Desconfianza, de la mano de la inseguridad

Desconfianza, de la mano de la inseguridad

Socialmente nos referimos hoy con marcada frecuencia a la seguridad abogando por vivir al amparo de los controles y los manejos que la distinguen. Y así nos referimos a “la sensación de inseguridad”, a los “barrios seguros”, a los “barrios inseguros”, al seguro contra incendios, contra el desempleo, contra robos, contra terceros y hasta las armas de fuego cuentan a veces con un seguro para que no se disparen por sí solas y a destiempo.
La lista de cuestiones relativas al binomio seguridad/inseguridad puede hacerse mucho más extensa, pero lo cierto es que lo que vivimos no es solo una crisis de seguridad sino también una profunda crisis de confianza en el otro. Vale la pena entonces detenernos un instante en definir y contrastar a la confianza respecto de la seguridad, porque mientras la seguridad los necesita, la confianza no pide pruebas ni intenta ejercer controles por cuanto los mismos la contrarían, se oponen y la defraudan.
La confianza no implica apego especial ni tampoco simpatía. Alude a un respeto esencial que a veces se conquista pasando a constituirse entonces en un bien vincular que se cultiva y se protege; aunque, en otros casos, no depende de cultivo ni de simpatías sino del respeto esencial que se le debe a un semejante a veces sólo por su condición de tal y por el lugar que socialmente ocupa.
Hoy se desconfía del maestro, del médico, del psicólogo, del SAME, de la policía, de los vendedores ambulantes de los no ambulantes, de los colectiveros, de los arrebatadores del subte, del banco, del aeropuerto, de las autoridades del gobierno, de los miembros del servicio de defensa del consumidor y hasta de los que bajan con nosotros en el ascensor del edificio en que vivimos desde hace años a quienes no conocemos.
No hace tanto tiempo las cosas eran distintas. De chico vivía en un barrio en el que la palabra de un hombre valía más que la firma de 10 escribanos, en los que además la maestra tenía razón – y la tenía — en los que el Doctor era un señor sabio que procuraba ayudarme a recuperar la salud, y en los que si me pasaba cualquier cosa tenía que recurrir al “vigilante” de la esquina. No se trata de mirar nostálgicamente hacia atrás y lamentarse, sino de volver al punto del camino en el que dejamos olvidado algo de mucho valor para traerlo al presente propiciando la recuperación de la confianza en el otro social.
Resumiendo entonces; en un vínculo de amistad o de amor el control callado y unilateral de uno de los miembros resiente la confianza del vínculo, porque allí la seguridad y la confianza funcionan como verdaderos antónimos, pero cuando se trata de cuestiones sociales, la seguridad y la confianza se pueden integrar en un tándem que no suele tenerse suficientemente en cuenta. El fenómeno social de la inseguridad que vivimos en nuestros días y en nuestras vidas no podrá resolverse sólo a través del exclusivo incremento de los mecanismos de control social, sino también a través de la recuperación y el estímulo de la “confianza social en el otro” — el vecino; el prójimo; el peregrino, el maestro y el vigilante — a quienes debemos tratar de conocer, aceptar y respetar, aunque no siempre sean parecido, afines o semejantes a nosotros.
Felipe Rilova Salazar es médico, especialista en psiquiatría

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