Metaforas en espera

Metaforas en espera

Interesa considerar la posibilidad médica de contar o no con los aportes de otras disciplinas, señalando las consecuencias de carecer de ciertos aportes en la asistencia de quienes nos consultan. La forma socialmente aceptada de aproximarnos a lo que llamamos enfermedad recorta, circunscribe y tipifica ese fenómeno restringiéndolo sólo a su dimensión material, privándonos de muchos recursos lingüísticos que serían imprescindibles para profundizar la realidad de esos procesos.  ¿Qué pasa con aquello sobre lo que no se habla? ¿Qué ocurre con lo que se confina a la tierra en la que habita lo que ni siquiera tiene nombre? ¿Qué sucede cuando se detienen nuestras disertaciones sobre una realidad a falta de los términos y conceptos que necesitaríamos para considerarla?

 

En el idioma esquimal – por ejemplo – existen cuatro términos distintos para designar a la “nieve”; los beduinos del desierto – por su parte – tienen 56 palabras distintas para nombrar lo que nosotros llamamos “arena”, y 300 para lo que llamamos “camello” (Buxó. M.J. 1983 a)). La lengua de estos pueblos expresaría así la riqueza perceptual y cognitiva que existe en relación a estos elementos, de acuerdo con la relevancia que tienen la nieve, la arena o el camello para la vida de estas comunidades. “Los esquimales – dice Umberto Eco – recortan en el continuum de la experiencia cuatro unidades culturales en lugar de la que nosotros llamamos “nieve”, debido a que la relación vital con la nieve impone unas distinciones que nosotros podemos ignorar sin grave quebranto” (Eco, U., 1989 a).

 

Otros autores describen el hecho de que en las lenguas indoeuropeas existe una raíz lingüística común para los colores rojo y negro, no ocurriendo lo mismo con los otros términos que demarcan y revisan la escala cromática. Se puede ver así la semejanza de raíz entre el término castellano “rojo”, el francés “rouge”, el italiano “rosso” y el inglés “red”, y lo mismo sucede con el castellano “negro”, y su traducción a “noire”, “nero” y “nigro” en ese mismo orden. La hipótesis que se propone para explicar esta semejanza lingüística es que los pueblos indoeuropeos eran originariamente pueblos pastoriles, y el rojo y el negro – el rojo como precursor del marrón – habrían sido entonces colores “necesarios” para diferenciar al ganado. La relevancia cultural de estos términos es, de acuerdo a esta hipótesis, la responsable de su temprana presencia en la lengua, a diferencia de los términos que designan a otros colores, incorporados más tarde, cada uno a su tiempo, en los diferentes pueblos desprendidos de la rama indoeuropea.

 

Observaciones de esta índole han sido constatadas de manera directa al investigar distintos grupos étnicos ante la fortuita presencia de un hecho natural -sea, por ejemplo: el arco iris – A través de intérpretes se ha podido solicitar a los miembros de estas comunidades que mencionen los nombres de las tonalidades que tenían frente a sí, y a partir de allí se han podido establecer observaciones que inicialmente resultaron desconcertantes. Sucede que “algunas culturas – dice María Jesús Buxó (1983 b) – tienen nada más que dos, otras tres, u otros cuatro colores en su código cultural”.

 

Ante este fenómeno se pensó inicialmente que eso se debía a la falta de relavancia cultural que tenían esos colores para esas comunidades. Así, ante la fortuita aparición de un arco iris si contáramos con un intérprete y preguntáramos a los miembros de una comunidad sobre el nombre del color “índigo”, al no obtener ninguna respuesta podemos suponer que entre esos seres el color carece de toda relevancia y por ello no le han dado un nombre aun cuando lo perciban. Esto es lo que proponen algunos autores dedicados al tema como es el caso de Berlin y Kay (1969 a) [1]

 

Otras posiciones teóricas proponen en cambio algo muy distinto. Desde la neurofisiología, por ejemplo, se llega a plantear que si no hay una instrucción cultural – no hay siquiera percepción de ese color. Heinz von Foerster (1973 a) describió hace unos años un fenómeno al que llamó “codificación indiferenciada”, señalando, desde el punto de vista neurofisiológico, que no hay una distinción cualitativa de las señales enviadas desde los órganos sensoriales al cerebro cuando no hay sobre las mismas una instrucción cultural previa.

 

La percepción misma, dependería, entonces, de una tramitación que se opera en la corteza cerebral cuando se ha recibido ese dato desde el entorno. Así por ejemplo, los hablantes de la lengua castellana seríamos incapaces de “percibir” algunos fonemas del idioma húngaro, fenómeno “sensoperceptual” que pudo ser corroborado a través del estudio de potenciales evocados por Maturana H. et al, investigando  por esta vía el campo de la visión cromática, demostrando que los receptores que supuestamente perciben el color rojo – o sea el tipo de ondas luminosas a las que llamamos “rojo” – emiten señales idénticas a las que emiten los receptores de otros colores cuando se carece de una información cultural referida al color “rojo”.

 

“Si somos capaces de distinguir el rojo del verde, estas distinciones     forzosamente tienen que producirse en la corteza; pero no pueden basarse en meras diferencias cualitativas, porque estas diferencias no existen. Por lo tanto, carece de fundamento sostener que distinguimos unas cosas de otras sólo porque recibimos información de lo que hemos resuelto en llamar “el mundo externo”                                                     (Maturana H. et al (1968 a)  

 

Los potenciales evocados visuales (PEV) es un estudio electroencefalográfico que resulta de registrar los cambios que se producen en la actividad bioeléctrica cerebral, en el lóbulo occipital, tras una estimulación visual. Es la única prueba clínicamente objetiva para valorar el registro sensorio perceptual que procede de la visión. El estudio registra las variaciones bio-electricas en la corteza occipital frente a un estímulo visual. Si frente a un determinado color no se producen cambios bio-electricos, eso significa que no  sólo falta la información cultural,  sino que además hay una auténtica ceguera orgánica frente a ese color.  Si extrapolamos la ceguera  que sobreviene  a quienes no reciben ninguna información cultural sobre ciertos colores, otro  tanto podría ocurrirle al médico que no recibe ninguna información sobre la subjetividad de  sus pacientes. Afortunadamente todos somos siempre “algo más” que médicos, porque si todo dependiera de la información que nos aporta el PI,  la subjetividad de las personas que nos consultan no gozaría siquiera de un juicio de existencia para quienes hemos sido formados como  profesionales de la salud.

 

La falta de términos personales en el discurso médico contribuye muy poco a “percibir” los pormenores inherentes a la subjetividad de nuestros pacientes, y no pueden ignorarse estas cuestiones sin “grave quebranto” para la evolución clínica porque, en gran medida, esta consideración ausente bien puede agravar el estado de quien se encuentra ya enfermo.

 

Los alemanes distinguen con dos palabras al cuerpo considerado como máquina o como cuerpo muerto (Körper), diferente del cuerpo vivo considerado como sede y vehículo de la relación con otros (Leib). En nuestro idioma no existe esa distinción y nos falta así una categoría lingüística que nos permita pensar al cuerpo en su relación con los demás. Lo importante a tener en cuenta es que el único cuerpo cuyos procesos terminan en su cubierta es el cuerpo muerto, y a juzgar por el contacto nulo que mantiene el estudiante con personas concretas es obvio que al médico sólo se lo prepara para trabajar sobre el Körper -. Las ideas científicas no son la traducción fiel y neutral de las cosas tal cual son, sino que se llega a las mismas por acuerdo, están decididas por leyes tácitas o explícitas que se establecen por consenso, y por lo tanto estas leyes y los compromisos a los que estas responden pueden ser revisados con una intención crítica. Más allá de los logros ponderables alcanzados por el paradigma médico actual, es imposible avanzar si no reconocemos también sus limitaciones. El desplazamiento del “enfermar”, como acontecimiento humano, hacia el campo de la “enfermedad” como entidad abstracta cuya existencia es prevalentemente lingüística, ha llevado a excluir de la medicina nada menos que a la persona que padece. Sin embargo  nadie se ha topado nunca con una enfermedad, con una simple enfermedad, sino acaso con una persona que solicita asistencia.

 

Conviene señalar el peligro de que las apariencias tomen el poder en el ámbito de los conocimientos médicos.  Porque lo que no tiene nombre ni lugar específico se suele confundir con lo peor.  Así decimos de una conducta que es “incalificable” para referirnos a su carácter “aberrante”; del mismo modo, ante una ofensa pública que resulta especialmente grave solemos decir que nos encontramos ante una “ignominia”. Atentos a que los enunciados racionales, las expresiones discursivas, las proposiciones y las representaciones son de una naturaleza diferente a la de las cosas mismas. Al respecto nos conviene recordar a Heidegger: “la verdad no habita originariamente en la proposición” (Heidegger, M 2000 a) “enunciar la verdad – prosigue este mismo autor – significa un cubrir que aclara”. Lo que obliga a establecer, entonces, una prolija discriminación para que nuestras proposiciones médicas “cubran” lo más adecuadamente posible la situación que se proponen afrontar. Meterse en el desocultamiento de lo ente – vuelve a afirmar Heidegger (2000 b)- no es perderse en él, sino que es un retroceder ante lo ente, a fin de que este se manifieste en lo que es y tal como es, a fin de que la adecuación representadora extraiga de él su norma

                      

La locución latina “in firmitas” – tal es el origen etimológico y semántico del término enfermedad – significa “sin firmeza”, en lo que alude a un dato que es consustancial e inherente a la condición humana como tal en cualquier etapa de su desarrollo. En tal sentido, se puede tener por seguro que toda persona, por su misma condición de tal, siempre tendrá faltas de firmeza de alguna u otra índole que se presentarán en mayor o menor grado.  No obstante, lo que llamamos enfermedad es una institución social desde la cual el falto de salud, al igual que el falto de poder adquisitivo habrá de ocupar – entre los otros desheredados de la tierra- un lugar equívoco en la escala social, donde los que se acercan a su asistencia también habrán de ser tenidos por sospechosos portadores de la peste a menos que den muestras inequívocas de contribuir, cada uno a su modo, a la discriminación que merecen.

 

Como si el enfermar no fuera un hecho inherente a nuestra condición; como si el enfermo fuera el portador excepcional de un elemento extraño y siniestro, el falto de firmeza viene siendo condenado históricamente por parte de los “sanos” (los que se tienen por “salvos”, los “salvados”) a una condena que resulta tanto más rigurosa cuanto más extensa sea la suma de infamias que acumule.  En este sentido, quien califica socialmente como enfermo siempre recibirá lo suyo y nuestra condición occidental avala el escarmiento sobre los más vulnerables contando, para ello,  con una extensa tradición de respaldo.

 

 

Berlin, B. y Kay, P (1969 a) “Basic color terms” Their Universality and Evolution, University California Press. Berkeley

 

Buxó, María Jesús. (1983 a) “Cuadernos de Antropología” Edit. Anthropos Barcelona

 

Buxó, María Jesús. Op. Cit. Pág 29

 

 

Conkin, H. (1955 a) “Harnunóo color categories” Southwestern Journal of Anthropology, vol 11 pag 339 – 344

 

 

Eco, U. (1989 a) “La Estructura Ausente” Lúmen. Barcelona pag 68

 

 

Heidegger, Martin (2000 a). De la Esencia de la Verdad”. Madrid: Alianza, Pag. 155.

 

 

Heidegger, Martiin (2000 b) (ibidem); Pag. 158.

 

Maturana, H. et al (1968 a) “A biological theory of relativistic colour coding in the primate retina” Archivos de Biología y Medicina Experimentales. Suplemento num.1 Pag 1-30.

 

 

Von Foerster, Heinz (1973a) “On construction a reality” Preiser Edit. Environmental Design Research. Vol II Pag 38

 

 

Wittkowsky y Braun (1977 a) “An explanation of color nomenclature     

Universals” American Anthropologist Vol 79 pag. 50 -57

 

[1] Diversos trabajos antropológicos se han dedicado a investigar vastamente el lenguaje de distintos grupos étnicos en relación con el tema de los colores. Además del citado trabajo de Berlin y Kay -“Basic color terms”- pueden consultarse también los trabajos (Conkin 1955 a) y Wittkowsky y Braun (1977 a).

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