadas.

La tiranía perversa del subjetivismo absoluto, posición para  la cual sólo es verdadero aquello que cada quien determina como tal, se empeña en desconocer algunos dolores imprescindibles de nuestra condición. Es el caso del dolor que surge del reconocimiento de lo que falta, al igual que el que depende de reconocer nuestras propias faltas,  fermento paradójico de nuestra creatividad y nuestra superación, porque sólo procura mejorar quien logra reconocerse “fallido”.

 

     La nota del epígrafe en la que Gabriel Marcel afirma que el corazón del mundo habría dejado de latir, pertenece a una obra teatral escrita y publicada en 1933 [1]. El autor, filósofo y dramaturgo, sostuvo en todo momento  el valor y el respeto ineludible debido a toda persona, y vivió preocupado por el tránsito de un mundo que reconocía en crisis. Marcel, firme cuestionador de las condiciones impuestas por el Tratado de Versalles, escribe la obra teatral en la que aparece la frase del epígrafe precisamente en el año en que cae la República de Weimar y el huevo de la serpiente se rompe: El 30 de enero de 1933 Hitler llega a canciller de Alemania con un ejército privado de 400.000 hombres.

 

Volviendo a la obra de Shakespeare, sin duda el padre de Hamlet tendría que haber destapado sus oídos a tiempo para no morir. De haber procedido así, de haber sabido escuchar las dolorosas premeditaciones de su hermano, acaso el Rey no habría encontrado esa forma de muerte, por cuanto habría redoblado la atención alguien que en tal caso  no habría consumado sus propósitos.

Por lo demás: ¿Es el príncipe Hamlet una víctima inocente de la tragedia en la participa? ¿Nada tiene que ver con la génesis  y consumación de la catástrofe en la que su madre, su novia, su futuro suegro y cuñado perecen con él?. Detrás de las murallas del castillo de Elsinore, Hamlet aparece como un joven consentido y apegado a su madre, que da cuenta de un compromiso vacilante para con una vida a la que plantea como abstracción (“To be or not to be: that is the question” Acto Tercero, escena I, verso 62). Tibio, tendiente a aplazar sus resoluciones  (“The native hue of resolution is sicklied o’er with the pale cast of thought” // “El color natural de la resolución se enferma con el pálido tinte del pensamiento”, Acto Tercero, escena I, verso  85)  cuando no vacila es a la hora de prodigar un trato cruel a su novia llevándola a la desesperación.

De acuerdo con Arnold Hauser[2], crítico experto en historia del arte, las obras de Shakespeare producidas entre 1600 y 1609 –  Otelo; Macbeth y Hamlet – , se agrupan en el período pesimista correspondiente a las grandes tragedias y a las comedias ‘amargas’. Para Hauser, en la historia todo es obra de los individuos, pero los individuos se encuentran temporal y espacialmente en una determinada situación, y sus producciones son el resultado tanto de sus facultades como de sus circunstancias históricas. Desde su pensamiento Shakespeare  traduce durante su período pesimista: “la desesperación con que la edad vio defraudadas las esperanzas cifradas en el hombre y el mundo por él gobernado” [3] . Ese desengaño lo expresa en sus personajes a través de los roles que les asigna en los textos correspondientes a esa etapa.

Si Shakespeare y Gabriel Marcel escribieron las citas y referencias elegidas en momentos de  zozobra, algo similar le ocurre con Chordelos de Laclos, como testigo de la decadencia que hubo de preceder a la sanguinaria Revolución Francesa. Distintos acontecimientos y distintas fechas invitan a pensar en las formas actuales que asume la perversión social, a efectos de inferir, a escala local, regional o mundial,  cuáles han de ser las tragedias que la perversión puede generar si no es descubierta a tiempo.

 

La penosa determinación del fotógrafo Kevin Carter indica que no existen premios para la desigualdad y la inacción. El fotógrafo acaso habría visto demasiado, o tal vez haya pensado que ante aquello él había hecho muy poco…nunca podrá saberse. Nada nos hace presumir que Carter fuera un hombre perverso, sólo podemos suponer que fue una persona que sucumbió a la desesperación en una particular encrucijada del tiempo y la geografía.

La foto de la portada nos lleva a pensar que no es cierta la monserga liberal que afirma que nuestra libertad termina allí donde comienza la libertad del otro; en realidad, nuestra libertad termina allí donde surge la necesidad del otro. De un otro que está indefenso, que no tiene voz ni fuerzas,  y que agoniza por la perversa marginación de la que es objeto. A 21 años de sancionada la “Convención sobre los Derechos del Niño/a” – firmada por 191 países- la foto de la nena y el buitre sigue siendo, todavía, el infarto del mundo.

 

 

 

[1] “Le Monde Cassé”, Desclée de Brower, París, 1933.

[2] Hauser, A. The Social History of Art. Vol. 2. London: Routledge, 1999

[3]  Ibidem, p.53

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