Nosotros somos los tiempos

Nosotros somos los tiempos

               “El lenguaje es la casa del ser, en su morada habita el hombre

  1. Heideger (2000 a)

 

                                       “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” 

  1. Wittgenstein (2000 a)

 

 

El discurso es la forma lingüística en que se presenta un saber. Las palabras que lo componen (el vocabulario) revelan el modo de discurrir (de pensar) así como el modelo de pensamiento (o paradigma) que sirve de marco estable a esa actividad discursiva.

 

El término discurso se refiere tanto a las palabras como a los conceptos; tanto al “decir” como al “pensar”. Según el agente que lo enuncia, el ámbito en el que aparece o la función que cumple se puede hacer referencia a discurso disciplinario (Vg. “el discurso de la medicina”), ideológico (Vg: “el conjunto de ideas o conceptos que respaldan a una actividad en su quehacer”) o bien personal (Vg. “en alusión a las palabras que alguien usa para expresarse”).

“Una disciplina– señala Fernando Lolas Stepke (2002a) – puede concebirse en un doble aspecto. Es tanto un discurso enseñable como un conjunto de estrategias de argumentación y persuación”

En una encrucijada de discursos de diferente tipo, en nuestro caso estamos investigando un discurso disciplinario – el discurso médico –   en su relación interna con el paradigma que lo sostiene, y en su relación externa con el discurso del paciente.

 

De acuerdo con su afinidad con el paradigma vigente, la idea de enfermedad suele promover asociaciones tales como “anormalidad”, “disfunción”, “mal”, “desperfecto” o “ataque”. Lo que reconocemos en estas metáforas, es que las distintas perspectivas que nuestra cultura ha otorgado a la enfermedad, en diferentes momentos de su historia, aparecen dispuestas, en nuestro discurso médico actual, como las diferentes lentes de un mismo telescopio.

 

Las lentes del telescopio resultan de la cristalización, en el plano conceptual, de las que muchas veces han sido circunstancias prevalentes en el plano fáctico. Así, por ejemplo, el hecho de que las enfermedades sean consideradas en la actualidad en términos bélicos, no debe ser ajeno al hecho de que desde principios del siglo XX hasta hoy se extiende el período en el cual hombre ha matado a más hombres que en todo el resto de la historia.

 

Hablamos así de “ataques” cardíacos”, “ataques” asmáticos o de “gota”; de “armas” terapéuticas”, “arsenales farmacológicos”, “fallas de bomba”, “campañas de vacunación”, “bombas de cobalto”, “bombas de insulina”, como poderosos “aliados” para “combatir” enfermedades.  Mientras tanto, los esfuerzos privados se congregan en las numerosas “”ligas de lucha” que se establecen “contra” distintas enfermedades. En el interior del organismo se encuentran estructuras anatómicas como el “ganglio centinela”, ocupando primer puesto de “defensa” frente a una eventual “invasión tumoral” que intente diseminarse a través de la linfa.  En otras circunstancias, las que pueden presentarse son “las invasiones” sépticas”, y antes unas y a otras, en todos los casos, los encargados institucionales de enfrentar estas situaciones son desde los “cabos” enfermeros  hasta los médicos de “guardia”;  por encima de ellos están los “jefes” de los diferentes “pabellones” – porque así se denominan los espacios de un Hospital – subordinados estos, a su vez, a los “jefes de división”, que son aquellos médicos de alto rango a los que se reportan los “jefes” de diferentes pabellones.[1].

 

Al decir de Lacan – quien se inspira a su vez en Heidegger – nosotros “hablamos y somos hablados“, en cuanto somos hablantes de un discurso social” (Lacan, 2007 a); siendo este un discurso que nos precede y que incide concretamene sobre los acontecimientos que enfrentamos porque los presumimos “tal cual son”, sin advertir que estamos frente a realidades que han sido “construídas socialmente”, tal como lo  demuestran magistralmente Berger y Luckmann: “La realidad de la vida cotidiana se da por establecida como realidad. No requiere verificaciones adicionales sobre su sóla presencia y más allá de ella. Está ahí, sencillamente, como facticidad evidente que se dá por sí e imperiosa. Sé que es real. Aun cuando pueda abrigar dudas respecto de su realidad, estoy obligado a suspender esas dudas puesto que existo rutinariamente en la vida cotidiana” (Berger y Lukmann, 1991 a)

 

En orden a esta “construcción social de la realidad”,  la enfermedad ha sido prevalentemente un “mal” para una antigua lógica maniquea; una “falla” o una “disfunción” para los criterios mecanicistas de la modernidad; una “anormalidad”, para la normativa positivista de la revolución industrial, y un “ataque” a partir de las grandes guerras del siglo XX.

 

Desplazadas al ámbito de la salud, las metáforas del discurso médico demuestran que las ideas de la medicina se corresponden con las ideas de diferentes épocas conviviendo en un mismo discurso de acuerdo a sus coincidencias.

 

Así, la línea dualista y mecanicista de la modernidad se puede reconocer en denominaciones tales como: “aparato respiratorio”, “mecanismos de defensa”, así como en los criterios por los cuales se tiende a considerar al cuerpo como un conjunto de piezas que se pueden reemplazar. De este ideario surgieron metáforas tan poderosas como la de la división entre el cuerpo y el alma, amalgamadas a la idea de un cuerpo mecánico que emularía las funciones de: “aquel prodigioso aparatito que marcaba los compases de la época”…. y “comenzaba a transferir sus ritmos, su regularidad y su precisión a los cuerpos y a las rutinas de los hombres” (Sibilia, Paula, 2005 a)

 

                “Considero al cuerpo humano como una máquina – escribe Descartes en la última de sus obras – desde mi pensamiento, la idea de un hombre sano y un reloj bien hecho es comparable a la idea de un hombre enfermo y un reloj mal hecho” (Descartes, R. 1981 a).   

 

La impronta mecanicista de la modernidad persiste en la actualidad en la consideración del organismo como un conjunto de piezas inertes. De acuerdo con esta lógica, la enfermedad se tiende a reducir al órgano que falla consistiendo la cura en su reparación, extirpación o el trasplante.

 

Fuera de la medicina, en el ámbito de la biología actual, se suele hablar con mayor propiedad de los organismos – siendo el organismo humano un elemento más en esta  serie – y respecto a los órganos se tiene muy en cuenta lo que se llaman “niveles de integración”. Así el cerebro o el hígado, o bien los sistemas de órganos tales como el digestivo o el nervioso, están determinados por una mutualidad de influencias recíprocas que configuran conjuntos vitales interdependientes que no se avienen a la consideración de piezas separadas. Desde la biología, entonces, un organismo determinado puede ser descripto por las partes que lo componen, pero teniendo muy en cuenta que esas partes actúan en forma asociada y sinérgica, en contraste con los criterios mecanicistas que prevalecen en el discurso médico actual.

 

“El primer pensamiento que me vino a la mente – enuncia Descartes como cabal portavoz de su tiempo en – fue que yo tenía un rostro, manos, brazos y toda la estructura mecánica de los miembros que se puede ver en un cadáver y que llamé “el cuerpo” (Descartes, R. 1959 b).

                                                                                                                                                                                                                      

A diferencia de lo que sucede con el léxico mecanicista – coincidentes con los cánones ideológicos generales de la Modernidad Occidental – existen algunos otros términos de nuestro discurso médico que también persisten no obstante tener su origen en una significación mucho más remota y desusada. Así la palabra “incubación”, por ejemplo, procede del término “incubus”, del latín, que en la Alta Edad Media era el demonio masculino que se apoderaba del pecador durante el sueño y terminaba enfermándolo. “Las lenguas – (Rodiguez Adrados, 1969 a) – están llenas de fósiles que no contribuyen ya al mundo de los hablantes”.

 

En cada miembro de la sociedad – al margen de su condición de lego o académico – existe un heredero y un portador de una extensa historia cultural que a veces desconoce. El depositario de esta historia es el lenguaje; el lenguaje médico y el lenguaje en general, el cual no es sólo la expresión de las cosas, sino una fuerza que opera sobre las cosas imponiéndole sus leyes. “Olvidamos demasiado – (dice Ortega y Gasset, 1945 a) – que el lenguaje es pensamiento, doctrina. Al usarlo como instrumento para combinaciones ideológicas no tomamos en serio la ideología que él expresa”.

 

…….”El que sigamos diciendo que el sol sale o se pone no implica que lo creamos en sentido literal – (prosigue Rodriguez Adrados, 1969 b) – Sin embargo, es bien posible que incluso en la ciencia se hayan introducido inconcientemente conceptos de origen lingüístico a los que luego hay que renunciar. Me refiero, por ejemplo, al desarrollo de las geometrias no euclídeas que superan el espacio tridimensional de la geometría de Euclídes (procedente de la lengua), a la disolución de la oposición entre materia y energía, a la teoría de la relatividad del tiempo y el espacio, etc. Se llega a pensar, que determinados aspectos de la física del átomo no son expresables en nuestras lenguas sin introducirlos en sistemas de conceptos que los prejuzgan y falsean”

 

De este modo, de acuerdo con las limitaciones que dependen de su lenguaje teórico, en medicina sucede algo semejante a lo que Adrados describe en otros ámbitos del saber. No contamos, hasta hoy, con una jerga médica que nos permita considerar al hombre en términos integrales, y los instrumentos lingüísticos y lógicos recibidos no se avienen a esta consideración integral. Nuestra herencia cultural – nuestras “ideas y creencias” tradicionales – constituyen un obstáculo relevante a considerar a la hora de intentar un abordaje distinto. Pensamos en términos de “psíquico” y “”somático” o de “salud mental” y “salud física”, y nuestras parcelas académicas y profesionales están tajantemente divididas de acuerdo a esta concepción.

 

No obstante, es necesario tener en cuenta que, más allá de nuestros conceptos compartimentados, hay claros indicios de que en la realidad las cosas suceden de otro modo. Así cuando Florencio Escardó propuso en nuestro medio la internación de los niños junto con sus madres pensando en su salud mental, se terminó constatando que con ello se disminuía el tiempo de convalecencia y aún la mortalidad. ([2])  Han pasado alrededor de 60 años desde que se implementó esta experiencia, y desde entonces a la fecha la internación de la madre junto con el niño propuesta por Escardó se mantiene; no obstante, la despersonalización de la asistencia médica general ha seguido profundizándose.

 

Es cierto que con el paso del tiempo los mismos términos ya no significan lo mismo. Hoy ya no relacionamos al “mal” de Parkinson con la ira de los dioses y tampoco pensamos que las incubaciones sean una expresión de la hostilidad de los espíritus. No obstante, en el léxico de la medicina actual no es cualquier “fósil lingüístico” el que permanece. Las metáforas del discurso médico están seleccionadas de acuerdo con precisos criterios de exclusión. Así, los llamados “males” (de Parkinson, de Pott; etc.) conservarían sólo una mínima parte de su significación ancestral, y la palabra “incubación” habría perdido por completo su significación originaria. Ahora bien, más allá de su obsolescencia estas metáforas perduran porque no entran en conflicto con los cánones ideológicos del discurso a través del cual se expresa el paradigma vigente. Un mal o un demonio constituyen finalmente elementos metafóricos que también son exteriores a la persona que padece. Aun cuando sólo estamos considerando cuestiones lingüísticas, lo cierto es que el modelo de pensamiento medico actual prefiere desenvolverse, aún en este ámbito, a través de metáforas que estén alejadas de cualquier alusión que se refiera a la subjetividad de la persona que padece.

 

Amén del léxico mecanicista existen otros términos de nuestro discurso médico que también ameritan nuestra consideración. Tal es el caso del particular sentido que dentro de nuestro discurso se le otorga al término “normal”. Así, algo “tan normal” como experimentar un “Síndrome de Stress Post Traumático” después de algo “tan anormal” como un asalto o un accidente automovilístico se considera sin embargo una “anomalía”, lo que lleva a pensar que lo normal, para esta perspectiva, solo se podría corroborar ante un autómata indolente que de acuerdo a esos rasgos sería un ser humano muy poco saludable.

 

Al acercarnos a la situación real de la persona que padece, nadie acierta a saber bien dónde están los “ataques”, los “males”, los “desperfectos” o los “desvíos de la norma”. Al hacer una revisión de las metáforas del discurso médico, llama la atención la coexistencia, dentro de un mismo discurso de términos de origen y sentido tan diverso.  Pero estos vocablos no son residuos o sedimentos conceptuales que se van acumulando con el tiempo por mera aposición.

 

La historia de una ciencia no es, tal como lo afirma (Lecourt, D. 1986 a) “una sucesión de azares“. Los elementos constitutivos del discurso medico coinciden con los intereses rectores, que son los que justifican la persistencia de componentes lingüísticos diversos.

 

Así, no es cualquier “fósil lingüístico” el que permanece, sino aquel que cumple con el requisito de no cuestionar la estructura ideológica fundamental del paradigma médico vigente. Por eso pueden coexistir “el mal”, la “anormalidad” o el “ataque” en un mismo discurso sin grave quebranto; pero la referencia a “las pasiones y las tristezas” necesariamente tienen que desaparecer, porque el acuerdo tácito del discurso médico consiste en la exclusión de la subjetividad y de cualquier término que la evoque.  La enfermedad, por lo tanto, no puede ser ligada siquiera metafóricamente a una “pasión triste”, y tiene que ser efecto de algún germen, o algún otro tipo de agente o sustancia. El discurso médico no se ocupa de otra cosa.

 

La coherencia del discurso, como vemos, no sólo está dada por lo que dice, sino por lo que tradicionalmente omite. Los “ataques”, los “males” y los “desperfectos” por cierto no coinciden en su origen ni en lo que expresan; la afinidad íntima de estos términos reside en lo que eluden: ninguno de ellos hace referencia a cuestiones específicamente humanas. De este modo, la llamada enfermedad no es algo que pueda sobrevenir a la tribulación o a la falta de horizontes, ni tampoco incumbe establecer la relación de un proceso mórbido con cuestiones tales como el aislamiento, el abuso, la marginación o la desdicha. Desde la ideología del paradigma infeccioso, el discurso de la medicina excluye todo lo relativo a estos temas. Estas omisiones constituyen el núcleo estructurante y el ordenador negativo del discurso médico. Lo que cohesiona al discurso de la medicina es, entonces, aquello sobre lo cual no se habla. Aquí se constata la coherencia del discurso médico y la afinidad de metáforas que coinciden en lo que eluden. El objeto de la medicina no es por lo tanto el hombre que padece, y la metáfora ausente del discurso medico es aquella que pueda referirse a cuestiones específicamente humana.

 

Se puede “luchar” contra tumores, “atacar” bacterias, o bien incidir con alguna sustancia química sobre el funcionamiento de tal o cual “aparato” – respiratorio, circulatorio o digestivo -, sin que la persona del enfermo tenga nada que ver con todo eso. En su aparente diversidad: el ataque, el mal y el desperfecto coinciden en lo que sortean. De modo que el discurso médico no recoge cuestiones ligadas a la singularidad, a la subjetividad o a los vínculos del enfermo; de acuerdo con el rumbo ideológico que tomó la institución médica desde mediados del siglo XIX, la persona como tal hubo de quedar al margen de toda consideración médica. En esto estriba la coherencia del discurso del discurso médico.

 

Más allá de discutir si la enfermedad es un ataque, un mal o un desperfecto, lo que nos interesa afirmar, enfáticamente, es el carácter crucial de alcanzar asistencialmente al hombre concreto en tanto objeto y sujeto a la vez. Porque así se trate de una bacteria, un súcubo o un ataque de asma, lo importante es que el discurso que expresa al paradigma médico actual elimine cualquier término que aluda a procesos específicamente humanos.

 

Así, las metáforas del discurso médico no coinciden tanto en lo que afirman como en que omiten; en otros términos: las metáforas del discurso médico no coinciden en lo que afirman sino en lo que silencian.

 

En cada miembro de la sociedad, al margen de su condición de lego o académico, existe un heredero y un portador de una extensa historia cultural que con frecuencia desconoce. El depositario de esta historia es el lenguaje; el lenguaje médico y el lenguaje en general, el cual no es sólo es expresión de las cosas, sino una fuerza que opera sobre las cosas imponiéndole sus propias normas. Así, la secuencia de rótulos y tipificaciones que recaen sobre quienes califican como personas socialmente enfermas son el resultado sedimentario de distintos criterios que convienen en un acuerdo tácito en el que se marginación del quehacer medico de toda cuestión de índole personal.

 

Berger, P. y Lukmann,T  (1991 a) “La construcción social de la realidad” Amorrortu Editores, Buenos Aires. Pag. 41

Descartes, René. (1981 a) “Las pasiones del alma” Editorial Aguilar 4 ta Edición BuenosAires   pag 46

 

Descartes, René (1959 b) “Meditaciones metafísicas y otros textos”Editorial Gredos, Madrid. Pag.77

 

Heidegger, Martin (2000 a) “Carta al Humanismo” Alianza Editorial Madrid. Pag. 11

 

Lacan, Jacques (2007 a) Escritos 1 “Función y campo de la palabra en psicoanálisis” Siglo XXI. Argentina pag 269

 

Lecourt, D. (1986 a) Autor del prólogo introductorio al libro “Lo normal y lo patológico” de Georges Canguilhem.  Siglo XXI Editores Buenos Aires.   Lecourt, Dominique.  Pag. 14

 

Lolas Stepke, F (2002 a) -“Bioética y Medicina” Editorial Biblioteca Americana Universidad Andrés Bello, Chile, Pag. 49

 

Loudet, O. (1977ª) “Filosofía y Medicina” Emecé Editores. Argentina Pag. 83

Ortega y Gasset, J. (1945 a)“Ideas y creencias” Espasa- Calpe.  Buenos Aires. Pag. 32.

 

Rodriguez Adrados (1969 a) “Lingüística Estructural” Editorial Gredos Biblioteca                  Románica Hispánica. Madrid.  Pag 863

 

Rodriguez Adrados (1969 b) Op.Cit. Pag. 864

 

Sibilia, Paula (2005 a).” El hombre post orgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales” Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, Pag 72

 

Wittgenstein, Ludwig (1991 a) “Tractatus Lógico- Filosófico” Alianza Universidad Madrid, Pag.183

 

[1]  – Los términos bélicos también existieron como metáforas en otros tiempos de la medicina, antes de que se instaurara su discurso hegemónico actual. Pero el uso de las metáforas militares no estaba entonces generalizado como lo está en nuestros días. Así, por ejemplo, tal como lo señala Loudet (1997 a), el renombrado Broussais (Médico francés -1772-1838-) recurre frecuentemente a un léxico militar para referirse a la patología, sin embargo, esto se debe a circunstancias y estilos personales de este autor, no siendo éste el aspecto característico del discurso médico de su época.

[2] Escardó, Florencio – (1904-1992). Médico pediatra y escritor argentino. Fue decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y director del Hospital de Niños.

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