EL PROGRESISMO DE ESCRITORIO

EL PROGRESISMO DE ESCRITORIO

 

En su obra “La vida de la razón”, el filósofo George Santayana (1863-1952) afirmaba que aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo. Frente al Terrorismo de Estado en la Argentina se hacía imposible aceptar la pérdida de lo que no se sabía si se había perdido o no. En su momento el oprobio estatal dejó librada a los deudos la decisión respecto a “cuando” declarar o no muerto a un ser querido y desaparecido – implicándolos así perversamente como cómplices de la muerte de ese hijo, esa madre o ese amigo al que, en última instancia, debían ser ellos los que decidieran, a cuenta y riego propio, cuando había llegado la hora de decretar que aquel a quién amaban ya no vivía más. Hoy, en el caso del aborto, los remordimientos por el cercenamiento de aquellas vidas sobre las cuales no se llegará el conocer ni su nombre, ni su sexo, ni su rostro, ni las potencialidades que hubieran podido desarrollar de no haber mediado el aborto recaerá, prevalentemente, sobre las mujeres que se sometieron a esa práctica. Para entonces, uno de los poderes del Estado se habrá limitado a facultar la expeditiva instalación de una bomba en el cuerpo de aquellas mujeres que se avengan a firmar una declaración jurada. Las esquirlas y la onda expansiva del artefacto explosivo que se instaló a partir del aborto se habrán de detonar en algún momento, impactando a esa hora sobre el cuerpo y el entorno de aquellas sobre las cuales las autoridades del Gobierno declaman tener puesta su predilección por tratarse de personas de escasos recursos. Para entonces, el Estado se habrá limitado a facultar la comisión de un acto tomando el recaudo para que el mismo se ejecute con las manos lavadas.

Desde otro punto de vista, en atención a los gradientes que se establecen filosóficamente entre aquello que ocupa el lugar de “un principio”, luego el de un “un fundamento” y por último el de una “ley” – que se desprende, como sabemos, de los principios y fundamentos que la sustentan -, el aborto, desde su relación indisoluble con lo que constituye un “principio” básico, nos pone en contacto con una suerte de viga maestra que puede cismar, por su incoherencia, cualquier edificio ético que bregue por respaldarnos.

Como médico especialista en psiquiatría y medicina legal no me corresponde expresar opiniones personales y mucho menos religiosas. Lo único que estoy obligado a advertir es que la despenalización del aborto en modo alguno resuelve el problema que se plantea resolver, y lo único que el aborto tiene de “seguro” es que muchas de aquellas personas que se pronuncian por cercenar la vida de un hijo por nacer tienen altas posibilidades de convertir sus propias vidas en un verdadero infierno. A quienes toman posición sobre estos temas desde su progresismo de escritorio les convendría recordar que la complejidad de ninguna situación desaparece por el sólo hecho de que se la desconozca.

 

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