El compromiso

El compromiso

  •  Muchos podemos experimentar hoy que la imagen del mundo en el que basamos nuestra vida de relación se resquebraja. Ante este desasosiego se pueden desplegar tres constelaciones de actitudes  diferentes:
  1. a) la de la adhesión racional,
  2. b) la de la militancia,
  3. c) o bien la del compromiso.
  1. a) La adhesión racional muestra su faz más deficitaria en la figura social del disertante apático que se limita a mostrar información sin implicarse en lo que dice. A esta actividad recurrimos cuando nos rehusamos íntimamente a vivir limitándonos a tomar posición exclusivamente desde afuera sin sumergirnos en la profundidad de nuestras vidas. Los afanes de esta postura parecen orientarse a exorcizar los cuestionamientos, las incertidumbres y las vacilaciones que se presentan inexorablemente si nos aventuramos a ir más allá de la abstracción para internarnos en la espesura de lo real. Desde mera adhesión racional se resignan los gozos de nuestra condición en el intento de conjurar sus sombras ineludibles. Así, desde el universo simbólico de análisis del adherente racional todo Misterio personal se degrada al rango de un Problema que se presume susceptible de solución si se  aplica una estrategia extraída, acaso, de alguna conferencia on-line. No se trata en modo alguno de criticar a la información  en sí, sino de señalar las deficiencias de quedar demorado en esa puerta de acceso sin  atravesarla, bruñendo una superficie de abstracciones de la que habrá de desprenderse un brillo impermeable, impasible y frío.
  • Hay un viejo y reiterado malentendido que tiende a pensar que la educación se relaciona con alguien que guía a otro instándolo a conocer conceptos evaluándolo periódicamente a fin de averiguar en qué medida ha logrado incorporar esa información. Si nos remontamos al origen de la palabra educar descubrimos que viene de ducere, que en latín significa guiar, (: de allí que la ducha o el adjetivo con el que se lo llamaba a Benito Mussolini suenen tan parecido). Un significado similar está contenido en el origen griego de la palabra “pedagogo” compuesta por paidos (niño) y agogós (el que conduce). Las palabras, sin embargo, por lo general deben ser aclaradas, porque la educación no se restringe a los niños ni tampoco se limita a la adquisición de información. La educación se forja durante toda la vida y se refiere también a la educación de nuestra sensibilidad y al cultivo de valores afines a nuestros mejores sentimientos. Cualquiera sea la etapa de la vida que transitemos nunca terminamos de aprender y mucho menos de comprender lo que habita en lo más hondo de nuestro corazón y en los corazones de quienes nos rodean. Muchas veces alegra descubrir que estamos conceptualmente equivocados cuando gracias al descubrimiento de ese error ganamos en profundidad o en humanidad. Ningún concepto abstracto pesa tanto como una experiencia de vida y ningún contenido mental vale más que un  sentimiento o una necesidad personal. Se establece un diálogo de sordos toda vez que alguien termina lastimando un corazón al intentar constreñirlo, guiarlo o atropellarlo con alguna “buena” idea sin habernos acallado haciendo un silencio y un vacío de nosotros mismos que le haga saber al otro, al que está expresando un sentimiento, que hay en nosotros un lugar para él.
  1. b) La respuesta “militante” va más allá de la abstracción y cree sobre todo en la acción, de allí que el militante abandona la fría postura del adherente racional y entonces “marcha”, y a paso redoblado se dedica a recorrer los caminos ideológicos trazados por otro vistiendo un uniforme de consignas que fundan la lógica social de un enemigo que siempre está al acecho y al que nunca se termina de neutralizar. Para el militante-militar la resolución de cuanto afronta no reside tanto en encontrar razones como en someter o aniquilar al que no marcha en sus filas, de allí que su esfera de desenvolvimiento sea el mundo de la guerra, ámbito en el que puede llegar a enardecerse por embotamiento y contagio. La hoja de ruta del militante es el panfleto ideológico ajeno a cualquier atisbo de creatividad, en el que se prescribe y se proscribe. Se prescribe lo que debe decirse y pensarse y se proscribe aquello que no se puede decir ni pensar sin entrar en consideraciones que se vinculen con la singularidad o con los tiempos de los caminos personales que ha de recorrer aquel que pretenda ser autor de su propia existencia.
  1. c) Las actitudes consteladas en el compromiso van mucho más allá de la búsqueda inicial de razones o de acciones y, sin desmedro del pensar fundado o del hacer eficaz, quien se compromete se distingue del adherente o del militante porque su prioridad es vivir desde sí haciéndolo “con” y “para” otros, a quienes habrá de escuchar, con miras a que sus anhelos y dolores lleguen a hacer morada en él. De allí que el compromiso sea consustancial a una rumia que demanda tiempo, donde la incertidumbre o la imposibilidad de actuar eficazmente no son causa de bochorno, porque el sentido último del compromiso no es comprender ni actuar eficazmente sino compartir la vida, sobre todo en aquellos momentos en los que la misma no permite avizorar sentidos ni acciones eficaces frente a lo que plantea. En la actitud comprometida, entonces, el acercarse para tranquilizar – o para tranquilizarse- a través de alguna explicación preclara se puede llegar a reconocer muchas veces como una operación inoportuna e improcedente. En la estructura semántica del término comprometerse se alude también a “promesa”. Promesa que acoge quien confía en que los pasos oscuros del presente podrán ir otorgando, a su tiempo, el sentido y la medida que a cada situación conviene “cuando clareé el alba”.

Felipe Rilova Salazar

 

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