El duelo de la adolescencia

El duelo de la adolescencia

“Duelo” no es sólo aquello que sobreviene al fallecimiento de un ser querido; también son duelos los que estamos llamados a transitar frente a la diversidad de cambios que la vida nos propone. Así por ejemplo, frente a la clausura de una etapa de la vida, aun cuando esta clausura prometa el acceso a otra etapa de mayor independencia y autonomía,  suele sobrevenir un complejo trabajo de duelo por la pérdida de las privilegios que se gozaban hasta entonces.

 

Más allá de lo ventajoso que pueda parece ese giro existencial que augura el ejercicio de capacidades hasta entonces prohibidas, quien arrostra los cambios de la adolescencia también se apresta a renunciar a muchos beneficios que hasta poco tiempo antes se gozaban sin conflicto. Lo que suele experimentar el adolescente en este aspecto es una mudanza lenta, nostálgica y silenciosa, en la que secretamente se avergüenza de reconocer que mucho de lo que  añora se relaciona con aquello que disfrutaba en la época de la dependencia infantil.

 

Vale recordar que nuestra identidad se construye separándonos. “No nos convertimos en lo que somos– afirmaba Sartre – sino es mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros”. Para ello alguien tiene que haber habido previamente  alguien que haya procurado hacer algo por nosotros. Quien tiene la suerte de haber vivido un largo período –  período que en  el caso del adolescente abarca toda su vida anterior- al abrigo de sus mayores, al atravesar la etapa adolescente se verá llamado a añadir, a su inventario de pérdidas,  la  de aquellos rasgos identificatorios  que distinguían a ese niño que no era sino uno mismo, porque ese niño ha dejado de existir.  La adolescencia es la etapa que augura el alcance y a consolidación de  rasgos nuevos que son los que finalmente podrán llegar a sentirse  como cabalmente propios pero, en rigor de verdad, esto sólo habrá de ocurrir después de haber transitado una etapa signada por un grado considerable desconcierto de sí, donde el entorno tiene que redefinir también los términos con los que se relacionaba hasta entonces con aquel que ha dejado de ser quien era. A aquel niño de entonces creíamos conocerlo pero al adolescente de hoy todavía no sabemos quien es, a lo mejor porque todavía no es, en tanto y en cuanto en la adolescencia todavía no ha pasado nada aunque todo esté por pasar en cualquier momento.

 

Al decir de Unamuno: “los hombres, como los agujeros, crecen por lo que pierden”, pero lo cierto es que en la adolescencia muchas veces la mecha del taladro da vueltas y el agujero todavía no aparece asistiéndose a la íntima “vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

 

Sin dejar de señalar  las consecuencias de la evitación o la imposibilidad de encarar el tránsito por  esta etapa, conviene tener en cuenta la vulnerabilidad de este período en el que el suicidio y los accidentes son las dos primeras causas de mortalidad.

 

En lo específico,  para acceder a la  elaboración de cualquier duelo es preciso transitar tres  momentos ineludibles y correlativos. El primero es aquel en el que lo que se suele experimentar es la pura pérdida. Es la hora signada por los intentos de negación o evasión en cualquiera de sus formas (la desestimación de los afectos penosos de este período a través del consumo de sustancias psicoactivas es una de ellas),  aunque también la inhibición, el sueño prolongado, la  furia,  la rebelión, o el desasosiego insoportable puede resultar  en la imputación de reproches, dirigidos a sí mismo, que también interfieren con este proceso. En relación a lo señalado vale recordar que echarse la culpa de algo tiene un rédito escondido. Por absurdas que resulten las auto-recriminaciones, quien se presume culpable de una situación también se concibe a sí mismo como aquel de quien depende enteramente la solución del problema a través de la confesión de la falta cometida y la expiación de la misma, desconociendo que se trata de situaciones en los que no hay “faltas” que confesar ni penas a “purgar” tratándose de procesos que sólo se pueden ir resolviendo paulatinamente. Quienes llegan a ser mayores sin haber asimilado en la adolescencia esta noción de “proceso” suelen ser personas ansiosas, intolerantes y autoritarias.

 

Tiempo de rumias solitarias y silenciosas matizadas con etapas de exaltación y euforia conforman una mezcla heterogénea imprescindible para reconocer y aceptar, durante esta primera etapa de duelo adolescente, el detalle y la cuantía de todo lo que se ha perdido.

 

El filósofo Fernando Savater se pregunta por el lugar que nos cabe como adultos llamados a acompañar esta etapa y representa la situación entre un adulto responsable y  un adolescente en tránsito con una  alegoría referida a  las relaciones entre una  hiedra y un muro. La hiedra es el adolescente que de acuerdo con su energía desbordante puede llegar a extenderse de manera informe y a  través de sus excesos poner en riesgo su mismo desarrollo. La hiedra puede derramarse por avenidas o caminos donde puede terminar aplastada, frente a lo cual el muro adulto es el que debe ofrecer a la hiedra un punto de resistencia firme y rugoso para que la misma pueda asirse y trepar,  por cuanto el propósito íntimo del muro no es otro que proteger a la hiedra ofreciéndole resistencia y apoyo.

 

Si se logra la consumación del tránsito por esa primera etapa decisiva, es muy probable que el duelo llegue a su segundo momento caracterizado por  la aceptación, en la que la pérdida impuesta inicialmente pasa a ser vivida como renuncia donde la entrega sustituye a la pérdida impuesta.

 

Llegados a esta segunda etapa de aceptación y entrega lo que sigue no suele hacerse esperar, y es en el transcurso al tercer tiempo del duelo donde se opera una transformación espontánea,  en el que se constata que aquello inicialmente perdido y finalmente entregado acaba por resucitar en nosotros.

 

Para entonces el duelo como tal termina y, a esa hora, el otrora doliente ya no sabrá si calificar el recuerdo de aquello que había amado como algo que perdió o como algo que  posee. Para entonces tampoco es raro que quien alcanza ese momento descubra que lo que hasta entonces llamaba “ausencia” a esa hora asuma una significación nueva y contraria en la que lo duelado pasa a estar vivo para siempre.

 

 

En tal sentido, a la hora de comprender los conflictos de alguno de nuestros hijos adolescentes, no es raro que como adultos nos encontremos más de una vez dialogando con ellos a partir  del adolescente que pervive en nosotros. Si el muro del adulto no desfallece, hay fuertes motivos para albergar la esperanza de un desenlace feliz; en el caso contrario no hace falta mucha sagacidad para imaginar lo que ocurre cuando el muro abandona a la hiedra a su suerte cuando es el mismo muro el que la termina aplastando.

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